En primer término, en la transparencia del agua, una sirena extiende su bifurcada y curva cola de pescado, negro y plata; a flor de espuma, tiembla la doble rotundidad en que termina el talle.

La faz medrosa mira hacia un punto en que algo se divisa, y casi no atiende la hembra al tritón fáunico, que la atrae, invitándola a una cita sexual, tal como en la tierra, al amor del gran bosque, lo haría Pan con Siringa.

Cerca del blando tronco de la haya, estariais
vos, señorita, con vuestro sombrero blanco, vuestro
vestido blanco y vuestra alma blanca.

IV
Día de Primavera.

Cerca del blando tronco de la haya, estariais vos, señorita, con vuestro sombrero blanco, vuestro vestido blanco, y vuestra alma blanca. Yo tendría mi negro dolor. Procuraría haceros soñar dulces sueños, y el laúd no tendría para vos sino los más acariciadores sonidos.—Sí, dice ella, mas esa villa italiana... ¿no será la morada de la más infeliz de las mujeres? Los árboles sombríos forman un misterioso recinto de duelo. El agua de los arroyos parece monologar extrañas historias de amores difuntos. El crepúsculo inunda, con su tenue tinta de melancolía, todo el paisaje. El anciano que contempla meditabundo las ninfas, parece la encarnación de un triste pasado. Los niños que juegan cerca de la «villa», no alcanzan a hacer que mi alma encuentre una sola nota de alegría.

Nuestra alma, a veces, contagia con sus males el alma de las cosas.

V
Los Pescadores de Sirenas.