LA MUJER ESPAÑOLA
Marzo de 1900.
Hace pocos días, el último de Carnaval, hubo en el palacio de una distinguida señora, casada con un millonario y diplomático mejicano, una improvisada y elegantísima reunión de máscaras, que largamente han cantado los habituales cronistas de salón, y entre todos, y sobre todos, mi incansable y ameno amigo el marqués de Valdeiglesias. La particularidad de la fiesta fué que a ella concurrieron aristocráticas y bellas damas de esta corte, con el pintoresco mantón de Manila y otros adornos no menos nacionales. Y el entusiasmo fué inmenso; y hasta hubo quien dijese: ¡ole! con la disculpa de los días de locura. Ese entusiasmo fué natural. ¡Es tan difícil en la aristocracia de España encontrar una belleza puramente española! Como en todas las altas clases de la tierra, el britanismo por un lado y el parisienismo por otro han hecho su invasión. No deja de ser lamentable. Una maja de Goya vestida por Chaplin es algo encantador y desconcertante; pero me habrán de confesar que una maja de Goya vestida por Goya es mucho mejor. No es que yo pretenda que estas duquesas de ahora vuelvan al osado peinetón, a mantilla perpetua y a los paseos por las arboledas de San Antonio de la Florida, sino que está a la vista de los amantes de la viva estatuaria humana la desaparición de uno de los más bellos tipos que hayan halagado al arte: el tipo español, cuya línea propia se ha bastardeado y confundido entre curvas francesas y restas anglo-sajonas. La moda, ¡he ahí el enemigo! En esto estoy apoyado por un talento que sobre ser certeramente estético, es una mujer: la señora Pardo-Bazán. Doña Emilia considera como enemigos de la clásica gracia española los vestidos pesados y de corte masculino del país de las misses; los impermeables y abrigos largos, ciertos calzados, y sobre todo, los formidables sombreros de París. La naturaleza procede y enseña lógicamente; ha ordenado los seres y las cosas de la tierra según las latitudes; y sabe por qué los escandinavos son rubios y los abisinios negros; por qué las inglesas tienen cuellos de cisne y las mujeres flamencas preponderantes asideros. A las españolas las dió diversos modelos, según las distintas regiones peninsulares, pero el tipo verdadero, el tipo generalizado por la poesía y por el arte, es el de la morena de maravillosos y grandes ojos oscuros, un tanto potelée, ondulada, y casqueada de ricos cabellos negros; ni alta ni baja; todo esto animado por un producto marino y venusino, que en este sentido no tiene nombre correspondiente en ninguna otra lengua: sal. Ya en sus tiempos, Gautier afirmaba que para ver la verdadera danza española había que ir a París; hoy en pintura, los que hacen admirar al mundo la gracia femenina de España, son extranjeros, como Sargent y Engelhart, ¿nos conformaremos dentro de poco con buscar en viejas telas y grabados la que fué tan original y graciosa belleza hispánica? La moda ha comenzado a hacer su daño en la educación. Para toda joven de buena familia que se vaya a educar al extranjero, se importa la indispensable institutriz, casi siempre inglesa o tudesca, a veces francesa. La gouvernante empieza su obra de moldeo y la flexibilidad nativa entra en la jaula angular de una disciplina por lo general very english. Los trajes, de corte igualmente angular, contribuyen a la reformación del original encanto curvilíneo. Una vez la niña crecida, sus gustos y sus costumbres tenderán a lo extranjero. Hubo una elegancia española: apenas si se recuerda en algún baile de trajes. Porque la moda lo requiere, los opulentos cabellos negros se tiñen de rubio o de rojo; el airosísimo andar de antaño se transforma, los gestos y maneras se aprenden. Se fué primero chic, después vlan, después pschut, después smarl, después swell. No se leen buenos libros castellanos; ¿pero qué señora no se ruborizaría de no conocer a Ohnet en el original? Se viaja, se veranea, se adora a Worth, a Laferrière, a Doucet. Visten con gran lujo; pero rara vez se llegan a confundir con una parisiense; desdeñando la riqueza propia, no consiguen el tesoro ajeno. Y son encantadoras. Hace algunos años un embajador oriental, al