No he de dejar de citar un Monaguillo de Pinazo, hecho con la mayor franqueza de pincel, y una Cocina de Emilio Sala, de valor técnico, de color sabio, pero en donde la única figura no se sabe a punto fijo qué hace. El señor Saint-Aubin, de quien en otra ocasión he hablado, ha enviado dos trabajos en que, como otras veces, se distingue su talento de compositor; es también un enamorado del sol. Del célebre Sorolla hay también dos telas en que, como siempre, prueba su vasto dominio de la pintura y su indigente comprensión del arte.
Amador del arte es Raurich, que no tiene gran fama, y cuyo cuadro principal en la Exposición del año pasado, si tuvo pocos estimadores fué blanco, en cambio, de muchas saetas. El poema-paisaje de Raurich, en esta sala, se llama Otoño y produce el contemplarlo un deleite misterioso de poesía. ¡Es un estado de alma, un estado de corazón! Es una unión íntima del espíritu de la naturaleza, que tiende a manifestarse, con el espíritu del artista; y en esa soledad de agua y de árboles esa unión se traduce; y en la melancolía de las hojas secas y del ambiente, del paisaje todo, hay un encanto secreto, que en estrofas de suaves colores penetra en nosotros por la senda visual, a despertar en nuestro interior reminiscencias de lejanos ensueños.
Algo, muy poco, se expone de escultura, sin que nada de lo expuesto pueda llamar seriamente la contemplación. Todo, por lo común—como en la mayoría de los pintores—, es de asunto temal. Tiende a su colocación en la vidriera de bric-a-brac; la anécdota cocó o mediocremente sentimental; el busto de misia Todo-el-Mundo, o los inevitables animales. Aquí se hacen ver una madona de Trilles, que sale de lo usual, y un alto relieve de Susillo, del malogrado Susillo, que se encuentra al paso, aunque no está en el catálogo: La Oración en el Huerto. El pobre Susillo, que se suicidó no hace mucho tiempo, produjo algunas obras que dicen lo que pudo llegar a ser, a pesar de la sonora victoria de más de un picapedrero condecorado. Queda suyo poco, pero que conserva su recuerdo entre los artistas: La Primera contienda, en el Museo de Sevilla, el Aquelarre y algo más de indiscutible fuerza.
Al salir del Salón Amaré no he podido menos de consagrar un recuerdo al señor Artal, que tanto hace por el arte español en Buenos Aires; y al propio tiempo, a Carlos Malagarriga, que ha tenido el valiente patriotismo de decir la verdad a los artistas de su patria respecto al arte peninsular en la Argentina. No es superior, ni con mucho, la exposición Amaré, por ahora, a las exposiciones que el señor Artal ha llevado a cabo, a costa de sacrificios, es decir, perdiendo en casa de Witcomb. Es el caso, pues, que no se produce nada nuevo ni sobresaliente, porque el público que compra—que es escaso—no quiere otra cosa que lo que está acostumbrado a pagar. Lo que no se vende aquí va a Buenos Aires, en donde, más o menos, se empieza a gustar el buen arte, y hacen competencia los pintores franceses e italianos. Los pintores españoles que ciertamente valen—con las excepciones consiguientes—venden en Europa mismo, o en los Estados Unidos. Esos son los que buscan sendas no usadas de bello arte, y que, por lo general, no gustan en su país.