«Crítica, no hay; hay críticos.» Desde mi llegada he buscado en libros y periódicos alguna manifestación nueva. Los pocos reconocidos como maestros callan, o porque los órganos principales no solicitan sus opiniones o porque el desencanto les ha poseído. Valera prefiere volver a la novela; Balart hacer versos de cuando en cuando; Clarín, el más militante de todos, escribe paliques en vez de ensayos, porque los paliques se los entienden. En las publicaciones de cierta autoridad, revistas e ilustraciones, ejercen unos cuantos veteranos anónimos, cuyas palabras no encuentran el más débil eco; extraen sus pensares de antiguas alacenas, los exponen a propósito de cualquier tópico y los vuelven a guardar. Los hay que tienen cierto nombre como eruditos en materias especiales; pero a uno de éstos he visto juzgar en la revista más seria de España, y en cuatro líneas, como obra mediana y de autor que promete, el magistral Del Plata al Niágara—de Groussac—, y deleitarse en el espacio de dos o tres páginas con cualquier producto nacional, que entre nosotros apenas lograría ser mencionado en la sección bibliográfica de un diario.

Ciertamente, de Larra a estos tiempos, la crítica en España ha tendido a salir de la estrechez formalista y utilitaria. Quedan rezagos de la época hermosillesca y dómines tendenciosos, a quienes mataría una ráfaga de aire libre. Las pocas figuras sobresalientes en la mediocridad común han conseguido hacer entrar alguna luz tras muchos esfuerzos; pero esos rayos quedan aislados. La crítica tiene que encogerse, tiene que rebajarse para ser aceptada. No se demuestra la voluntad de pensar, en ninguna clase de muntales especulaciones. Y Luis Taboada dice una corrosiva verdad—que me permito creer de terrible intención—cuando afirma que en España entre «el señor de Ibsen» y él, él. Así os explicaréis que Clarín siga en una incontenible exuberancia de paliques, y que ese grotesco y distinguido gramático de Valbuena tenga lectores.

Hay que advertiros que en revistas y diarios, apartando los nombres célebres que conocéis, todo escritor, malo o bueno, es crítico. La tendencia que entre nosotros se acentúa, y que en todo país culto es hoy ley del especialismo, es aquí nula. Todo el mundo puede tratar de cualquier cosa con un valor afligente. ¿Hay que dar cuenta de una exposición artística, que juzgar a un poeta o a un músico, o a un novelista?—El director de la publicación confiará la tarea al primero de los reporters que encuentre. Aquí no hay más especialistas que los revisteros de toros; los cuales revisteros también hacen crítica teatral, o lo que gustéis, con la mayor tranquilidad propia del público.

Pero hay autoridades notorias. Ante todo Menéndez Pelayo, cuyas preocupaciones de ortodoxia no han impedido que sea el más amplio al mismo tiempo que el más sólido criterio de la literatura española en este siglo. Es una vasta conciencia, unida a un tesón incomparable. Hace algunos años he tenido ocasión de tratarle íntimamente, cuando vivía en su departamento del hotel de Las Cuatro Naciones. Hacía vida mundana, no faltaba a las reuniones de sociedad; tenía su cátedra; y sin embargo, le sobraba tiempo para escribir en varias revistas, informarse de los libros en cuatro o cinco idiomas, que llegaban del extranjero, y proseguir en su labor propia, en la producción de tanta obra saturada de doctrina, maciza de documentación, imponente de saber y de fuerza. Es el enorme trabajador de los Heterodoxos y de las Ideas estéticas. Creo que abandonó su antiguo proyecto de escribir una Historia de la literatura española. Su labor realizada vale verdaderos tesoros, que son desde luego más estimados en su justo valer en el extranjero que en España; fuera se pesan su ciencia y su conciencia; aquí se admira su fetiche, y se le coloca entre varias beneméritas momias.

Entregado a estudios universales, a labores de dificilísima erudición, la crítica de Menéndez Pelayo no se aplica a la producción actual, como no sea a trabajos que tengan relación con sus señaladas disciplinas. Encerrado en la Biblioteca Nacional, cuyo director es, continúa en sus tareas benedictinas, lejos de las agitaciones cuotidianas y en relación tan sólo con los eruditos y sabios de otros países.