presenciar un desfile de altas damas en Palacio, expresó una frase descontentadiza y poco galante para la nobleza femenina que acompañaba a la Reina. Hoy, en igual caso, proclamaría la hermosura y la gentileza de beldades como doña Sol Stuard, hija de la duquesa de Alba y otras cuyos nombres constelan la crónica social. Hay diversos tipos que se imponen; pues en la Corte se hallan representadas las distintas provincias. Desde luego, la mujer suavemente morena, de un moreno pálido, cara ovalada, cuello columbino, boca sensual y mirada concentradamente ardiente, cuerpo en que se ritman felinas ondulaciones; y la rosada y firme de plasticidades, de cabellos dorados, un tanto gruesa; y la belleza decadente y tradicional, de los retratos en cuyas manos puso Pantoja tan preciadas gemas; rostros con algo de las figuras de los primitivos; de un óvalo marcado, como se ve en la pequeña infanta María Teresa, de Velázquez; y dotadas de un aire que si indica la floración de razas crepusculares, impone su orgullo gentilicio y su antigüedad heráldica. En el pueblo se encuentra conservado mucho del antiguo donaire. La chula ostenta su ritmo natural, sus impagables gestos; y va a los toros y a las fiestas con legítimas prendas que alegran los ojos y marcan el color local tan deseado por los viajeros que buscan arte y novedad. En la Ópera, la sala es igual a todas las salas de capitales modernas; el patrón cosmopolita impuesto por la elegancia francesa vence e iguala. Apenas los rostros, la llama de los ojos, un movimiento atávico, denuncian la sangre maternal, la originalidad patria.
El alemán Hans Parlow recientemente y todos los turistas y observadores que visitan a España, notan que en estos últimos tiempos la sociedad española, el alto mundo madrileño, se divierte poco. No se vaya a creer que las damas vivan en una existencia lúgubre—algo como en las páginas de madame Anloroy—dadas a la soledad y al aislamiento, en contacto tan solamente con frailes y monjas, y en plegarias y rezos, bajo una atmósfera de tiempos de Felipe II. Ciertamente, las grandes familias actuales dan pocas recepciones, raras fiestas; no hay en la Corte un ambiente como el de comienzos de siglo o bajo Isabel II; y la mayor parte de los bailes, banquetes y reuniones, son ofrecidos por el Cuerpo diplomático. Por cierto que se distingue el ministro argentino doctor Quesada en reunir de cuando en cuando en la Legación los más bellos palmitos titulados. Mas la mujer española gusta de divertirse; va a París, va a Londres, o a Italia, y en la temporada del veraneo, convierte en ciudades de alegría y de hechizo San Sebastián y Biarritz. La Corte es un tanto triste porque sobre ella se extiende la sombra de la Reina. Ese viejo palacio, enorme, sombrío y fastuoso que asustó al fino pájaro de Francia que se llama Réjane, es en verdad una vasta basílica de tristeza, que necesita, para no contagiar con su embrujamiento, reinas risueñas como doña Isabel, y reyes barbianes como Alfonso. La Regente, que guarda aún la gravedad conventual de sus funciones religiosas de soltera, cuya vida de casada no fué muy agradable en lo íntimo del hogar, y cuya vida ha sido cercada de tantos cuidados, penalidades y desventuras, no tiene ciertamente motivos para estar vestida de color de rosa. La única que pone una nota jubilosa en la mansión real es la infanta Isabel, la infanta popular, amiga de los artistas, un poco virago, aficionada a cazar, a cabalgar, valiente sportman, generosa, caritativa, melómana, muy madrileña, y cuyo sans gene le atrae por todas partes, y sobre todo en el pueblo, innegables simpatías. La infanta en sus departamentos de Palacio tiene un teatro en que hace trabajar a los actores que son de su preferencia y amistad: y allí mismo representan comedias, aficionados pertenecientes a la aristocracia. A esas representaciones no asisten más que la Familia Real y la servidumbre de Palacio. En algunas casas suelen señoritas y caballeros hacer piececitas francesas, con toda corrección y propiedad. Algo lejanos están los tiempos en que damas de lo más encumbrado representaban en el palacio de la de Montijo La bella Helena de Blasco.
