surgió ante mí, ceñida de azahares
y de rosas blanquísimas, Estela,
la que suele surgir en mis cantares.
Y díjome con voz de filomela:
—No temas: es el reino de la Lira
de Dante; y la paloma que revuela
en la luz es Beatrice. Aquí conspira
todo al supremo amor y alto deseo.
Aquí llega el que adora y el que admira.
—¿Y aquel trono, le dije, que allá veo?
—Ese es el trono en que su gloria asienta
ceñido el lauro el gibelino Orfeo.
Y abajo es donde duerme la tormenta.
Y el lobo y el león entre lo obscuro
encienden su pupila, cual violenta
brasa. Y el vasto y misterioso muro
es piedra y hierro; luego las arcadas
del medio son de mármol; de oro puro
la parte superior, donde en gloriosas
albas eternas se abre al infinito
la sacrosanta Rosa de las rosas.
—¡Oh bendito el Señor!—clamé—bendito,
que permitió al arcángel de Florencia
dejar tal mundo de misterio escrito
con lengua humana y sobrehumana ciencia,
y crear este extraño imperio eterno
y ese trono radiante en su eminencia,
ante el cual abismado me prosterno.
¡Y feliz quien al Cielo se levanta
por las gradas de hierro de su Infierno!
Y ella:—Que este prodigio diga y cante
tu voz.—Y yo:—Por el amor humano
he llegado al divino. ¡Gloria al Dante!