La Sociedad Unión Ibero-Americana trabaja en estos momentos porque se celebre un Congreso, que denomina social y económico, y al cual concurrirían las Repúblicas americanas y España con objeto de estrechar y aumentar las relaciones sociales comerciales. Con Congreso, o sin Congreso, ya era tiempo de ocuparse en este asunto. La situación en que se encuentra la antigua Metrópoli con las que fueron en un tiempo sus colonias no puede ser más precaria. La caída fué colosal. Las causas están en la conciencia de todos. La expansión colonial de otras naciones contrasta, al fin de la centuria, con las absolutas pérdidas de la que fué señora de muchas colonias. Después del desastre, recogida en su propio hogar, piensa con cordura en la manera de volver a recuperar algo de lo perdido, ya que no en imposibles reconquistas territoriales, lo que pueda en el terreno de las simpatías nacionales y de los mercados para su producción. Reconocido está ya, que la culpa de la decadencia española en América no ha sido, como en el verso, obra «del tiempo». Ha sido culpa de España. En cuanto a los males interiores, cierto es que no pocos se los causó el descubrimiento del nuevo mundo. Esos 50 millones de habitantes; 24 millones de kilómetros cuadrados; 48 Españas en extensión, «donde se derramó nuestra sangre, se malgastó nuestra vida, y sólo suenan como un recuerdo los acentos de nuestra lengua», que dice el escritor andaluz señor Ledesma, les fueron perjudiciales al reino conquistador. No porque sin la obra de Colón hubiese completado el gran Cardenal su empresa africana, sino porque aquel Klondike continental sería el cebo de aventureros ambiciosos, y envenenaría de oro fácil las fuentes industriales de la Península. El hidalgo, conquerant de l'or no tendrá sino que procurarse «peluca y espada, desdeñando oficios y comercio», como escribe en uno de sus libros Juan Agustín García, al citar a Gervasoni y una Cédula real: «De las Indias he sido avisado que muchas personas que de acá pasan, puesto que en ésta solían trabajar e vivían e se mantenían con su trabajo, después que allá tienen algo, no quieren trabajar, sino folgar el tiempo que tienen, de manera que hay muchos: de cuya causa yo envío a mandar que el Gobernador apremie a los de esta calidad para que trabajen en sus faciendas». Eso hacía España una vez realizada la conquista del oro, folgar el tiempo que tenía. Primero fué el tiempo del aumento del poderío, la sujeción del sol en sus dominios; más ya con Felipe II empieza la carcoma y el decaimiento. Esto a pesar de la riqueza natural, tan copiosamente señalada por entusiastas como Mariana o Miñano. Wiss se embelesa en repetir la enumeración de tantos elementos de riqueza, en varios climas y en tierras fecundísimas. Al par que los distintos productos ofrecen un copioso acervo para la exportación, ésta está favorecida por la extensión de las costas y la buena condición de los puertos mediterráneos y atlánticos. Todo esto era aprovechado en el siglo XVI. El movimiento fabril y el desarrollo comercial acrecían la riqueza. Los tejidos se fabricaban en numerosos establecimientos.

Solamente en Segovia, cuyos paños se tenían por los más bellos de Europa, trabajaban 34.000 obreros. Según de Jonnes, en 1519 se contaban en Sevilla 6.000 telares de seda, y habría 130.000 obreros en la fabricación de sedería y tejidos de lana. Hay que leer a este respecto el estudio que sobre las industrias antiguas sevillanas ha publicado el erudito señor Gestoso y Pérez—que tiene inédito un «Ensayo de un Diccionario de artistas industriales que florecieron en Sevilla desde el siglo XIII hasta el siglo XVIII, inclusive»—, para darse cuenta del progreso alcanzado en aquella época y en aquella provincia, en lo referente a la producción industrial. Las marinas mercantes de Inglaterra y Francia eran inferiores a la española. El inflado Moncada puede escribir del puerto sevillano: «es la capital de todos los comerciantes del mundo. Poco ha que la Andalucía estaba situada en las extremidades de la tierra, pero con el descubrimiento de las Indias ha llegado a estar en el centro». La riqueza estaba en fruto; diríase que España era la nación de las naciones; solamente el ojo visionario de Campanella advertía peligros en lo oscuro del porvenir; y notaba que como hoy a Inglaterra, tenían ojeriza todos los pueblos del mundo al pueblo fuerte y rico que dominaba. Ciertamente habían de cumplirse los temores del autor de la Monarquía Hispánica y con los sucesores de Felipe II vendría el descenso a nación de segundo orden, la pérdida en los distintos dominios, la decadencia militar y la mengua en el comercio. La escasez de barcos se acentuó tanto, que ya bajo Carlos el Hechizado se hacían servicios oficiales a Cuba y a las Canarias, por medio de buques genoveses. Los productos escaseaban, pues los cultivos fueron dejados, y los campos, un tiempo florecientes, estaban despoblados de trabajadores, a punto de que no solamente en ambas Castillas, sino también en la productiva región andaluza, el abandono era absoluto. Disminuyó a una cantidad mínima la exportación de la lana, en lugares como Cuenca. Los telares y sederías quedaban reducidos a señalado número. El movimiento comercial, con la renta de los productos del país, vino muy a menos; la exportación a las colonias de América fué nula, y España tuvo que empezar a proveerse en otros países manufactureros. De más está decir que otras naciones aprovecharon el caso para colocar sus mercaderías en las tierras americanas.

