Las embarcaciones, quietas, echadas sobre un costado, o con las quillas hundidas en el fango, parece que aguardan la creciente que ha de sacarlas de la parálisis. A lo lejos, un cayuco negro semeja un largo y raro carapacho; sobre una gran canoa está, recogida y apretada entre cuerdas, la gavia. Agrupados como una quieta banda de cetáceos rojos y oscuros, dormitan los grandes lanchones. Un marinero ronca en su chalupa. Las balandras ágiles aguardan la hora del viento.
Los boteros «chumecas» arreglan sus botes y sus pangaschatas. A la orilla del mar, los pantalones arremangados sobre la rodilla, apoyado en un remo, un chileno robusto canta entre dientes una zamacueca. Empieza a oirse el apagado y suave rumor del agua que viene. Suena el aire a la sordina.
La primera barca que ha recibido la caricia de la ola, cabecea, se despierta, vuelve a agitarse, curada de la nostalgia del movimiento. De allá, de donde vienen los chinos pescadores, sale, al viento la vela radiada, un junco ligero. Cual si se viniese desenrollando una enorme tela gris, avanza la marea, trayendo a la playa su ruido de espumas y sus convulsivas agitaciones.
El vagido del mar aumenta, y se oye semejante al paso de un río en la floresta. Es un vagido continuado, en un tono opaco, tan solamente cambiado por el desgarramiento sedoso y cristalino de la ola que se deshace.
¡Canta en voz baja, pon tu órgano a la sordina, oh, buen viento de la tarde! Canta para el marino que partirá para un largo viaje, cuando alegre el agua azul la armoniosa visión de un blanco vuelo de goletas. Canta para el pescador que tenderá la red; canta para el remero negro, risueño y de grandes gestos elásticos; canta para el chino que va a pescar, todavía con la divina modorra de su poderoso y sutil opio. Y canta, mientras la marea sube, para los viajeros, para los errantes, para los pensativos, para los que van sin rumbo fijo, tendidas las velas, por el mar de la vida, tan áspero, tan profundo, tan amargo como el inmenso y misterioso océano.
A UNA BOGOTANA (Pasillo en prosa.)
El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals. Vea usted cómo aquellos dos enamorados pueden llevar el compás, en medio de la más ardiente conversación. El dice que los lindos ojos de una mujer valen por todos los astros, y los lindos labios por todas las rosas. Como ella quiere demostrar lo contrario, le mira con los bellísimos ojos suyos, le sonríe con sus inefables labios, que son en un todo iguales a aquellos con que la señorita de Abril dió el primer beso al caballero de Mayo. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
¡Oh, sí, sí! La fuerza de una pasión es mayor, infinitas veces, que el empuje de ese enorme y poderoso Tequendama. ¿Usted conoce la catarata?
Dicen que sus aguas saltan de un clima a otro. Que allá abajo hay palmas y flores; que arriba, en la roca que conoció la espada de Bolívar, hace frío. ¡Qué delicia estar allá abajo, señora, dos que se quieren! La soberana armonía de la naturaleza pondría un palio augusto y soberbio al idilio. Al ruido del salto no se oirían los besos. ¡Idilio solitario y magnífico! ¿Sabe usted, señora, que tengo deseos de que se casen dos amables solteros al comenzar a florecer los naranjos? Efraim Isaacs con Edda Pombo. ¡Qué envidiable pareja! ¿Está usted agitada? El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
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