Una novela americana acaba de publicarse en Madrid, de la cual quiero hablar a los lectores de La Nación. Todo un pueblo. Su autor es Miguel Eduardo Pardo, venezolano, residente en París, y que ha vivido por algún tiempo en esta Corte. El libro es una obra de bien y de valor. Alguien ha dicho que en vez de llamarse Todo un pueblo, debería ser todo un continente. En efecto, con la excepción de los dos pueblos cuerdos que van a la cabeza de la América española, el resto puede reclamar como retrato propio el libro de Pardo. Se trata del famoso South America, un South America que se extiende hasta la frontera de los Estados Unidos. Yo no sé si su autor ha querido ponernos a la vista su Venezuela; pero por más de un retrato hecho a lo vivo, se sacaría por consecuencia que sí. Mas lo que pasa en las doscientas y tantas páginas del libro puede tener por escenario más de un país americano que conozco. Es la lucha del espíritu de civilización con un estado moral casi primitivo que permite el entronizamiento del caudillaje en política, del fanatismo en religión, y en lo social de una vida, o retardada en la que confina con la choza de antes, o advenediza hasta producir ese fruto de exportación único y de legítima procedencia hispanoamericana: el rastaquouere. En este libro de literato hay el pensamiento de un sociólogo. La tragedia que anima la narración tiene por escenario un pedazo de esas Américas cálidas, con sus ciudades semicivilizadas y sus campañas pletóricas de vida, sembradas de bosques en que impera la más bravía naturaleza y en donde se refugia el alma del indio, el alma libre del indio de antaño, afligida de la opresión y decaimiento de los restos de tribus del indio de ahora. Y es la preponderancia de los descendientes de los conquistadores, de los mestizos enriquecidos; el producto de la raza de los aventureros y hombres de presa que llegaron de España y la raza indígena, que dió por resultado «una sociedad sin génesis bien esclarecido», que tuvo como las sociedades europeas su aristocracia, su clase media y su plebe. La primera, más anémica y por ende menos copiosa que la abundante clase media, engendró seres degenerados y enclenques los cuales seres, creyendo a pie juntillas en su alcurniada descendencia, se proclamaron de la noche a la mañana raíces, ramas, flores y capullos de aquellos árboles egregios que fueron orgullo genealógico del pueblo que por casualidad hizo nido en las montañas de la egregia Villabrava. Villabrava, como he dicho, puede estar en la república americana que el lector guste. En política es esa interminable serie de revueltas, motines, asesinatos, pandillajes, asonadas, pronunciamientos; los feroces coronelotes zambos y los crueles generalotes indios; el aventurero que logra en países semejantes altos puestos públicos, a fuerza de habilidad y audacia; los oradores de oratoria rural, los diputados fantoches y guapetones, ¡y La Patria! ¡La Libertad! ¡El 93! ¡Los derechos del hombre! la Prensa grotesca, adulona o de presa; los distinguidos personajes que rodean a su excelencia; la policía de verdugos; los vicios desbragados al son de las bandas palaciegas... ¡oh!, es eso de un pintoresco de opereta que mezcla lo terrible con lo bufo. Pues bien, de eso hay mucho en el decorado de la obra de Pardo; y en el fondo el problema de la regeneración, o mejor, de la verdadera civilización de esas comarcas. Claro es que en la fábula debía haber su llama de amor, y la hay; es la lámpara que arde en su pureza entre las agitaciones del cómico y sangriento carnaval. Pardo es escritor de prosa violenta, algo desenfadada, pero se ve que ama el arte por los lujos verbales que ostenta el caballo en que un duque puede entrar en la iglesia, lleva herraduras de plata. Sobre las rocas de su tierra deja un reguero de bellas chispas.
LA CRÍTICA
Madrid, 1899.
Hace algún tiempo decía Leopoldo Alas: «En literatura estamos muy mal. Muchos no lo notan siquiera, o porque su grosera naturaleza no da importancia a lo espiritual, no siendo de interés egoísta, o por falta de gusto y de inteligencia; otros sí lo notan... pero quieren ganar amigos, no perderlos, y hacen como si creyeran que todo va perfectamente. Censuras generales, anodinas, que no ponen el dedo en la llaga ni comprometen, eso sí; todo lo que se quiera. Pero censura directa, concreta, personal, con motivo de este autor, de esta obra ¡oh! nadie se atreve. Hablo de la censura bien intencionada, imparcial, desapasionada, por amor al arte. No llamo censura a los gritos del rencor, de la enemistad, de la burla baladí, que todo lo mancha y pisotea por dar que reir a los malvados, a los imbéciles y a los envidiosos. Ruindades y cascabeles de bufón inmoral, casi inconsciente en sus injusticias de Momo, no faltan. Alardes de procaz insulto, de falta de respeto a ideas y legítimas autoridades, abundan; pero eso ¿qué tiene que ver con la crítica honrada, concienzuda, edificante?»
El señor Alas se refiere, como veis, a la crítica que censura; yo encuentro iguales o más lamentables tachas en la crítica que quisiera tender a sociológica; en la crítica que admira. Pero ante todo, ¿existe la crítica española? Un amigo escritor me contestaba: