No todos los tramps pertenecen a esa clase, en verdad; pero un gran número de ellos, sí. En 1885 se vió el caso de que hubiesen 100.000 hombres sin ocupación, y no por culpa de ellos. Empujado por su mala situación, sin encontrar en qué emplearse, el hombre comienza a desesperar de su destino, y cuando llega a la desesperación tiene dos salidas enfrente: el suicidio, o la vida del tramp.
La falta de trabajo es, pues, una de las principales causas de la existencia de este parásito social. La emigración continua es otra, y esto completa el problema. Los que sobresalen en alguna especialidad pueden siempre abrirse algún camino entre las muchedumbres; pero esos constituyen las excepciones. Las posiciones aceptables para hombres de ciencia o de letras son cada día más difíciles de obtener. Los sueldos de los tenedores de libros, dependientes, empleados (hombres y mujeres) disminuyen constantemente. ¿Por qué los conductores y cocheros de los tranways están tan mal remunerados? Porque los directores de las compañías pueden encontrar al mismo precio cuantos cocheros y conductores quieran.
En los diarios se leen avisos como éste:
«Se necesita un hombre fuerte para cuidar un enfermo de enfermedad contagiosa.»
Más de cien solicitantes llegan antes de que pasen veinticuatro horas. Eso dará una idea de la necesidad que hay en la clase de que hemos hablado.
Otra gran causa de que exista el tramp obrero, son las detenciones de los trabajos mineros. Las minas se encuentran en manos de unos cuantos capitalistas, y éstos las manejan a su antojo. Por ejemplo: hace algunos años, muchos individuos que representaban juntos una suma de cien millones de dólares, se reunieron para aconsejar la suspensión de los trabajos mineros, a fin de alzar el precio del carbón. El resultado fué que miles de mineros se vieron de repente sin trabajo, mientras que aquellos individuos se ganaban una suma de ocho millones de dólares, a causa del alza.
Los grandes capitalistas, sobre todo aquellos que se encuentran a la cabeza de las empresas mineras de carbón o de hierro, pueden, a su gusto, echar al arroyo miles de obreros, con sólo alzar el precio de las materias primas, deteniendo la producción.
Con esos detalles es fácil darse cuenta de que el tramp, es decir, el hombre errante de plaza en plaza, fatigado, extenuado, en busca del trabajo que no obtiene, es el resultado inevitable de un sistema industrial desorganizado y establecido contra todo principio de humanidad.
La llegada anual a los Estados Unidos de muchos cientos de miles de emigrantes, creó una gran población en los centros industriales, y en consecuencia engrosó el número ya enorme de obreros sin empleo.
Ese problema del tramp, del gueux, es uno de los más formidables de nuestra época, por la sola razón de que las causas que lo producen no le dan ninguna esperanza de alivio.