Como fondo puede verse ya la iglesia de la ciudad, o el coso. Ultimamente se han visto carteles anunciadores de las exposiciones de pinturas, de las fiestas del carnaval y para algunas representaciones teatrales. Estos aún en número muy reducido, pero se va estableciendo la costumbre.
En los carteles de torería ha predominado, como en los de las fiestas provinciales, y, puede decirse, como en la mayor parte de las nuevas tentativas, el grito hiriente de los colores, el llamamiento feroz del color, con su tiranía engañosa; esta terrible potencia del color, que, como dice Barbey D'Aurevilly, hace creer en la verdad de la mentira.
Con razón sorprende a Deschamps esta acentuación del crudo colorido, y de los oros verdaderamente pronunciados. La falta de originalidad es notoria, pero en esto no sólo en España, sino también en el resto de Europa se nota actualmente. Son cuatro, son seis, pongamos diez, affichistas originales; los demás combinan varios procedimientos, o imitan francamente tales o cuales maneras. En el arte «moderno», en literatura como en todo, un aire de familia, una marca de parentesco se advierte en la producción de distintas naciones, bajo climas diferentes. El primitivismo, el prerrafaelismo inglés, ha contagiado al mundo entero. El arte decorativo de William Morris y demás compañeros se refleja en el arte decorativo universal desde hace algunos años. Y en lo que al cartel se refiere, Aubrey Beardsley perdura en una falange de artistas ingleses, norteamericanos y de otras partes. El mismo yanqui Bradley, que tiene personalidad propia, no negaría la influencia del malogrado y misterioso maestro. Dudley Hardy también ha extendido su sugestión a muchos de sus contemporáneos. Y en Francia, basta con nombrar a Chéret para reconocer a cada paso, en obras de otras firmas, la imitación o el calco de sus figuras, la atracción de sus llameantes locuras de color. ¿En nuestros ensayos de Buenos Aires no se ve la persecución de Mucha? Por lo tanto, no es de extrañar que aquí sea el arte del cartel un arte de reflexión.
Hace algún tiempo una casa industrial muy conocida, la que fabrica el más conocido aún anís del Mono, abrió un concurso para anunciar su licor. Entonces se notó por primera vez que había en España una cantidad de cartelistas bastante notables que antes no se sospechaba. Aparecieron «trescientos monos haciendo trescientas mil monerías», como en los clásicos versos. Pero el mono mejor, el que se llevó el primer premio, fué el del catalán Casas, quien presentó dos carteles, con sus monos correspondientes acompañados de dos españolas monísimas. En el uno el animalito sobre un trípode, vierte a la chula, envuelta en un mantón lujoso de alegres tonos, una copa de anís; en el otro la chula—¡precioso modelo, por vida mía!—tiene en la diestra la copa y con la izquierda lleva asido a su mono. Casas es uno de los mejores artistas actuales en España; con Rusiñol sostiene sabia y cuerdamente un modernismo bien entendido, en la capital de su Cataluña. Se le señalan maneras imitadas de autores extranjeros, y Deschamps escribe a propósito de una de sus últimas producciones, Pèl & Ploma, los nombres de Ibels y de Lautrec. Lo que hay es que tanto Casas como Rusiñol y los «nuevos» de la joven escuela catalana, como los escritores, están al tanto de lo que en el mundo entero se produce de las evoluciones del arte universal contemporáneo, y siguen lo que se debe seguir del pensamiento extranjero; los métodos, como tan sabiamente lo ha dicho en ocasión reciente y a propósito de otras disciplinas en Buenos Aires el doctor Juan Agustín García hijo. Después se desarrolla la concepción individual en el ambiente propio, en el medio propio. No otra cosa encuentro yo en las obras artísticas y literarias del admirable artista de Sitges.
