Se ve que los Benlliure hallan en el autor de las Fioretti temas e inspiraciones.
¡Que él les favorezca con la constancia y la revelación continua del maravilloso frate Sole!
Don Aureliano de Beruetes el autor del notable libro sobre Velázquez, que se publicó en francés con prólogo de Bonnat, y cuya edición española es probable que no se vea nunca, tiene en esta exposición una tela interesante, una impresión sentida y bien trasladada, en las orillas del Tajo. El señor Berruete es un paisajista de mérito y no es la menor de sus cualidades una sobriedad muy rara entre sus colegas.
Mariano Fortuny... ¿no os despierta este nombre el recuerdo de una fiesta de color, de una página de Gautier? El artista que hoy lleva ese nombre es el hijo del glorioso, del de la Vicaría. La gloria asimismo será para él. Y de mí diré que le consagro toda mi simpatía, pues sé que en él alienta un noble espíritu de arte, a quien Angelo Conti, en armoniosa amistad, dedicara uno de los más puros libros de belleza que se hayan publicado en este siglo, per la ricchezza del tuo ingegno e per la bontá del tuo volere. La educación artística de este autor es casi toda italiana, a punto de que respecto a él diga un crítico del valer de Vittorio Pica: Mariano Fortuny figlio, che io non mi so rassegnare a non considerare como un pitore italiano... En el Salón Amaré hay un estudio suyo, dedicado por cierto a su tío Raimundo de Madrazo. Es una figura de mujer, de factura delicada, cuyas cualidades de dibujo están realzadas por la vida interior, por el alma que se transparenta a través de las líneas y toques de color.
Es la distinción el mejor de los dones de este artista; la distinción, rara virtud, que hizo brillar en un bello retrato expuesto en el certamen veneciano, el cual retrato alababa el crítico que he citado por su técnica sabia, «por su elegancia exquisita y fascinadora, que hace pensar en las estampas inglesas coloreadas, del siglo pasado».
Un saludo respetuoso y admiración a la obra del maestro Carlos de Haes. En la última Exposición de Bellas Artes, o Salón de Madrid, hubo una sala dedicada al pobre y gran pintor belga español, que en sus últimos años fué preso de la locura. Haes, el maestro de una generación de pintores, quien enseñó la ciencia del paisaje y dió la clave del sentimiento de la naturaleza, intérprete de admirables marinas y de vivientes campañas, lejos de las rudas manifestaciones de las paletas apopléticas, de las atronadoras murgas coloristas; Haes, el buen Haes, que debía tener un busto a la entrada del Museo de Arte Moderno. Hay de él aquí una marina, noble y serena, que se destaca en su marco, soberanamente, entre toda la habilidad circunstante.
Noto una buena cabeza de estudio de Bannas y me detengo ante una escena del Quijote, de Jiménez Aranda. He de repetir lo que otra vez he expresado de este autor: sus traslaciones de las escenas cervantinas dan a entender que el dibujante es excelente, pero el comprensivo, el revelador pictórico del gran novelista no se muestra.
Otra cosa es Moreno Carbonero, con todo y no ser un triunfo de alta visión artística su cuadro enviado a la Exposición de París. En esa tela, ¡cuanto métier!
Mas en un cuadrito que aquí encuentro, La primera salida de Don Quijote, el espíritu de Cervantes le ha ayudado. Ese es el amanecer, la blanca aurora en las rosadas puertas del Oriente; y ese es Don Quijote, que parte a sus aventuras. La poesía del cuadro es de comunicación inmediata, y la técnica, con ser mucha, no impide el paso suave de la gracia invisible.
Don Raimundo de Madrazo—¿cuántos son los ilustres? ¡Saluez!—muestra una vendedora de flores, fresca, floral. Quisiera hablaros de otros cuadros, detenerme ante algo de Marinas, de Martínez Cubells, de Masriera; pero Muñoz Degrain me llama con dos telas concienzudas: Laguna de Venecia y Bahía y puerto de Pasajes. En ambas el pincel libre hace admirar su maestría de juego, quizá de un vero demasiado atrevido en la sinfonía veneciana, peligrosa ésta por la suma de obras maestras que han brotado al amor de la divina ciudad; en la otra tela, cálida y sentida en su conjunto, como detallada en bizarrías de colorido francamente magistrales, trae por algo a la memoria la bravura incomparable de Favretto, y el favor del numen en premio de la pasión de la luz.