No existen salones literarios, en el sentido francés del vocablo. Doña Emilia Pardo-Bazán suele invitar a algunas tertulias en que priva el elemento intelectual; y don Juan Valera ha tenido sus sábados en que, fuera de las señoras de su familia y las hijas del duque de Rivas, no han asistido más que hombres. La duquesa de Denia de cuando en cuando invita a su mesa a señalado número de artistas y hombres de letras; lo propio hace el barón del Castillo de Chirel. Pero el barómetro de intelectualidad está marcando sus grados reveladores; el poeta preferido de la aristocracia es Grilo. Hay damas inteligentes y cultas que, como he dicho, viajan y se instruyen; pero son perlas negras o rosas azules las que sobresalen. La duquesa de Alba se interesa en trabajos de erudición e historia y pone a la disposición de los estudiosos el inagotable archivo de su casa; la duquesa de mandas es muy entendida en ciencias; las duquesas de Medinaceli y de Benavente son aficionadas a las letras; la condesa de Pino Hermoso y la marquesa de la Laguna imponen su espiritualidad en los salones. La hija de esta última, Gloria, tiene fama de agregar a la herencia de la gracia materna nuevas pimientas y sales.
La clase media, acomodada o no, sigue los rumbos de la clase alta. Basta la más ligera observación para comprender que se ha adelantado mucho en instrucción primaria, desde la época no muy distante en que una señorita apenas sabía leer y escribir. Me refiero, es claro, a lo común, pues antes y después de don Oliva Sabuco de Nantes y de Santa Teresa, ha habido notadas españolas que hayan competido con los varones en disciplinas mentales. Las preciosas no dejaron a su tiempo de aparecer en las cultilatiniparlas. Quevedo aquí hizo su caricatura como en Francia Molière su charge. En este siglo las literatas y poetisas han sido un ejército, a punto de que cierto autor ha publicado un tomo con el catálogo de ellas—¡y no las nombra a todas!—Entre todo el inútil y espeso follaje, los grandes árboles se levantan: la Coronado, la Pardo-Bazán, Concepción Arenal. Estas dos últimas, particularmente, cerebros viriles, honran a su patria. En cuanto a la mayoría innumerable de Corinas cursis y Safos de hojaldre, entran a formar parte de la abominable sisterhood internacional a que tanto ha contribuído la Gran Bretaña con sus miles de authoresses. Para ir hacia el palacio de la mantenida Eva futura, las falta a éstas cambiar el pegaso por la bicicleta.
