Quand vous n'entendrez plus le langage d'amour,

Vous puissiez retrouver dans ces feuilles fanées

Un peu du doux parfum de vos jeunes années,

Et dire: Je fus belle et bien aimée un jour.

Que fué muy bella lo dicen los retratos de sus mejores épocas, los de su primera juventud y los de su plena lozanía. No ha sido su hermosura majestuosa belleza de matrona clásica, sino belleza delicada y fina, lo que expresa el delicioso vocablo francés mignonne. Víctor Hugo estuvo enamorado de ella, y no hay duda de que los suyos son los más valiosos autógrafos que conserva la anciana princesa. El poeta admiraba toda su beldad, pero sentía singular predilección por el pie, que debe indudablemente haber conocido al natural. Creo que me agradeceréis que os dé a conocer aquí algunas de esas curiosas cartas que dejan ver un lado poco conocido del gran lírico. Él llamaba a la princesa Rodope, y a sí mismo se bautizaba, con modesta naturalidad, Esquilo.

«Hauteville-House, 13 de noviembre. ¿Seríais, señora, bastante buena para decirme si La leyenda de los siglos, que habéis recibido, es la que os he enviado, pues el honrado correo imperial juzga a propósito interceptar la mayor parte de mis envíos? Algunos diarios que por ello se han quejado, en el extranjero, tal vez han llegado a vos. En todo caso, quizá os lleve el libro yo mismo, si Italia de aquí a entonces está ya libre, como lo espero. Permitidme que, esperando el gran artículo prometido por vos al público, os agradezca las veinte líneas encantadoras que habéis escrito sobre La leyenda de los siglos. Y concededme, señora, la gracia de besar vuestra mano, toda radiante de poesía. Pongo a vuestros pies todos los homenajes de mi alma y de mi espíritu.»

«Querida y sublime Rodope, un pensamiento al despertarme, un pensamiento de recogimiento y de adoración, al leer esas páginas tan tristes, tan melancólicas y tan dulces; dejadme en este ensueño depositar un beso sobre vuestro pie desnudo, pues, como dice Hesíodo, el pie desnudo es celeste. Si mi audacia os enoja, castigad mi carta quemándola.»

«17 de julio. No me pidáis ni verso ni prosa; pedidme, señora, que me conmueva hasta el fondo del alma por una carta como la que recibo; pedidme que os admire, que os aplauda, que os contemple—de muy lejos, ¡ay!—. Pedidme que comprenda que una mujer como vos es una obra maestra de Dios. Los poetas no hacen sino Ilíadas; sólo Dios hace mujeres como vos; es así cómo se demuestra. Todo lo que me decís me conmueve. No puedo pensar sin un pesar melancólico, y casi amargo, en el lugar casi radiante en que me habéis colocado en vuestra imaginación. Es la gloria, señora, semejante lugar; ¡y ello hubiera podido ser mejor que la gloria!... Dejadme que me incline ante vuestra soberanía de gracia, de belleza y de espíritu, y permitid que a la distancia, y sin intentar franquear toda esta mar y toda esa tierra que nos separan, y quedando en mi sombra, y replegándome en ella aún más profundamente y más resueltamente, me ponga, en pensamiento al menos, a vuestros pies, señora.»

«Hauteville-House, 1.º de julio. Vuestro encantador envío me llega, señora en medio de una nube de cartas políticas (algunas muy sombrías), como una estrella en un torbellino. No sabría deciros con qué emoción he visto ese deslumbrador retrato, que se parece a vuestro espíritu al mismo tiempo que a vuestro rostro, y la graciosa firma que lo subraya; buscad otra palabra que dé las gracias: je vous remercie no es suficiente.»

«2 de enero de 1883. El sombrío Esquilo da las gracias a la deslumbradora y divina Rodope. Las tinieblas están más que nunca enamoradas de la estrella. Vuestros pensamientos y vuestras cartas son perlas, de esas perlas ardientes de que habla el Korán. Sería preciso tener todo lo que vos tenéis, la dignidad mezclada a la pasión, la gracia exquisita y el deslumbrante espíritu; sería preciso ser vos misma, para que un hombre en el mundo pudiera creerse digno de vos. Me parece que si estuviese cerca de vos, en vez de estar tan lejos, os tomaría algo de vuestra alma, os robaría como Prometeo a los dioses, esa llamada celeste que está en vos. Pero estás en Roma ¡ay! Dejadme en este ensueño hablaros y evocaros... ¡Oh, señora! Quien dice grandeza dice franqueza, y vos sois franca porque sois grande. Desde hace doce días espero el coup d'Etat; espiaba y aguardaba... Hay que partir, ahora. Heme aquí de nuevo en el torbellino, en el vaivén, en el movimiento continuo. Escribidme, escribidme. Esquilo envía a Rodope toda su alma, todos sus ensueños.—Víctor Hugo.»