Con la funesta expulsión de los moros padecieron grandemente la agricultura y la industria. Aquellas gentes laboriosas por religión y por necesidad habían aumentado inmensamente la riqueza de la península no solamente con sus labores fabriles, sino con el cultivo de los campos, como esa maravillosa huerta de Valencia que les fué pingüe y que tanto hermosearon y aprovecharon. Una vez realizada la expulsión, claro es que el movimiento comercial e industrial, sostenido por ellos, mermó y luego concluyó. Ya en el reinado de Felipe III, a la decadencia en los trabajos del campo se juntó una baja de población notabilísima. En Cataluña misma estaban deshabitadas «las tres cuartas partes de los pueblos». En plenas Cortes, y bajo Felipe IV, se clamó contra la amenaza de una ruina segura. «Pues era llana y evidente, dice Céspedes y Meneses, que si este estado se aumentase, al paso mismo que hasta allí, habría de faltar a los lugares habitantes y vecinos, los labradores a los campos y los pilotos a la mar... y desdeñando el casamiento, duraría el mundo un siglo sólo». Weiss demuestra la decadencia de la agricultura, entre otros motivos, por la disminución progresiva de la población española desde el reinado de Felipe II hasta el advenimiento de los Borbones—Miguel calcula, apoyado en Ustariz, en cinco millones setecientas mil almas la población de España bajo Carlos I—; la amortización eclesiástica—«los capitales quitados a la agricultura y a la industria para sepultarse para siempre en los conventos»—; los mayorazgos en las familias nobles y las devastaciones anuales de las campiñas por los ganados trashumantes. Muchos daños se debieron al «honrado Concejo de la mesta».

El oro americano, como antes he apuntado, fué ponzoñoso para el movimiento industrial peninsular. La baja de los metales fué de cuatro quintas partes en un siglo; y el aumento de la mano de obra causó el alza de valor en la producción fabril.