Don Juan Valera, en sus últimos años, ha vuelto a la novela. No se lee más aquella sabrosa crítica suya en que las ideas expresadas no tenían tanto valor como la manera de expresarlas. No es esto decir que el famoso trabajo sobre el Romanticismo en España, o sobre el Quijote, carezca de vigor ideológico; pero su manera, que desenvuelve tan gratamente las más sutilísimas complicaciones, ha sido el principal distintivo de su excepcional talento. Su cultura es mucha, y posee esa cosa hoy muy poco española en el terreno de la crítica: distinción. Lo cual no obsta a que a través de la trama de sus discursos aparezca cierta fina malignidad, un buen humor picaresco, que suele dar a los más calurosos elogios una faz de burla. Y esto es de tal modo, que los enconados o los envidiosos suelen ver aún en los más sinceros aplausos de don Juan, un sentido oculto y desventajoso para los que él cree dignos de su alabanza.

Lo cierto es que tiene singular habilidad para manejar contradicciones y recrearse recreando con paradojas. Teje alrededor de una idea complicadas redes, traza ingeniosos laberintos en donde él camina con toda holgura y sin peligro, mientras sus lectores poco avisados caen en la trampa o juzgan salir del enredo cuando más en él se internan. Y no obstante, yo creo en la lealtad de sus opiniones. A este respecto le encuentro mucho de semejante con Anatole France.

Leopoldo Alas, o sea Clarín, ha sufrido la imposición de un público poco afecto a producciones que exijan la menor elevación intelectual. Clarín ha demostrado ser un literato de alto valer, un pensador y un escritor culto, en libros y ensayos que fuera de su país han encontrado aprecio y justicia; mientras los lectores españoles no han podido sino gustar sus cualidades de satírico, obligándole así a una inacabable serie de charlas más o menos graciosas, en que, para no caer en ridículo, tiene que desperdiciar su talento ocupándose generalmente de autores cursis, de prosistas hueros y poetas «hebenes». Taboada en el Parnaso. Y ese es el autor de páginas magistrales como sus antiguas Lecturas, o su ensayo sobre Baudelaire, o el de Daudet y tantos otros. En América se tiene por esto una idea falsa de Leopoldo Alas. Este es un hombre serio: desde hace mucho tiempo doctor en derecho y profesor de Oviedo, y entregado siempre a lecturas graves y poco risueñas. Mas tiene que reir y hacer reir a tontos y a malignos, so pena de no colocar sus estudios de médula y enseñanza: pues como lo acaba de decir un diario—El Liberal—, el «Madrid Cómico va en camino de ser el primer periódico literario de España». Claro está que el señor Alas escribe esos artículos con una precipitación febril que se ve claramente en cada uno de ellos, y así se explica que algunas dos veces haya confundido en el Madrid Cómico a Richepin con... Montepín, y haya hecho la célebre comparación entre Flaubert, Eberts y Anatole France, con el Valera de Morsamor. Clarín, pues, actualmente, no escribe crítica, como no sea para el extranjero. ¡Aquí, lo que pagan bien son paliques: pues paliques!

El señor Balart también hace mucho tiempo que no critica. Este escritor, cuya fama de poeta ha oscurecido su renombre de crítico, ha sido comparado con Lemaître y France a título de impresionismo. En mi entender, no ha habido en el señor Balart más que una nueva faz del eterno pedagogo autoritario, que se conmueve reglamentariamente y falla en última instancia sobre todas las estéticas; y así como su censura es estrecha, su elogio es desmesurado. Se le ve en ocasiones pasar impasible ante una manifestación artística, ante una idea llena de novedad y de belleza, y cantar los más sonoros himnos a la mediocridad apadrinada, o a lo que por algún lado halaga sus tendencias personales, sus propios modos de ver. Se celebran sus críticas de arte, y jamás ha demostrado en tales asuntos sino la más completa chatura, la «flatitud» de un criterio áptero, impermeable a toda onda de arte puro. Viene de los antípodas de un Ruskin. Yo no me explico la conquista de su autoridad a este respecto sino por la falta de competencias y por la inconmovilidad con que la mayoría se deja imponer toda suerte de pontificados. La misma minoría intelectual no protesta sino en voz baja, y, sin fuerzas tampoco para poder imponerse, deja que la corriente siga.