¡Palmas! La procesión ha aparecido ya; hacia el azul del Señor dirigen las alas las jaculatorias; las músicas tienden en los aires sus arcos de harmonías; del campanario, como de un sacro y encantado palomar, desbandadas de palomas, de palomas de oro, los himnos de las campanas se ciernen sobre las gentes. Hosannas de los trombones y violines; hosannas de las plantas; hosannas de los celestes violoncelos. Bajo la seda y el oro de un palio pomposo como una casulla de gala, va Jesucristo sobre una asna; el prefecto lleva la asna del fiador. Obra de desconocido e ingenuo escultor de la escuela quiteña, Nuestro Señor está hermoso y real sobre su cabalgadura. Sus atavíos son los de un arzobispo; lleva magna capa sostenida por un paje eclesiástico; sus ojos dulces miran como si mirasen lo infinito; su cabellera nazarena le cae en rizos sobre los hombros; su mano derecha, detenida en un gesto hierático, bendice al mundo. Así va, seguido de gran muchedumbre, sobre las alfombras policromas y olorosas, bajo las arcadas de banderolas. Pendientes de los arcos, veis curiosas cosas: frutas doradas, cestos de flores, pelicanos con el pecho herido, garzas reales, águilas y palomas, monstruosos caimanes, inauditas tarascas, serpientes y quimeras.

El olor de la tierra húmeda únese a la exhalación perfumada de las enormes flores de palmera, gruesos chorros de oro impregnado de fino óleo aromoso, y cuyos granos son, para los naturales, a manera de primitivos confetti. ¡Palmas! Por todas partes veréis la inclinación gallarda de los ramos sonoros y frescos, imprimiendo al conjunto extraño, como un concepto de belleza antigua y peregrina. Palmas llevan los viejos; mujeres y niños hay coronados de palma. Y la procesión va por la calle mayor, la calle Real, con una solemnidad llena de gozos y fragancias. Y he allí que al llegar a un punto dado, bajo el más bello arco de colores, hay una hermosa granada de plata que deja entrever granos de oro. Y cuando el palio pasa debajo de ella, y el Señor del Triunfo se detiene un instante, la bella fruta oriental se abre, como reventada de sol y de savia, y de su seno vuelan, como un grupo de mariposas que se pusiesen en libertad, hojas impresas que lleva el aire sobre la muchedumbre, y que tienen, en honra de Jesucristo triunfante, versos. ¡Versos! Sí, versos rimados malamente, sentidos buenamente; logro inapreciable para la muchedumbre que acompaña al Nazareno, que, con la diestra, en un gesto hierático, bendice al mundo. ¡Oh, potestades de los cielos! ¡Vosotras podéis ver quién, cual si fuese un infante real, siente como hecha de un oro divino su corona de palmas del Domingo de Ramos! Es ese niño que ha llegado de la iglesia, y está cerca de la anciana abuela de cabellos crespos y recogidos como una marquesa de Boucher.

Es ese niño meditabundo, triste en su alegría, como si estuviese sintiendo ya la llegada de su Viernes Santo. ¡Es ese niño que ha rimado los versos infantiles de la granada oriental, símbolo de su corazón, que se abrirá para regar por ley infalible, sobre la tierra sus íntimas armonías, los perfumes misteriosos de su sangre vital, la esencia de su pobre alma, enferma desde entonces, de la recóndita y adorada enfermedad del ensueño!

Y aquella palma mística es para él un símbolo. Sus ojos pueriles miran de pronto, como en un vago éxtasis, una figura, que cerca del Cristo lleva una palma en la mano. Es una figura de maravilloso aspecto, semejante a un arcángel, vestida de fortaleza y de luz; su frente aureolada se destaca sobre el profundo y sacro azur; su diestra alza en la mano una imperial palma de oro; su voz suena con harmonía intensa y dominante, como la voz de un dios: «¡Yo soy, oh, niño, exclama, quien te viene a hechizar y arrastrar para siempre en el triunfo del Domingo de Ramos! He aquí la palabra simbólica: ¡Yo soy la Gloria! Yo vengo a mostrarte el miraje de las soñadas Babilonias de plata, los sublimes Eldorados, las Jerusalenes que han de atraer tu pensamiento y tu sér todo, pues has nacido predestinado para desconocidos padecimientos, por amor de las Visiones y la pasión de las Palmas!»

Y el niño escucha aquellas palabras, sintiendo en su débil persona como la insuflación de una vida nueva; y su pequeño corazón palpita en un desconocido propósito de obrar y realizar cosas grandes.

Más tarde, las palmas del domingo guárdanse en las casas de los creyentes, como poderosos e invencibles talismanes. Queda junto a los retablos antiguos, junto a los santo-cristos que guardaban los lechos familiares, los ramos que el tiempo seca, y que las canículas doran y tornan más sonoros y livianos. Cuando suenan los truenos y caen los aguaceros diluviales bajo el cielo negro cebrado de relámpagos, fórmanse de las palmas benditas del Domingo de Ramos coronas salvadoras. Coronados de palmas, los habitantes de la ciudad feliz no temen las amenazas de la tormenta. Y he aquí que el niño triste, precoz enamorado de la Lira, sembró en el huerto de su corazón y en el jardín de su suerte un ramo de aquellas frescas hojas, y el ramo, a pesar de crueles inviernos, de ásperos huracanes, de voraces langostas, de hoces afiladas, ha crecido y producido otros ramos nuevos.

De allí ha cortado, en este día esplendoroso, sus dos palmas gallardas, la pobre alma que hace su peregrinación a Jerusalén, como sostenida por cuatro alas angélicas que enviara un bondadoso decreto del Padre de la Esperanza.

—«¡Vengo de Jerusalén»!, dice mi pobre psique. Y he aquí que miro en sus ojos más luz, y en sus mejillas una pura y juvenil llama de sangre. Vuelve reconfortada, para arrostrar las tinieblas y elementos que la combaten en el habitáculo del debil y vibrante cuerpo. Pues es ella la víctima ofrecida, por la ley suprema, a las fuerzas desconocidas que ponen cerco a su frágil domicilio. En la bóveda del cráneo, son los pensamientos y los sueños que nacen entre las marañas del cerebro; los nervios que, como una cruel túnica, se extienden; las pasiones que se desatan por las puertas de los sentidos; y el omnipotente y tentacular pulpo del sexo cuya cueva obscura es el sepulcro. Después, las luchas del Mundo y del Demonio encarnados en la Maldad ingénita y en la Estupidez humana; los truenos de la vida, las rachas, los ventiscos de las rudas horas amargas, de odiosa espuma; los relámpagos de la concupiscencia; los rayos de la soberbia; las lívidas nubes de la envidia; los aborrecimientos desconocidos; los granizos inmotivados; la Mujer—¡Misterium!—con su arcana misión de pecado y de llanto; el crimen; y, sobre todo, en el fondo de esa implacable tempestad, guardianes de la vasta Puerta del Universo: obscuro, obscuro, el dolor; pálida, pálida, la Muerte...

¡Dame, alma de mi infancia, una hoja de tu palma bendita para coronar mi frente!

HOMBRES Y PAJAROS