Las necesidades de la vida actual, el desarrollo del comercio, las ambiciones de la gran burguesía, han trastornado un tanto los armoriales: y el día en que un Rothschild ha sido ennoblecido a causa de su dinero, el espíritu de Dozier flotó sobre las salazones de Chicago. Desacreditada y todo, la nobleza impone sus pergaminos. Las señoritas adineradas de los Estados Unidos, y por no quedarnos atrás, algunas de la América del Sur, pagan a buen precio el derecho de poder ostentar una corona marcada en su ropa blanca, o pintada en la portezuela del carruaje. En nuestras democracias, la presencia de un noble siempre es decorativa en la vida social. Huelen esos caballeros, mal educados, ignorantes, obtusos, pero casi siempre ¡visten tan bien! A América suelen llegar gentlemen y escrocs; nobles verdaderos y nobles falsos. Algunos han ido a parar a la penitenciaría de Buenos Aires.
La nobleza francesa, que en estos últimos tiempos ha dado tan poco edificantes espectáculos, diríase que constituye el más claro tipo de decadencia. Su incapacidad es tan solamente igualada por su ligereza; y si en algo puede confiar la estabilidad de la república, es en la ineptitud intelectual y flaqueza moral que se revela en ese plantío de gardenias y claveles. Con gran justicia un escritor de criterio certero, Paul Duplan, dice, en un estudio reciente: «Cuando se estudia la historia de nuestro país de cien años acá, queda uno estupefacto de la increíble incoherencia sociológica y política de los nobles. Hacen constantemente lo contrario de lo que se podría prever; están siempre a caballo cuando se debería estar a pie; parlanchines y ruidosos cuando deberían estar silenciosos y prudentes; pierden en la vida pública el tacto que conservan en sus salones; empujan la república a la izquierda con la intención de atraerla a la derecha; demasiado católicos al fin del siglo XIX después de haber sido volterianos al fin del siglo XVIII, pierden el contacto con la democracia y se obstinan en confiar sus hijos a los religiosos, cuando debían hacerlos educar en nuestros colegios; caen en el snobismo inglés, cuando debían hacer prevalecer la elegancia francesa; chismosos y maldicientes; descontentos y vejados bajo la Restauración, bajo Luis Felipe, bajo Napoleón III, bajo la tercera república; vuelven la espalda a la ciencia contemporánea que no es clerical y quieren que lo sea; se hacen ridículamente zurrar el 16 de mayo; se meten en «la Baulange»; exageran el antisemitismo después de haber adoptado a los grandes judíos, aceptado sus regalos y frecuentado sus castillos, sus yates y sus cacerías. En fin, gentes en su mayor parte surannés y vieux jeu, aun en el dominio de sus placeres. Han quedado como cazadores diligentes, y ¿qué ardor les devora? Por ejemplo, la caza a la carrera como en las épocas prehistóricas: cansar, en nuestras pequeñas florestas, a un desgraciado animal, casi amansado, que a menudo no quiere correr; entregarle a la ferocidad de los perros y gozar con ese terror y con esa muerte. ¿Y el estúpido tiro de pichón? ¡Qué singular élite, la de esta nobleza ociosa e ingenua, que no tiene otra carrera que el matrimonio de dinero!»
La nobleza española no ha llegado a este último estado, hay que confesarlo. (¿Es por falta de cotización?) Pero nada señala que la patria española pueda esperar algo de sus grandes o de su aristocracia. A pesar de que buena parte de las principales familias educan a los hijos en pensiones inglesas, es difícil encontrar aquí el gentleman-farmer blasonado. Los propietarios de tierras de labranza, o los ganaderos, o arriendan o dejan los trabajos al cuidado de administradores, que poco interés han de tomarse, como no sea el propio provecho. El propietario cobra sus rentas, sin que se le ocurra pensar en introducir mejoras, o aplicar la experiencia de otros países, en procedimientos o maquinaria.
Algunos se dedican a la política; raros, rarísimos, como Valdeiglesias, al periodismo. Señalados son los que en las letras tienen nombre, o se consagran a estudios especiales. En cuanto a los grandes nombres científicos, ni Cajal, ni Federico Rubio, ni Builla, ni Posada, ni Pedro Dorado, ni Augusto Linares, pertenecen a la nobleza... En el teatro, durante el tiempo que llevo en Madrid, dos títulos han presentado al público sendos arreglos del francés. En cambio, hay un actor grande de España, y varios emparentados con linajudas casas. Ahora bien, con la última estadística a la vista, he contado 41 duques, 358 marqueses, 203 condes, 30 vizcondes y 49 barones.
De antiguo he sabido la poca afición al trabajo de la nobleza española, a causa sobre todo de las preeminencias de la hidalguía y de los mayorazgos.
Familias llenas de oro y acostumbradas al regalo, mal podían pensar en otra cosa que en los privilegios de su grandeza. En tiempos de Felipe II, el duque del infantado tenía 90.000 ducados de renta; el de Medina de Río Seco, 130.000; el de Osuna, 130.000; dependían de ellos más de 30.000 familias feudatarias. Los duques de Alba, de Nájera, y de Zúñiga poseían tierras que daban 80.000, 60.000 y 70.000 ducados de renta, en Castilla la Vieja; el de Medinaceli, en Toledo, 150.000; en Granada, Extremadura y Jaén, los duques de Medina Sidonia, de Arcos y de Feria, 150.000, 70.000 y 60.000. En Cataluña y Valencia los duques de Gandía y Córdoba, 80.000 ducados de renta cada uno. (Ms. de Denys Geoffroy. V. Weiss).
Algunas de estas familias todavía conservan mucho de sus pasadas riquezas. Otras, como la de los Osuna, han tenido que caer bajo el martillo del rematador.
La juventud aristocrática, como he dicho, se educa generalmente en el extranjero: Inglaterra y Bélgica son los países preferidos.
La educación es esencialmente religiosa. Siempre, en las altas familias está la influencia del sacerdote.
Si el joven sigue una carrera, una vez obtenido el título se dedica a vivir de sus rentas; se case o no se case, en Madrid y en el extranjero, la vida social y el sport le absorberán todo su tiempo. La moda inglesa, el britanismo, se apodera de algunos; otros tienden a la vida chulesca. Son amigos de los toreros, y, los días de corrida, van a la plaza con indumentaria que pregona sus aficiones, en lujosas calesas tiradas por mulas llenas de cascabeles, o en sus espléndidos carruajes. Hoy que medra el café-concert, hay quienes se aficionan a las divettes. Por lo que toca a la vida íntima, a la familia, naturalmente, diré que no la conozco. Se me dice, no obstante, que el padre Coloma exagera un poco sus Pequeñeces.