En cuanto las heridas alas de mi Pegaso me lo permitan, heridas, ¡ay, por dolores hondos y flechas implacables!—iré, señora, a la Vía Láctea, a cortar un lirio de los jardines que cuidan las vírgenes del paraíso. Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa, en Sirio un clavel, y en la
Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa...
enfermiza y pálida Selene una adelfa. El ramo se lo daré a una suave y pura mujer que todavía no haya amado. La rosa y el clavel la ofrecerán su perfume despertador de ansias secretas. El lirio será comparable a su alma cándida y casta. En la adelfa pondré el diamante de una lágrima, para que sea ella ofrenda de mi desesperanza. Bien se conversa al compás de esta blanda música. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
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Conque ¿se va? ¡Feliz, muy feliz viaje! Así sucede en la vida. El alba, que abre los ojos de una diana de liras, dura un momento; dichoso el monje que oyó, por largos siglos, cantar al ruiseñor de la leyenda, ¡Adiós, golondrina, adiós paloma! Pero ¿quiere hacerme un dulce favor? Cuando llegue usted a su gigantesco Tequendama, deshoje, a mi memoria, la flor que lleva en su corpiño, y arrójela en las locas espumas que allá abajo, sobre las rosas, junto a las palmas, hacen temblar sus iris... El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
LA VIRGEN NEGRA (Havre).
En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se encuentra un pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen. Llaman a este divino icono «La Virgen Negra». ¡Quién rimase latín de himnos y secuencias para hallar una cuenta de oro que agregar al rosario precioso de la Letanía! La Virgen está en bronce, en un lugar alto; domina el mar y el campo.