Rusiñol ha hecho carteles dignos de nota, y que el escritor francés de que he hablado juzga sin observación, con criterio más que ligero, precipitado. Que Rusiñol sea un chercheur, perfectamente de acuerdo. «Todos sus affiches son de aspecto diferente». Nego. Le teatro artístico interior (sic) est un effet de nuit très remarquable. ¿M. Deschamps no ha podido siquiera darse cuenta de lo que se trata? Teatro artístico es el nombre del teatro libre que quería Benavente fundar en Madrid; Interior, es el título de un drama, cuyo autor es harto conocido en La Plume, de que es director M. Deschamps, y cuyo nombre, en letras bien grandes, está al pie del cartel: M. Maeterlinck. El «efecto de noche» es una delicada y profunda rêverie en negro y violeta, si mal no recuerdo, interpretación de la obra vaga y dolorosa del poeta belga. En todos los carteles de Rusiñol su espíritu se transparenta, como en todas sus pinturas, como en todo lo suyo, y aun siendo de manera distinta, por ejemplo, el cartel de L'allegría que passa, puesto que cada tema debe tener una interpretación diversa, se advierte que también «pasa» por allí el mismo aliento de enfermiza poesía que en la visión del ensueño del affiche de Oracions hecho en colaboración con Utrillo, o en esa otra página de melancolía que anuncia el bello libro de Fulls de la vida.
Riquer es un entusiasta. Ha fundado revistas artísticas à l'instar de similares extranjeras y de la que entre nosotros realizaría el sueño de Schiaffino, si existiera; Luz ha sido una de ellas, y tuvo poca vida. Riquer conoce a maravilla el arte moderno. Sus ilustraciones, sus dibujos le han dado aquí justa originalidad. En sus carteles hay el mismo talento buscador y feliz. Es un hábil sinfonista del color, así le haga detonar demasiado en sus graciosas combinaciones. Sus Crisantemas son deliciosas en su claro origen sajón; Bradley mismo no tiene muchos carteles superiores a éste; su figurita para las galletas y bizcochos de Grau y Compañía es de un encanto innegable sobre su armoniosa decoración. A Utrillo se le compara con Steinlen. No hay duda de que el hombre de Ferros d'Art y la figura del Anuario Riera, pongo por caso, parecen de la mano del artista parisiense; pero ¿la exquisita noya del cartel de las aguas de Cardo? Utrillo es fuerte, es vigoroso; mas cuando un soplo suave le llega, la gracia está con él.
Marcelino Unceta es especialista, como Pérez, en corridas de toros. Sus picadores, sus potentes y cornudas bestias, sus espadas, todas las gentes del circo nacional que hace vivir su talento pictórico, son de primer orden. Pero sus carteles no corresponden bien visto a lo que se entiende por pintura de affiche. Son figuras que pueden entrar en un cuadro de género, tipos de estudio para verdaderas telas de composición.
A Xaudaró, el caricaturista, no le considero en la misma línea de los cartelistas catalanes, aun de los nuevos como Gual, que revela un brío y un talento que no se discuten. Xaudaró lleva al cartel sus mismas caricaturas; el eterno enano macrocéfalo, la exageración del gesto, la deformación, no por cierto a causa de un exceso de comprensión del dibujo. Sus bonshommes fatigan ya en su incesante repetición. En la expectación del cartel resultan fuera de su centro; se ve que se han salido de los álbumes de su autor o de las páginas humorísticas de las revistas semanales. Navarrete sí merece mención, por su franqueza de dibujo y su colorido—siempre con la nacional exageración naturalmente—. Tanto él como casi todos los dibujantes de España han usado y abusado de la línea gruesa que recorta la figura como el emplomado de los vitraux. Desde la aparición de carteles que han dado a Alfonso Mucha su celebridad, esa afición ha aumentado, como la de imitar al affichista de Sarah Bernhardt la manera de desenvolver las cabelleras de sus figuras, como en cintas y volutas.
Yo no he tenido la suerte de encontrar esos carteles de que habla M. Deschamps—que desde luego no ha estado en España según creo—en que pintores españoles han ensayado crear aquí un arte de cartel nacional. Lo que he visto, sí, son muchos reflejos, muchas imitaciones, muchos calcos. Buena voluntad no falta y talento sobra. No será una rareza que esa creación buscada se realice. Desde luego se ve que en el cartel español se salen de la rebusca del atractivo por la desnudez. No sé que motivo haya, como no sea el eterno de la atracción del desnudo, para anunciar una máquina de coser, unas píldoras o unas lámparas, con señoritas en cueros, como hace la mayor parte de los cartelistas franceses. Pero aquí hay muchas bellezas que reproducir halagando la mirada del público, en este país de hermosos rostros femeninos y verdadero imperio de flores; Sattler tenía a su disposición el ensueño en su país del Norte, para hacer florecer de una flor rara su affiche del periódico Pan. ¿Qué cosas, al claro día, no puede decir la paleta española, con la ayuda de la verdad de su sol?