áureas, líricas albas dan sus rayos al árbol ilustre,
cuya sombra, benéfica tienda formara a las tribus.

Feliz aquel patriarca que, ceñida la frente de lauro,
En la tarde apacible concertando los clásicos números,

mira alzarse las torres a que diera cimientos y bases
y entre mirajes supremos la aurora futura.

Sabe el íntegro mármol cuáles varones encarna,
a qué sér da habitáculo sabe la carne del bronce;

conocen el momento, las magníficas bocas del triunfo
en que deben sonarse larga trompa y bocina de oro.

Súbita y mágica música óyese en férvidos ímpetus,
y Jefe, o Padre, o Héroe, siente llegar a su oído,

entre los himnos sonoros, cual de la mar a la orilla,
el murmullo profundo de un oleaje de almas.

Pase el iconoclasta quebrantando los ídolos falsos:
el simulacro justo en la gloria del Sol, que perdure.

Que se melle en el tronco venerando la hoz saturnina,
y las generaciones nuevas flores y frutos contemplen.

Espléndida pompa que brindó al sembrador la cosecha,
panorama sublime, al ver de la vida en la cumbre,