El señor Sanz y Escartín, catalán, en una notable obra que ha agregado Alcán en París a su biblioteca filosófica, dice que antes que las leyes son los sentimientos y las ideas, los que están llamados a reformar las costumbres actuales españolas, que tantos males han causado; y que lo primero es educar a la mujer. Esto me hace pensar en idéntica idea que la de madame Necker de Saussure, y su comparación de la voz femenina en los coros cantantes. No admite discusión la eficacia del procedimiento, y venimos a parar que en este punto hay algo de aquello «en que consiste la superioridad de los anglo-sajones». No se trata de implantar en España el cultivo del «tercer sexo»; ni el espíritu nativo, ni la tradición lo permitirían; pero sí de abrir a la mujer fuentes de trabajo, que la libertasen de la miseria y de los padecimientos actuales. Puede asegurarse que en raros países del mundo se presenta el espantoso dato estadístico siguiente: en España, 6.700.000 mujeres carecen de toda ocupación, y 51.000 se dedican a la mendicidad. Fuera de las fábricas de tabacos, costuras y modas y el servicio doméstico, en que tan míseros sueldos se ganan, la mujer española no halla otro refugio. El señor Alba, en un notabilísimo estudio que muchas veces he citado, asegura que conoce algunos casos en que grandes industriales y almacenistas de tejidos o de novedades, no han vacilado en dar a sus hijas un puesto en el negociado de correspondencia, en el de contabilidad y en la alta dirección de la sección de confecciones para señoras y niños. Estas empleadas, dice, tienen un sueldo asignado en la casa, con arreglo al cual visten, gastan en diversiones y caprichos y hasta abonan al fondo de familia una cantidad por su manutención. Acostumbradas así a vivir por cuenta propia, no se parecen en nada al resto de nuestras pobres mujeres, siempre dependientes de la tacañería o la prodigalidad ajenas. Sobre todo, en la vida íntima de las familias a que aludo, no existen las preocupaciones que crea el temor al porvenir y, por ello, el afán de un necesario casamiento de las hembras. Es este un buen ejemplo que ojalá se propagase en la burguesía de este país, aunque ello choque un poco con las costumbres arraigadas y sea bastante yanqui. Eso quitaría la obsesión del novio rico en unas y en otras la de «un príncipe italiano por lo menos», de que habla Campoamor. La ociosidad y la miseria, en la clase media y en la baja, son un admirable combustible para la prostitución. En París ya en 1847 había tres mil profesores de música, mujeres, profesoras de idiomas y aun de historia. La Soborna había establecido un curso femenino, con grados y diplomas. Hoy, ¿hasta dónde no se ha llegado? En cuanto a los Estados Unidos, desde 1870 a la fecha, las arquitectas han subido de 1 a 53; las pintoras y escultoras de 412 a 15.340; las escritoras, de 159 a 3.174; las dentistas, de 24 a 417; las ingenieras, de 0 a 201; las periodistas, de 35 a 1.536; las músicas, de 5.753 a 47.300; las empleadas públicas, de 414 a 6.712; las médicas y cirujanas, de 527 a 6.882; las contables, de 0 a 43.071; las copistas—a mano y máquina—y secretarias, de 8.016 a 92.834; las taquígrafas y tipógrafas, de 7 a 58.633. Y esto sin contar las actrices, que de 692 han llegado a 2.862; las clergy-ladies, de 67 a 1.522, y las directoras de teatro, de 100 a 943. Aquí, con la escasez de trabajo y con las preocupaciones existentes, ¿qué hace una joven que no tiene fortuna? Además de los trabajos que he señalado, no la queda otro recurso que los coros del teatro, que ya se sabe para dónde van; los puestos de horchateras y camareras de café, limitados y peligrosos para la galería, pues para ejercerlos hay que ser guapa; y el baile nacional, para el país, o para la exportación. Y las Oteros son escasísimas. De aquí que un francés, en viendo a una española, sólo piense en el petit air de guitare, ollé. ¡Las que quieren ser honradas y trabajar, encuentran costura, por ejemplo, se destrozan los pulmones, y por todo el día de labor sacan una pobre peseta! Hay quienes lo soportan todo y, o se echan un novio también pobre, y se van a vivir una vida de privaciones, o mueren sacrificando vida y belleza. En la galantería tampoco pueden encontrar un paraíso... La vida galante es aquí poco productiva, para las tristes máquinas del amor. La cocotte no se encuentra aquí como en París o Londres. La mayoría de infelices caídas va a parar a horribles establecimientos. Como la gracia y la belleza abundan en el pueblo, es esta una de las capitales en que el amor fácil tiene mayor número de lamentables víctimas. Aun cruzan por las callejas tortuosas las viejas dueñas. Y la mujer española, entre las mil y tres, es la preferida de don Juan.