Se desdeñaron los productos naturales de las tierras americanas, dejando que se aprovecharan de ellos mercaderes de Inglaterra y Holanda, y fijos tan sólo en el codiciado producto de las minas. «A poco, dice Weiss, dejaron las fábricas de la Metrópoli de abastecer las necesidades de las colonias, porque eran pocos los obreros y escaseaban las primeras materias». «Las colonias, agrega, suministraban bastante oro para permitir a los fabricantes continuar sus trabajos, aunque lo caro de los jornales les impidiese introducir sus productos en Francia, Italia y otros puntos de Europa. Para esto hubiera sido necesario que procurase España satisfacer las demandas de las colonias e hiciese imposible el comercio de contrabando, pero ¡quién había de creerlo! los españoles tuvieron por una calamidad el trueque de los productos de la industria nacional por el oro del nuevo mundo, y le atribuyeron la repentina alza de todos los artículos de primera necesidad. Hubieran querido que América les remitiese sus metales preciosos sin llevarles en cambio los objetos fabricados en su país». El comercio con América desde aquellos tiempos fué tratado con singular error; en los comienzos hubo libertad de tráfico entre España y sus dependencias. Carlos V puso algunas trabas y Felipe II ordenó un porcentaje de salida, el 5, otro de llegada, el 10, a las mercancías para las Indias. El aumento del llamado almojarifazgo fué un golpe más. En América aumentaba el contrabando de otras naciones, y se dió el caso que cita Humboldt, de que los mineros de América comprasen de tres a cuatro mil quintales de pólvora anualmente, en los almacenes del reino, en tanto que la sola mina Valenciana consumía de diez y nueve mil quinientos a diez y nueve mil seiscientos. En tiempo de Felipe III, hasta 1612, bajaron tanto las rentas, que el quinto de las minas de Potosí, Perú y Nueva España, con otras entradas de América—dos millones doscientos setenta y dos mil ducados, fuera de gastos—, estuvieron empeñadas a los genoveses. Bajo el reinado de Isabel se hizo algo por la agricultura y la industria en las colonias americanas; pero luego los españoles que iban a establecerse no se cuidaban sino de engordar la hucha. Por lo que toca al Río de la Plata, basta leer las obras de J. A. García, hijo, para darse cuenta de la obra de los virreyes, y de los hidalgos inmigrantes. Anualmente iban dos escuadras, a Méjico y al Perú, con objetos de comercio. Esos eran los galeones que volvían cargados de oro. Ulloa narra pintorescamente la manera de comerciar entre los mercaderes americanos y españoles. Los pobres indios eran inicuamente engañados y explotados por la misma codicia de los corregidores. El comercio disminuyó; y a mediados del siglo XVII ya España no podía abastecer sus colonias. Los extranjeros, en cambio, aumentaban su venta; de Portugal salían «doscientos buques de trescientas a cuatrocientas toneladas con ricos cargamentos de telas, sedas, paños, tejidos de lana, de oro y de plata, artículos que compraban los portugueses a los flamencos franceses, ingleses y alemanes. Los embarcaban en Lisboa, Oporto, Mondigo, Viana, y en los puertecillos de Lagos, Villanova, Faro y Tavira, situados en el reino de los Algarbes. Llegados al Brasil, sus navíos subían al Río de la Plata, cuando cesaba de ser navegable, se desembarcaban las mercancías y se las conducía por tierra, atravesando el Paraguay y el reino de Tucumán, a Potosí y a Lima, de donde era fácil enviarlas a las principales ciudades del Perú. Los comerciantes españoles establecidos en aquellos puntos tenían sus corresponsales en el Brasil, lo mismo que en Sevilla y Cádiz, y como los derechos cobrados en Portugal de los géneros destinados al Brasil eran más bajos que los que se percibían en aquellas dos ciudades, los portugueses podían darlos más baratos que los españoles». Puede verse a este respecto la Relación dirigida a Felipe III por Alonso de Cianca. Los empleados de la Corona ya se sabe qué clase de obra realizaban, y qué clase de gente eran en su mayor parte.

El consejo de Indias enviaba no varones de mérito, sino hábiles sacadores de dinero. Fuera de los virreyes de Méjico y el Perú, grandes de España favorecidos, los demás eran duchos expoliadores. Los capitanes generales y demás enviados a Cuba, al engorde proverbial, tenían sus antecesores entre los paniaguados de Indias. Comercio descuidado con la Metrópoli, aumento por lo tanto del contrabando extranjero. Los holandeses, ingleses y franceses introducían largamente sus mercaderías. Hamburgo no se quedaba atrás; y la China misma vendía manufacturas en puertos como Guayaquil y Acapulco. El mal estado comercial entre la Península y sus colonias continuó hasta el advenimiento de los Borbones. Algo hizo por mejorar las relaciones Felipe V. Carlos III transformó en 1764 el sistema comercial que se había empleado desde la conquista. De La Coruña salían fijamente una vez al mes para las Antillas y dos veces al mes para el Río de la Plata barcos que establecieron de modo regular el intercambio. La independencia vino. Y desde la paz hasta la época actual el comercio español en América ha pasado por diversas fluctuaciones, llegando por fin al más lamentable descenso. Las Cámaras de Comercio poco han hecho, y la diplomacia ha sido nula en sus gestiones. También es cierto que la antigua Metrópoli no se ha acordado de que existíamos unos cuantos millones de hombres de lengua castellana en ese continente, hasta que las necesidades traídas por la pérdida de sus últimas posesiones americanas se lo han hecho percatar. El Congreso proyectado hará algo, como no se vaya todo en discursos. En lo social, se podrán crear nuevos y más estrechos vínculos, sobre toda ahora que la producción intelectual americana empieza, primeriza y todo, a imponerse. Pero hacen falta españoles de buena voluntad que digan a su patria la verdad, y que no la vayan a desacreditar en nuestras repúblicas. Una docena de españoles como Carlos Malagarriga, en cada una de las repúblicas americanas, harían más que los guitarristas de la prensa y bailaores de la tribuna que van a América a hacer daño a su propia tierra. Sobran en España talentos y entre nosotros buenas voluntades que pueden realizar una unión proficua y mutuamente ventajosa. La influencia española, perdida ya en lo literario, en lo social, en lo artístico, puede hacer algo en lo comercial, y esto será a mi ver el alma del futuro congreso.

