Las antiguas virtudes esencialmente españolas, parece que también han desaparecido. Dejo la palabra a don Santiago Alba.

«Por de pronto, ya hemos revelado y hemos aprendido que sin una educación positiva no conservan los pueblos algo de que nosotros hubimos de creernos depositarios, a través de los siglos de los siglos, simplemente por el mágico efluvio de nuestras glorias legendarias: el valor y el patriotismo. Mientras que aquí la aristocracia de la sangre y la del dinero—con ligeras y honrosísimas excepciones—seguíase divirtiendo en plena guerra «a fin de evitar perjuicios al comercio y a la industria», allá, en el pueblo de los «mercachifles», todo un batallón de millonarios pedía puesto en la guerra y recibía en la vanguardia el saludo de los fusiles españoles».

El faineantismo da esos peligrosos frutos.

La joven nobleza también ha sabido divertirse de bastante sonoras y extraordinarias maneras. No generalizo: pero un buen ramillete de hechos os hará ver que la «indiada» de Buenos Aires no tendría mucho de que ufanarse ante ciertos ejemplos de por acá. En todos lugares la jeunesse dorée es censurada por causa de su poco juicio y de su humor, y nuestra América no está fuera de la regla. Durante mi permanencia en Chile pude observar la campaña que la Prensa entablara contra la famosa «juventud dorada» de Santiago; y en Buenos Aires he visto cómo se protesta ante las hazañas de los «indios», hoy ya casi desaparecidos, o destituídos por precarios aunque estrepitosos compadritos. Hay que consolarse con que el caso ha sido de todos los tiempos; y Alcibíades al cortar la cola a su perro, y Erostrato incendiando el templo de Diana, eran ya precursores. En la grave Inglaterra podéis recordar las proezas realizadas por los distintos Clubs de que nos habla Hugo en una de sus más bellas novelas. Los hechos sucedían entre jóvenes de la nobility y de la gentry. La broma se convertía a veces en crimen. Se divertían «decentemente», dice Hugo. Había el She romps club, cuyos miembros ponían con los pies para arriba a la primera mujer que pasaba por la calle; si se oponía, se la azotaba. Los del Merry-dances «hacían bailar por negros y blancas las danzas de los picantes y de los tintirimbas del Perú, especialmente la mozamala. Los del Hellfire tenían por especialidad cometer sacrilegios. Los de Las cabezadas las daban a las gentes. Los del Fun rompían espejos y retratos, mataban perros, hacían circular falsas noticias, incendiaban, hacían daño en las casas. Los del Mohock, reían hiriendo y martirizando a pobres transeúntes». Y concluye Hugo: «Esos eran, al principio del siglo XVIII, los pasatiempos de los opulentos ociosos de Londres. Los ociosos de París tenían otros. Monsieur de Charolais soltaba un tiro a un burgués a la puerta de su casa. De tout temps la jeunesse s'est amusée». Ya veis una vez más que nada hay nuevo bajo el sol.

Ahora, veamos algunos hechos graciosos de nuestros parientes los hidalgos.

En un pueblo de la provincia de Segovia, el duque de S. F. tuvo la humorada de dar una cacería, a la que invitó especialmente al cura. De pronto, en lo más intrincado del bosque, aparece un grupo numeroso de «damas alegres» con la indumentaria de Diana y sus ninfas.

El joven conde de F. S. y el primogénito de los marqueses de R., una mañana de invierno, al salir de una juerga, tuvieron a bien bañarse en el estanque helado del Retiro, de donde fueron sacados medio muertos.

El hijo del conde de P. R. y el del conde de F. S., en una noche de verano encuentran en el paseo de Recoletos a una joven aguadora, y con unas tijeras ejercen de peluqueros profanando una de las bellas poesías de Gauthier... Estos mismos jóvenes risueños encerraron en una leñera de una casa en la calle de Isabel la Católica a la portera, e hicieron apalear por el portero a un quidam.

Un sobrino del duque de V. se divierte tanto, que la familia resuelve enviarlo a Filipinas. Allá es sumamente atendido por el Arzobispo, que le ofrece desde luego su coche. El joven acepta y lo aprovecha para ir a ciertas casas. Las gentes que pasaban y veían allí situados el coche y los cocheros de su ilustrísima, se hacían cruces: «¡Qué casas visita el señor Arzobispo!»

Un personaje ya citado penetra en una casa de juego, y revólver en mano se adueña del dinero. Nadie le dice una palabra. Al día siguiente vuelve; pero hay listos dos sujetos «de buena voluntad» que le meten en un coche, le llevan al camino de Chamartín de la Rosa y le pegan tal paliza que queda casi sin vida.