CERTÁMENES Y EXPOSICIONES

7 de abril de 1900.

En estos días cuatro exposiciones: la del Salón Amaré, la de carteles de El Liberal, la del concurso del Blanco y Negro y la de fotografías de La Ilustración Española y Americana. Antes de que la Casa Amaré inaugurase su salón, la capital de España no contaba con un local en que se expusiesen, con fines comerciales, las obras de los buenos artistas. En uno que otro punto solía verse, en promiscuidad inaudita, la obra de firmas notables y la amontonada bazofia oleosa que riega en incontenido flujo un ejército de cocineros del caballete. Barcelona tenía su Salón Parés, en donde suele encontrarse bastante bueno. Madrid ofrece ya al comprador un centro aceptable; los señores Amaré han querido hacer algo como Le Barc Bouteville o Durand-Ruel, y por ello deben estarles agradecidos los artistas peninsulares. He visitado la casa.—Antes del salón en que se exhiben los cuadros, he visto la sección de muebles. No he encontrado nada de particular. Inglaterra, Alemania, Francia han tenido en estos últimos años un gran desarrollo en sus artes aplicadas a la industria. Holgaría aquí toda comparación con esos países.—Pero, aún Italia, cuenta con artistas que en la fabricación del mueble sostienen un carácter propio, exteriorizan una inventiva individual dentro de la tradición nacional: quiero nombrar, por ejemplo, a Bugatti y a Eugenio Quarti. En la Casa Amaré no hay una sola nota nueva a este respecto.—Todo es bonito; y es decir esto, que el público queda encantado. Todo bien elaborado; más inútil buscar nada de creación. Vi en los diarios que cierto inglés había comprado en una regular cantidad un juego de dormitorio, para llevarlo a Londres. Me mostraron el célebre juego—más o menos modern style!—Y pensé: el caso es muy inglés: ¡Este sí que importa naranjas al Paraguay!

La sala es pequeña, suficiente para el mercado; tiene muy buena luz y está elegantemente puesta. Háse inaugurado con excelentes firmas. Al entrar, halaga la vista un cuadrito de Cecilio Plá, La araña: una mujer, por cierto encantadora de coquetería, sentada, y en actitud de atraer la mosca masculina; la figura es preciosa y de mucha gracia de factura; podría achacársele el ser muy «efecto de salón», muy «cubierta de Figaro illustré»; ¿pero qué le puede importar eso al señor Plá, cuya principal admiradora es en la Corte la infanta doña Isabel?...

El señor Alcalá Galiano, creo que pariente de don Juan Valera, e ilustrador de una reciente edición de Juanita la larga, expone una pequeña tela, castigo de las pupilas, de una violencia de tintes que no superarían todos los cromos del poeta andaluz Salvador Rueda. Son unos gitanos en viaje, bajo el más fuerte de los soles; quizá sea el cuadro espejo de la realidad; mas suponiendo que los gitanos se vistiesen con el alma de las cochinillas, el jugo de las esmeraldas y el espíritu esencial de los ocres, no llegarían jamás, me parece, a la realización de esta escena bañada de una luz indecorosa y embijada de colores insultantes.

Cuatro Benlliures exponen: don Blas, don José, don Juan Antonio y don Mariano. Me parecen todos de condiciones plausibles, pero me detengo en un cuadro de don Blas. Reproduce un interior de iglesia, el de la Basílica de San Francisco de Asís. El pintor ha logrado, ante todo, imponer la serenidad mística del recinto; ha tratado los planos de admirable manera, y ha obtenido la sensación del ambiente. Se revela al propio tiempo que entendido detallista, hábil imaginador de sus tubos, en su justo y discreto colorido, y esto es ya bastante en un medio artístico en que el virtuosismo impera en toda su potencia. Digno de nota es también el trabajo de don José, Pobres de San Francisco. Este mismo artista se distinguió en la última exposición de Bellas Artes de Venecia, con su cuadro San Francesco al convento di S. Chiara.