Una ciudad de Massachussets solamente ha alojado 852.000 tramps, los cuales, con muy pocas excepciones, debían su estado a la intemperancia.
Existe, sin embargo, otra especie de tramps, que no pertenece a la clase de los tramps mendicantes: es el tramp por fuerza, digámoslo así.
El tramp puede reunir en sí todo lo que hay de abominable, puede tener todas las depravaciones y todos los vicios; pero es un hecho innegable que el tramp obrero ha sido obligado a serlo, a causa de los cambios industriales de este siglo.
Hace cincuenta años, el tramp no existía en la Nueva Inglaterra. ¿Por qué existe hoy, y por millares? Al procurarse una civilización más refinada, ¿los hombres han llegado a ser más indolentes? ¿Es acaso por decreto de la providencia, que el tramp está llamado a invadir la América entera? ¿El tramp llega a serlo, por no ser suficientemente inteligente para luchar con quien lo es más? ¿El cristianismo del siglo XIX tiene una palabra para el vagabundo? Son estos problemas de no fácil solución.
¿Por qué en América, donde el suelo es generoso hasta la prodigalidad, hay hombres hambrientos, miserables y desesperados? ¿No hay campos que ondulan verdaderos mares de trigo?
Hay sus causas indudablemente. Esos tramps que no lo son sino por necesidad, han pertenecido al gremio de los trabajadores, y aun querrían volver al seno de la clase obrera; pero las máquinas han vuelto inútiles los útiles, e inútiles a muchos obreros.
Ejemplo: En los Estados Unidos se puede atravesar a caballo las grandes llanuras de California y de Dakota, milla por milla, sin encontrar la más humilde habitación, allí donde antes de la invención de las máquinas agrícolas se encontraban miles de hombres.
Es verdad que las máquinas contribuyen, al fin, a la distribución de la riqueza, que hacen bajar los precios de los productos y los ponen al alcance de todas las bolsas; pero es un hecho también que los primeros efectos de la introducción de las máquinas tienden a privar a los obreros de su única fortuna: el trabajo.
Es de notar, sí, que la pobreza y el poco éxito del fermier inglés son debidos a la falta de máquinas propias para dar impulso a la producción de sus tierras.
Por la sola razón de las máquinas, millares de obreros son despedidos de las fábricas; las máquinas que reemplazan a los trabajadores pueden ser manejadas por pocos empleados. Eso mismo establece un enorme aumento de cesantes en todos los centros industriales, de desempleados que no encuentran empleo. Los obreros van de ciudad en ciudad, en espera de encontrarlo. No lo hallan, se desazonan y se deslizan por la pendiente que les hace caer en la dantesca región del tramp.