«Es un hecho patente—dice un documento oficial—, traducido además en cifras, que, a la infausta hora en que hubimos de abandonar nuestra soberanía en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, representaba nuestro comercio de exportación a esas posesiones, en los últimos tiempos en que pudo verificarse, de un modo regular, la considerable suma de 241 millones de pesetas, o lo que es igual, el 25 por 100, aproximadamente, de la total exportación de la Península». Y otro: «En el primer quinquenio de 1880 a 1884, exportábamos un total de 62 millones a todos los mercados americanos; en cambio, en 1896 nuestra exportación quedaba reducida a 46 millones... Por ejemplo: En la República Argentina, donde en aquel período nuestra cifra de exportación ascendía a 17 millones, ha bajado a 10. En la República del Uruguay, de 11 millones ha descendido a 6». Es decir, de 62.564.000 pesetas, del año de 1890 al 1898, se ha reducido a unos cuarenta millones y pico. En la Junta del Comercio de Exportación, del ministerio de Estado, demostró la gravedad de tal situación el señor Rodríguez Sampedro, «España, decía, señora al principio del presente siglo de todos aquellos territorios poblados por su raza, con comunidad de idioma, de hábitos y de costumbres, ha perdido casi por entero sus mercados, de tal modo, que hoy se anteponen comúnmente a ella Inglaterra, Alemania, Francia, Austria, Italia y Bélgica, figurando nuestro comercio, al principio del postrer quinquenio, tanto en la importación como en la exportación, el último de todos, y cifrando para la República Argentina el 2,20 por 100 de su comercio, al de exportación; para Méjico el 8 por 100 en la primera y el 11,60 en la segunda; para el Perú, 2,50 por 100 y 0,60, respectivamente; y todavía, con parecer esta situación imposible de empeorar, sigue decreciendo manifiestamente, pues al concluir el quinquenio de 1897, los resultados son 1,40 por 100 para la importación, y 3 por 100 para la exportación respecto a la Argentina, 2 por 100 para la primera y 10,30 para la segunda en Méjico; 0,08 y 0,90, respectivamente, en cuanto al Brasil; y 0,10 y 0,50 en el comercio con el Perú, pudiendo decirse que en muchas partes de los citados países su comercio con España ha desaparecido, mientras el de Inglaterra, promediando los datos de su importación y de su exportación, es más del 33 por 100 del total; de un 20 por 100 el de Alemania; de un 23 el de Francia y así sucesivamente». El Congreso, pues, vendrá si se realiza, a tratar de ver cómo se mejoran las transacciones comerciales entre España y las repúblicas americanas; pero no tendrán poco que modificar en las leyes actuales los legisladores, que quieren que el arreglo se lleve a buen término. ¿Ha sido acaso poco lo que ha trabajado el ministro argentino señor Quesada para la simple cuestión del tasajo y carnes conservadas? El Gobierno español parece que apoyará la labor del Congreso y se harán invitaciones oficiales a los Gobiernos hispanoamericanos. Si los Gobiernos aceptan, es posible que una vez más se cometa el error de elección cuando se trate de los representantes. Al saberse la noticia del Congreso, en cada una de las pequeñas repúblicas de América-Villabravas, que dice Eduardo Pardo, habrá un grupo de compadres intrigantes que quieran venir a ver bailar el fandango, y a conocer a la Reina; y en cuyos labios pugna por salir la gran palabra «Señores»...