De otra obra inédita escribe la señora Michaelis de Vasconcellos, escritora portuguesa. Es un manuscrito perteneciente a la biblioteca del señor Fernando Palha: Tragedia de la insigne reyna doña Isabel, por el condestable don Pedro de Portugal. La eminente lusitana prueba su largo saber y su fineza de criterio en sus observaciones y comentarios al valioso códice cuatrocentista. Un buen estudio es el de Toribio del Campillo acerca del Cancionero de Pedro Marcuello; es un homenaje al mismo tiempo al sapiente y laborioso aragonés Latassa, que enalteciera tanto las letras en su región. Cierra el primer volumen don Juan García, tratando de antigüedades montañesas, aborígenes, cuevas, dólmenes y etimologías de la provincia en que se asienta Santander.
La duquesa de Alba es muy amiga de Menéndez Pelayo. Supo ella que se trataba de este homenaje y alentó al señor Paz y Melia, para que ampliase un estudio comenzado sobre la Biblia llamada de la Casa de Alba, o sea la traducción hecha por Rabi Mosé Arragel de Guadalfajara. La versión fué hecha por pedido del maestre de Calatrava don Luis de Guzmán. El señor Paz y Melia narra, apoyado en curiosa documentación, la génesis de la obra, y los afanes del judío traductor, que no se resolvió a llevar a término su empresa sino casi obligado por el señor cuyo vasallo era. Es de inestimable mérito este estudio bibliográfico, y habría sido de gran valor para el bibliógrafo que en una sabia revista francesa acaba de publicar una monografía acerca de Las Biblias españolas.
Llaman «el Menéndez Pelayo de Cataluña» a don Antonio Rubio y Lluch, eminente amigo mío de quien hace algunos años hablé en La Nación, con motivo de sus traducciones de novelas griegas contemporáneas. Hay, en efecto, entre ambos muchos puntos de semejanza. Los dos, compañeros en los primeros estudios, han tenido igual tesón en sus preferidas tareas; los dos han seguido idénticos rumbos; los dos son ortodoxos y conservadores; los dos profesores de Universidad, y los dos poseen dotes cordiales y de carácter que les hacen ser queridos por compañeros, discípulos y amigos. Rubio ha querido esta vez ofrendar a su ilustre colega un estudio sobre la lengua y cultura catalanas en Grecia en el siglo XIV. La preparación de Rubio en tal asunto puede asegurarse que es única. Conoce entre otras cien cosas, admirablemente, el griego antiguo y el griego moderno: ha dedicado largos años de su vida a profundizar sus investigaciones en archivos y bibliotecas nacionales y extranjeros, y su reciente viaje a Grecia es una conmovedora odisea en la historia de su vida tranquila y laboriosa. He oído la narración de sus propios labios, cuando al pasar por Barcelona tuve el gusto de recibir su amable visita. Cuando le vi entrar, no le reconocí. Está casi ciego, y esta es la parte trágica del episodio. Contóme como había realizado un viaje a su amada Hélade, enviado por la Diputación provincial barcelonesa. Iba lleno de ideas y de bellos sueños artísticos, y con la ardiente voluntad de dedicarse a sus duras labores de investigación en los archivos atenienses, cuando, al llegar, repentinamente, sin causa reconocida, siente que todo se le hace sombra, ¡que está ciego! Volvió a su patria y pudo ver escasamente, con un ojo; y, así, cuando más necesitaba de luz, volvió a Grecia, trabajó allá con inaudito valor, a riesgo de quedar definitivamente ciego, recogió los datos que pudo, y retornó a Barcelona, en donde poco a poco lleva a cabo la obra monumental que ha de ser entre las suyas la que más contenga de su inteligencia y de sus probados esfuerzos. Un corto fragmento de esa obra, según tengo entendido, es lo que en el homenaje aparece ofrecido a su fraternal amigo Marcelino.
Si no existen en España sociedades como las dantescas en Italia y las shakespearianas en Inglaterra, individualmente, el cervantismo tiene muchos cultivadores. Hubo un tiempo en que los comentarios y exégesis del Quijote y los temas referentes a Cervantes, llegaron a convertirse en inocente manía.
No pertenece a ese género la contribución del señor Eguilaz y Yanguas, notas etimológicas que aclaran y explican algunas palabras usadas por el autor del Ingenioso Hidalgo. Muchos conocimientos lingüísticos revela el señor Eguilaz; pero no he podido menos que recordar a mi querido amigo el doctor Holmberg, en su célebre arenga sobre la filología del profesor Calandrelli, cuando el erudito español afirma muy seriamente que la palabra ajedrez se deriva de la voz sánscrita chaturanga.
El ilustre Federico Wolff envía desde Suecia un capítulo sobre las Rimas de Juan de la Cueva, primera parte; y ofrece a su «querido colega» una canción inédita del desventurado poeta. J. de Hann, desde el colegio de Bryn Mawr, en Pensilvania, escribe con erudición insuperable y en un castellano castizo sobre un tema que en la misma Península apenas cuenta en lo moderno con las páginas documentadas de Cotarelo y los escritos antropológicos de Salillas. Míster Hann diserta sobre Pícaros y Ganapanes.
