El hombre les habla, les acaricia, les regaña. Prends garde, gourmand. «Ten cuidado, glotón». «No seas atrevido, Robert». «Señorita, así no se come»... «Insolentes, ahora vais a ver». Les trata con naturalidad, con amistad, con confianza, con familiaridad. Todos ellos le conocen, y él conoce a todos ellos, a pesar de tener todos igual uniforme, y de no haber nada más semejante a un gorrión, como una gota de agua a otra gota de agua. Y se ve que ese personaje, cuyo nombre todos ignoran, tiene verdadero amor por sus pajaritos, y que no falta un solo día, desde hace muchos años, a cumplir con su amable tarea, de manera que, si faltase una sola vez, habría verdadera alarma entre el mundo alado que puebla los ramajes de las Tullerías, y que si llegase a faltar para siempre, los pobres animales estarían de duelo, a menos que su alma en libertad fuese visible para ellos en la transparencia de los aires.

Mas, en verdad, una vez se ausentó, enfermo de la vista, y hubo duelo entre los pájaros y gozo a su retorno.

En el jardín del Luxemburgo, cerca del palacio, al lado de las galerías del Odeón, muchas veces he encontrado a diferentes personas que dan de comer a los pajaritos; pero, sobre todo, no dejo nunca de ver a un viejecito, de aspecto venerable, de ropas modestas, que lleva en su solapa la cinta de la Legión de Honor. ¿Qué sabio, qué poeta será? ¿O qué filósofo anciano que venga con un espíritu semejante al de su antepasado Descartes a admirar la mano de Dios, y a «conocer y glorificar al obrero por la inspección de sus obras?» Otras veces, es un caballero enorme, que se sienta en los bancos para llenar su obligación, varón de gordura extraordinaria, que tiene una cabeza de niño gigantesco. Los pájaros se le posan sobre el extensísimo pecho, sobre los hombros de elefante, le revuelan por el magnífico vientre, y en ramilletes temblorosos se le prenden de las manos regordetas, llenas de bizcochos. No puedo de dejar de pensar: bueno, como todos los gordos. Cerca de él una viejecita de luto, con un niño, reparte también su ración. A veces conversa con los pájaros, a veces con el niño, a ambos les habla con el mismo tono. Los animales conocen a todos, pero con el anciano de la Legión de Honor hay mayores relaciones. Le siguen, cuando les deja, a saltitos; se diría que le hablan en su idioma; se le sientan en el veterano sombrero de copa; le llaman de lejos. El se vuelve; los sonríe; parece que se despide hasta el día siguiente.

Y nada es más suavemente impresionante, en la frescura de la mañana o en la melancolía de la tarde. Acaba uno de leer los diarios, de ver la obra del mal, del odio, la lucha de las pasiones, el hervor de los vicios. Larga lista de crímenes, de escándalos, de injusticias. Los asesinatos, las infamias, las intrigas, todo el endemoniado producto de una inmensa ciudad de tres millones de habitantes. Va uno por los bulevares, y ve pintada en la mayor parte de los rostros con que se encuentra, la codicia, la ferocidad, la vanidad y la lujuria; habla uno con prójimos, con conocidos, llenos de hieles, de ponzoñas, de vitriolos; encuentra uno más allá, astucias, intrigas, rebajamientos, prostituciones, la caza al sou, la caza al franco, la caza al luis, al billete, al cheque, los aires de neurosis que soplan sobre las terrazas; los asesinos elegantes; los espadachines cobardes; los ambiciosos; los ratés; la vergüenza de abajo; los crímenes de arriba; Sodoma por una parte y Lesbos por otra; lo artificial entronizado; las podredumbres cotidianas; la farsa continua, la negación de Dios. Y hay aquí estas gentes que vienen a dar de comer a los pajaritos...

Sí, porque París tiene un vasto cuerpo; es un vasto cuerpo como el cielo de Swedenborg, o el universo de Campanella. Tiene un organismo propio, semejante a los astros de Bruno, animali intellettuali: tiene una cabeza, unos brazos, un corazón, un vientre y un sexo; tiene sus grandes pensamientos, sus grandes sentimientos, y sus buenas y malas acciones, y sus bellos gestos y la banda gris del Sena que refleja los diamantes celestes.

