«Madre María—dice la golondrina—, ya volví de la tierra de Africa.»

«Madre María—dice la anciana abuela—, ¿nada malo ha pasado al grumete?»

«Madre María—dice una mariposa blanca—, la niña rubia que aguarda al novio, te está tejiendo una guirnalda de rosas rojas.»

Y en el campo cercano, más allá de las «villas», donde los árboles se ven recortados como los encajes, está el hombre rural, que ama su fuerte buey y su caballo normando.

El ruega también a la Virgen Negra de Harfleur por la cosecha, por la felicidad de la campiña, por la flor y el fruto. Ella, la madre, escucha asimismo la plegaria del cultor.

Quizá tuviere alguna pequeñita predilección por las gentes de mar, porque... ¡pasan por tantos peligros! ¡van tan lejos! ¡son tan bravos y serenos, y cantan tan alegres canciones! Mas no, ella es la misma para todos.

Bajo su manto de oscuro metal se agrupan todas las oraciones. ¿Son muchas? El manto crece, se agranda, se agiganta. ¿Son más? Crecen tanto como si fuese el mismo cielo azul, constelado de gemas siderales. Allí cabe todo lo creado. Allí encuentra abrigo la plegaria de la humanidad, y el Angelus que reza cada crepúsculo de la tarde, el alma del mundo.

LOS MISERABLES