Más allá de las solitarias islas en donde descansan los pájaros viajeros, en el reino en que Leviatán domina, sobre una roca, está entronizada la Vencedora, en la irresistible omnipotencia de su desnudez.
En su blanca piel está la sal, el perfume marino de Anadiómena, y la serpiente de las olas hace ver una vez más, amorosa y humillada, el soberano triunfo del encanto femenino. Europa sobre el lomo del toro, la Bella y la Fiera, la Mundana del pintor moderno, que, desnuda, corta las uñas al león. Un tritón velludo y escamoso hace cantar su ronco caracol, en tanto que el monstruo recibe una caricia de la tentadora mujer, que bajo el inmenso cielo ofrece su fatal hermosura en el abandono de su supremo impudor.
Suena la risa del tritón, que muestra
su cabeza de sileno oceánico...
III
Sirenas y tritones.
Con más sonoridad que el ruido del caracol, suena la risa del tritón, que muestra su cabeza de sileno oceánico, ceñida con hojas de las desconocidas viñas que crecen en los campos submarinos, y rosas de una flora extraña e ignorada, cortadas entre líquenes y flotantes medusas. Tras él se infla una faz batraciana, boca redonda y carnuda, ojos saltones. Se ven danzar las ondas. En el seno de una se hunde, con un salto natatorio, una ninfa de opulentos muslos, que tiene aletas en los talones. Más allá, otra erige sus pechos, y su cabeza coronada de algas. Con asombro jocoso viene un Sancho centauro acuático, braceando; la grupa está sobre la ola, y la espuma le forma un cerco hirviente y blanco por la redondez de la barriga, en la cual muestra su honda mancha, como la señal de un golpe de espátula, el ombligo.