Por el barrio en que habité está el cerebro, está la cabeza. Por algo, en el argot parisiense, sorbonne quiere decir cabeza. Allí está el órgano pensante, la juventud de las escuelas, las grises piedras que vieron pasar a Abelardo, el hogar de la enseñanza. Unos cuantos meditativos viejos, en sus encierros silenciosos, compulsan los conocimientos del pasado, trabajan en la ciencia del presente, piensan en el porvenir; un ejército de jóvenes se prepara a la obra de los maestros. Es el Colegio de Francia, es el Instituto, la Escuela de Medicina, todas las escuelas y laboratorios y en donde se forman y se desarrollan los sabios, y aprenden a concretar sus sueños los artistas. Es el Panteón, son los museos.

Las cátedras de ese centro están en actividad. Profesores y alumnos siguen por el camino comenzado desde hace siglos. Aquí se escucha el ruido de la humanidad, se busca cómo penetrar el misterio de las cosas, cómo mejorar la existencia; la filosofía investiga, induce, deduce; la ciencia experimenta, analiza; se labora por el mejoramiento social, por el perfeccionamiento individual. De las cátedras se extiende un continuo río de ideas, de que benefician la industria, el comercio, la salud. Y los ojos de París están también allí, en el Observatorio, escudriñando la altura, fijos en los astros.

A un lado y otro se extienden los brazos. Es el París que trabaja, las extremidades llenas de fábricas, cuajadas de usinas de telares, de chimeneas. Por allí, constantemente, bullen las muchedumbres de obreros que forman la vitalidad productora: los obreros que saben leer y luchar, los trabajadores que salen de sus labores y van a las universidades populares a comunicar con sus hermanos intelectuales, ya en el faubourg Saint-Antoine, ya en Montreuil-sous-Bois, en Grenelle, o en Boulogne-Billancourt, de un punto a otro, de Asnières a Charenton, de Vincennes a Puteaux, a Levallois, a Courbevoie. Pues los brazos de París manejan alternativamente herramientas y libros, antorchas e ideas. Son brazos robustos e inteligentes, y también terribles.

El inmenso vientre y el sexo están en el centro, en ese trecho en que los grandes bulevares juntan todos los apetitos, deseos y vicios nacionales y extranjeros, desde la Magdalena hasta la Plaza de la República y los alrededores de la Opera. Allí se come bien y se peca mejor. La riqueza y el lujo hacen su exhibición, la gula encuentra cien dorados refugios en que saciar sus más exquisitos caprichos, y el amor fácil halla el suntuoso y babilónico prostíbulo ambulante que ha dado a esta capital, digna de superior renombre, el de ser el lugar de cita y el casino de las naciones.

Y el corazón de París late por todas partes, y riega su sangre por todo el resto del magnífico cuerpo. Ese corazón anima a las individualidades silenciosas y discretas que hacen el bien callado a los hospicios y lugares de asilo, a los conventos en que sin engaño se reza y se sostiene, como dice Huysmans el de la Oblación, el pararrayo. Cuando ese corazón quiere hablar se llama Severine, como se llamaba Luisa Michel. El hace ir sin pompa a las viejas caritativas a llevar pan y carbón a sus pobres; él sostiene a las infinitas muchachas honestas que, viviendo con el lupanar a la vista, prefieren ir a la fábrica para dar de comer a la madre inválida o al hermanito enfermo; él se revela, por fin, en los que se ahogan por salvar suicidas, en el médico que va a ver el infeliz y le deja con la receta el dinero para pagarla, en las nobles cooperativas, y hasta en el cochero viejo que se mata porque se le murió el caballo, que era su antiguo compañero. ¡El buen París! ¿Quién dice que tan solamente hay aquí muñequitas de carne, y hombres con profesión de pez? Que venga a ver los talleres llenos, las iglesias, las universidades populares, y... a los hombres que dan de comer a los pajaritos.