¿Recuerda el lector que haya estado en los Estados Unidos aquellas plazas llenas de desocupados de todas cataduras, aquellos negros cuadros del barrio italiano, o del Bowery?

El «Atorrante»

El atorrante argentino ha llenado antes la población, a medida que ha ido en aumento la vida europea, por decirlo así.

La inmigración ha ayudado entonces, como en los Estado Unidos, al desarrollo de esa plaga, que poco a poco fué menguando. Que la miseria toma creces en Buenos Aires, es cosa innegable.

Que también existe como en todas las grandes ciudades la industria del mendigo, es verdad. Pero junto a la falsa miseria está la verdadera, que ciertas buenas personas conocen. La primera toca a la policía; la segunda a la caridad.

La Nación, el gran diario de Buenos Aires, publicó hace años una comunicación en que se leen estas palabras: «Los que voluntariamente nos hemos impuesto la obligación de visitar a los pobres, nos damos cuenta exacta de la gran miseria que hay en nuestra rica capital. No se trata del atorrantismo, sino de verdaderos pobres, de familias necesitadas que no tienen qué comer, y que en las noches crudas de invierno tiritan de frío. No tienen ni cama, ni colchones, ni frazadas, ni nada con que poder hacer entrar en calor sus cuerpos; duermen en el suelo como los animales, siendo ésta la causa principal, si no la única, de las enfermedades que padecen».

Y hoy pasa lo mismo.

El atorrante duerme a la bartola, se quema la sangre con venenosos aguardientes, y así pasa las noches heladas. O si no, se deja morir acariciado por la pereza, o por el desdén de la vida, y amanece comido de caranchos, o ahogado en el río, o tieso y abandonado entre los muelles, o en cualquier oscuro rincón.

Desilusionados italianos, franceses, ingleses, españoles, rusos, hombres de todas partes, componen ese vago ejército. Viven, se alimentan y mueren cínicamente; es decir, como los perros.

A esta clase de ilotas debe dirigirse la mirada del sociólogo, pues encierra un amargo problema. Y a los pobres enfermos, a los verdaderos necesitados, víctimas de la desgracia, la bondad de las manos generosas.