Ahora, en sus postreros años, todas esas cosas viven en la memoria de la antigua beldad, como pétalos de una seca flor entre las hojas de un viejo libro. La princesa, como he dicho, todavía va a Portugal, a Turquía, a Austria, en jiras artísticas o periodísticas. Es la sombra errante de su pasado. Además, ha sufrido durísimos golpes. Uno de ellos la muerte de una hija, a quien amaba mucho. Estando en Aix-les-Bains, un ómnibus decapitó a la niña que jugaba, cerca de la villa de la madre. Su hija Isabel, hija de Rattazzi, se casó en España, y su marido está en un manicomio. Y como éste muchos sufrimientos, muchas penas. Con esto paga a la suerte el ser de sangre napoleónica y tener talento. Y admiro a esta gran bohemia, de familia imperial, que ha sido bella y ha sabido defenderse de la vida, al amor de los versos y de los besos.


EL CARTEL EN ESPAÑA

Al escribir mis primeras impresiones de España, a mi llegada a Barcelona, hice notar que una de las particularidades de la ciudad condal era la luminosa alegría de sus calles, enfloradas en una primavera de affiches. Así como en Buenos Aires se está aún con el biberón a este respecto, en España no se ha salido de la infancia. León Deschamps afirma que ello es en el arte en general y más especialmente en el arte decorativo. El francés exagera. Le bastaría haber puesto los ojos en un estudio recientemente publicado en la Revue Encyclopédique por Mélida, para convencerse de lo contrario. Si algo hay que en este general marasmo sostenga el espíritu antiguo de la gloriosa nación, es el arte. Las exposiciones—aunque la última haya dejado que desear—se suceden copiosas, sustentadas por el Círculo de Bellas Artes en Madrid y por el Concejo municipal en Barcelona. Las pequeñas revistas ilustradas hacen lo que pueden por desarrollar el gusto público. La arquitectura busca, en modelos nuevos, amplitud y gracia. El arte decorativo alcanza notable vuelo en Cataluña. La decoración teatral, cuyos Rubé y Chaperón han sido Busato y Amalio Fernández, progresa a ojos vistas. El arte antiguo español tiene un núcleo de apasionados en la Sociedad de Excursionistas; y en el Ateneo las cátedras de arqueología y de historia del arte están muy bien mantenidas. Lo que hay es, como ya lo he manifestado en vez anterior, que la protección de las clases ricas es nula, y que el Gobierno tampoco se ocupa, como en tiempos de ilustres memorias, de favorecer la expansión de los talentos españoles. En la última exposición fué de gran resonancia la compra de un cuadro de Sorolla hecha por una dama de la aristocracia. No se dijo después de esto, que ninguna alta personalidad de la Real Casa, o título rico, hubiese hecho adquisiciones entre lo poco de mérito que había en el certamen que inició la primavera y cerró la granizada colosal del pasado mayo, antes de término.

Pero, hablemos del cartel o affiche...

Desde hace largos años, los carteles vistosos se han usado en España para anunciar las famosas ferias de Sevilla, de Valencia, la fiesta de la Virgen del Pilar de Zaragoza, y corridas de toros en días de gala.

Tales carteles no son desde luego del género de los carteles comerciales de hoy. En ellos se procura ante todo llamar la atención del transeunte con la reproducción criarde de los pintorescos tipos de las provincias, o majas de ojos grandes y rojas sonrisas, toros y toreros.