Se ocupa en un notable estudio de la filosofía de Raimundo Lulio, don Julián Ribera, relacionando los orígenes de las doctrinas del célebre mallorquín, con los trabajos análogos de un filósofo árabe, Mohidin, sobre el cual discurre dilatadamente, también en este mismo volumen, don Miguel Asin. Extensa es asimismo la monografía del señor Lomba sobre el rey Don Pedro en el teatro, y de un mérito aquilatado entre eruditos lo que ha remitido el insigne Hübner acerca de los más antiguos poetas de la Península. Es de llamar la atención cómo demuestra este sabio que el nacimiento no significa nada para la nacionalización de un hombre ilustre. Séneca, Quintiliano, Pomponio Mela, Columela y Marcial, naturales de España, no son españoles sino romanos. Un autor inglés, dice, nacido casualmente en Bombay o en Calcuta no forma parte de la literatura india. Así en nuestros días José María de Heredia es un poeta francés y no cubano, o hispanoamericano. Hübner se refiere en su trabajo, pues, a los poetas que en lo antiguo escribieron en tierra española y cita dísticos o composiciones más largas latinas, que ha copiado de epitafios y otras inscripciones.
El doctor don Roque Chabas, canónigo de la catedral de Valencia, demuestra, con documentos irrefragables, que la condenación de las obras de Arnoldo de Vilanova fué hecha con injusticia, apasionadamente y con violación de las prescripciones canónicas. No es la primera vez que el doctor Chabas se ocupa en el famoso teólogo, de quien dice Menéndez Pelayo que es «varón de los más señalados en nuestra historia científica y aun en la general de la Edad Media». Ya antes había publicado, en el Boletín de la Real Academia de la Historia, el testamento de Arnoldo, de lo que habló el Journal des Savants. El doctor Chabas es espejo de constancia y laboriosidad en tan difíciles empresas, pero su talento y su buena suerte le hacen lograr verdaderos triunfos, como el hallazgo que acaba de tener. Es algo de tal importancia, que ha de hacer mucho ruido en el mundo de las academias y de los eruditos y trabajadores de la historia. La Nación es el primer periódico que da la noticia, pues en la Península no se ha publicado aún nada a este respecto. El doctor Chabas ha encontrado en un archivo valenciano—creo que en el de la Metropolitana—hasta unas cuarenta cartas de la familia Borgia, o Borja, en tiempo del pontificado de Alejandro VI. El texto de ellas vendría a afirmar de nuevo la exactitud de la singular vida de sensualidad y de escándalo que imperaba en la corte vaticana y en la familia que produjo al duque de Gandía y al raro César, tan maravillosamente retratado en versos de Verlaine. Quedará, pues, por tierra toda la labor de Gregorovius, lo que no es poco. Hay una carta, de un picor especial, en que Lucrecia, donna Lucrecia, comunica que «papá» está enojado, porque el joven César no se preocupa mucho de cumplir con sus obligaciones nupciales... Y otras de un inestimable precio.
Me han dicho que el obispo de Valencia quiso prohibir al doctor Chabas la publicación de tan reveladores documentos. Este se dirigió al cardenal Sancha exponiéndole el caso, e igual cosa hizo con el Padre Santo. Tanto su eminencia como León XIII, le han autorizado, según tengo entendido, para que haga la publicación, estimando que ello no trae consigo ningún menoscabo a la religión y a la verdadera fe y moral cristianas. Ambos han demostrado con esto que estamos ya muy lejos de cuando un fundador de Universidad, el gran cardenal Ximénez de Cisneros, mandaba quemar códices árabes, como Zumárraga códices mejicanos.
Pío Rajna contribuye con algunas observaciones topográficas sobre la Chanson de Roland, escritas en italiano; largamente se ocupa de la jurisdicción apostólica en España y el proceso de don Antonio Covarrubias D. P. de Hinojosa; y Antonio Restori envía desde Italia un curioso y ameno escrito acerca de un cuaderno de poesías españolas, que perteneció a donna Ginevra Bentivoglio. Casi un verdadero libro dedica el señor Rodríguez Villa a don Francisco de Mendoza, almirante de Aragón. El marqués de Jerez envía a su amigo Menéndez Pelayo unas cuantas papeletas bibliográficas. Don Juan Catalina García escribe sobre el segundo matrimonio del primer marqués del Cenete, cuya narración es de tal manera interesante, que parece la fabulación intrincada y sentimental de una novela; con el aditamento de detalles ultranaturalistas que claman por el latín. Otro escritor italiano, Alfonso Miola, diserta sobre Un Cancionero manoscritto brancacciano. Muy importante para arqueólogos y estudiosos de historia es el tratado de Iliberis, o examen de los documentos históricos genuinos iliberitanos, por el señor Berlanca. El señor Rodríguez Marín se refiere a Cervantes y la Universidad de Osuna en un copioso escrito. Don Pedro Roca ha ofrecido una muy erudita monografía sobre el origen de la Academia de Ciencias; y don José María de Pereda cierra pintorescamente esta fuerte labor de sabios con una narración: De cómo se celebran todavía las bodas en cierta comarca montañosa enclavada en un repliegue de lo más enriscado de la cordillera.