El marquesito de R., temible por lo que llama el sabio Cajal el matonismo, arruinó a un tabernero de la plaza de Santa Cruz, con la célebre frase «apunte usted». El infeliz se dejó arruinar sin proferir una queja.

A veces la farsa es trágica. En una provincia, dos caballeros joviales encuentran a una desgraciada y «porque está melancólica» determinan echarla al río. Lo hacen, y la mujer se ahoga.

En un balcón de cierta casa de la calle de la Palma tuvo toda una noche vestidas de Eva a tres jóvenes del batallón de Citeres, el duquesito de S. F.

Un burgués rico, andaluz y muy chistoso, va con una dama en un carruaje; ordena al cochero que vuelque, y resulta la dama con las piernas rotas. Otra vez se complace en meter a un bufón popular en el vientre de un caballo muerto.

El hijo de un gran general entra en un café sable en mano cierta noche con una compañera de escasa indumentaria. Hace desalojar la sala y la convierte en alcoba de placer. Este mismo va a una funeraria y encarga un servicio para cierto difunto que estaba muy vivo en su casa.

El nieto de un célebre escritor, hijo del conde de C. A., y emparentado con la más alta nobleza, estando en el teatro de cierta ciudad, contestó el saludo de un amigo que estaba en la platea, tirando de su palco silla tras silla. El mismo rompió en Gijón todo el servicio de un café, sin la menor protesta del dueño. Después, en un teatro de otra ciudad, suspendió la función a garrotazos.

A veces las cosas resultan mal. Al hijo natural de un insigne hombre político le asesinaron en la calle de la Flor unos cuantos chulos.

En Almería un joven distinguido va a una casa de diversión. La dueña se opone a que entre, y él la deja muerta de un tiro.

Tres de los ya señalados ataron una noche a un sereno ante la estatua del teniente Ruiz—cara a Julio Ruiz.

Un buen día el marquesito R... necesita dinero, y saca y lleva a una casa de préstamos las más ricas ropas de la señora marquesa.