—¡Voy a Jerusalén!—me dice mi pobre alma.
Y allá se va, camino de Jerusalén, sin bordón de peregrino, sin alforja de caminante, sin sandalias de romero. Ella va a la fiesta, arrastrada por su deseo, sin temor de las asperezas del viaje, sin miedo a los abismos, a las fieras y a las víboras.
Tal parece que fuese llevada por una ráfaga milagrosa, o sostenida por el amoroso cuidado de cuatro alas angélicas. Ella no sabe hoy de las tristezas, de las maldades y de las tinieblas de la vida. Deja la ciudad de los infames publicanos, de los odiosos fariseos, de las pintadas y ponzoñosas prostitutas. Ha sentido como el llamamiento de una sagrada primavera, y se ha abierto fresca y virginal como una blanca rosa. Un perfume celeste la baña, y ella a su vez exhala su perfume íntimo, su ungüento de fe y de amor. Un sol de vida le pone en su debilidad, fortaleza; en sus mejillas pálidas, una llama de niñez; en su frente, tan combatida por el dolor, una refrescante guirnalda florida. ¿Que vendrán las espinas después?...
Ella no sabe eso. Hoy cree sólo en las flores y las palmas; hoy debe asistir a la entrada triunfal del Rey Jesús. Armoniza sus más bellas canciones de gloria, para repetirlas en honor de quien viene. Clamará con el coro de los sencillos, con la lengua del pueblo que acompaña con jubilosos hosannas al Príncipe del Triunfo.
Se han borrado de su memoria las penas pasadas, no quiere poner su pensamiento en los amargores futuros. Como en un inspirado paso, sigue su ruta, y, tan ligera va, que el aire no la siente pasar. Las montañas nada son para ella. Va sobre las cambroneras sin que sus pies desnudos se hieran; los leones de la selva la miran con cariñosos ojos, y se dicen: «He allí la pobre alma que va a Jerusalén, hoy, Domingo de Ramos»; las tempestades se ciernen sobre su cabeza, pero ella es invencible delante de las tempestades; el tórrido fuego de los desiertos no marchita una sola de las flores de su corona; las palmas que lleva en sus manos, con un gesto glorioso, están llenas de su primera frescura; la alondra lírica y cristalina dícele: «Hermana, apresura el paso para que llegues a tiempo». Y yo la sigo con ojos apasionados: «¡Sí, alma mía, acude, no tardes, vuela a Jerusalén!».
—«Yo soy tu infancia»—, me dice una voz entre tanto. Dícemelo una voz encantadora que regocija y deleita mis potencias.
Porque en lo íntimo de mi ser se despliega, como un inmenso e incomparable lienzo azul, en que surge decorada por virtud maravillosa, la estación de mi existencia en que los cielos eran propicios y la tierra amable y buena como una nodriza. A mis narices viene un olor de yerbas olvidadas, de flores que há tiempo no he vuelto a ver; a mis ojos florece una aurora de visiones, que me atraen con una magia imperiosa; a mis oídos llegan notas de lejanas armonías, que han dormido por largo espacio de años bellas princesas del bosque de mi vida; mi tacto es halagado por el roce de aires amigos, que acariciaron los bucles rubios de mi infancia, y reconozco el troquel de que saltó mi primer pensamiento, limpio y sonoro como una medalla argentina.
Y veo, en un país lejano, una vieja ciudad de gentes sencillas, en donde Jesucristo habría encontrado ejemplares de sus perfectos pescadores. Sobre los techos de tejas arábigas de las casas bajas pasa un vuelo vencedor en la mañana del Domingo de Ramos: la salutación y el llamamiento que cantan las grandes campanas de la Catedral en que duermen los huesos de los obispos españoles. El alba ha encontrado la calle principal decorada de arcos de colores y alfombrada de alfombras floridas; en esas alfombras, tosco artista ha dibujado aves simbólicas, grecas, franjas y encajes, plantas y ramos de una caprichosa flora. La policromía del suelo fórmanla tintes fuertes y vivos: maderas de las selvas nativas, rosas para el rosal, hojas frescas para los verdes, y, para el blanco maíz que el fuego reventó la noche anterior, cuando a los granos trepitantes acompañaron alegres canciones. Las gentes han madrugado, si no han pasado en vela la noche del sábado; han madrugado y están vestidas de fiesta, aguardando la hora de la misa. Así, cuando ha dado la señal el campanario, el desfile comienza: severas autoridades, familias de pro, licenciados de largas levitas flotantes; la cruel Mercedes, la dulce Narcisa, la rara Victoria, los elegantes y el pueblo en su pintoresco atavío nacional. El sol que llega, todo de oro y púrpura dominicales, tornazola los rebozos de seda de esas mujeres morenas. Allá va el bachiller que lee a Voltaire y se confiesa una vez al año, por la cuaresma, o antes si espera haber peligro de muerte: va a la misa. Sobre aquella ciudad, feliz como una aldea, ciérnese todavía un soplo del buen tiempo pasado. Es aún la edad de las virtudes primitivas, de los intactos respetos y de la autoridad incontrastable de los patriarcas. Para ir al templo preceden los cabellos blancos a los grupos de fieles. Y la campana grande alegra a todos; todos los corazones reciben el propio influjo; rige las voluntades un mismo ritmo de impulsión. La campana grande es la lengua de la ciudad; ella despierta reminiscencias de sucesos memorables, orgullos populares y orgullos patricios. Cuando habla, creeríase que un espíritu supremo la inspira y que anuncia, en su idioma de bronce, la piedad del cielo.
Visión de los altares de llamas y pétalos. Son del potente órgano de Pamplona; voces angelicales de los niños; clamores de los sochantres; un velo de incienso envuelve y aroma la ancha nave: ese misterioso y litúrgico perfume que tiene figura corporal, encarnado en su humo fugitivo, es el ambiente en que pueden dejarse entrever, bajo las cúpulas eclesiásticas, los seres puros del Paraíso. Y el cuerpo mismo, al aspirarlo, mientras el alma se eleva con la plegaria, goza en una como sagrada sensualidad. Visión del sacerdote: la simbólica del gesto; el poder de las evocaciones divinas: la hostia, nieve sobre la pompa de los oros y la gracia ascendente de los cirios, ¡Suena, suena, haz estallar tu alma por tus tubos, órgano de Pamplona que toca el organista de barba larga.
Y he ahí que un niño meditabundo está arrodillado delante del sacrificio. Id al Himalaya, y entre las más blancas nieves de la más alta cumbre, buscad el copo que en sí contenga la blancura misma: esa es su alma. Id al Sarón bíblico y, entre todos los lirios, escoged el que escogería para entrar en el Paraíso la más pura de las bienaventuradas: esa es su fe. Y ese niño, en medio de su oración y de su contrición, siente un eco nuevo en lo secreto de su ser, eco que responde a la inmortal anunciación de la Lira.