aquella fabulosa arquitectura
formada de prodigios y visiones,
visión monumental me dió pavura.

A sus pies habitaban los leones;
y las torres y flechas de oro fino
se juntaban con las constelaciones.

Y había un vasto domo diamantino
donde se alzaba un trono extraordinario
sobre sereno fondo azul marino.

Hierro y piedra primero y mármol pario
luego, y arriba mágicos metales.
Una escala subía hasta el santuario,

de la divina sede. Los astrales
esplendores las gradas repartidas
de tres en tres bañaban. Colosales

aguilas con las alas extendidas
se contemplan en el centro de una
atmósfera de luces y de vidas.

Y en una palidez de oro de luna
una paloma blanca se cernía,
alada perla en mística laguna.

La montaña labrada parecía
por un majestuoso Piraneso
Babélico. En sus flancos se diría

que hubiese cincelado el bloque espeso
el rayo; y en lo alto enorme friso
de la luz recibía un áureo beso,

beso de luz de aurora y paraíso.
Y yo grité en la sombra:—¿En qué lugares
vaga hoy el ama mía?—De improviso