Mortis initium amor.

Initium vitae libertas.

Jacinto Benavente es aquel que sonríe. Dicen que es mefistofélico, y bien pudieran ocultarse entre sus finas botas de mundano, dos patas de chivo. Es el que sonríe: ¡temible! Se teme su crítica florentina más que los pesados mandobles de los magulladores diplomados; fino y cruel, ha llegado a ser en poco tiempo príncipe de su península artística, indudablemente exótica en la literatura del garbanzo. Se ha dedicado especialmente al teatro, y ha impuesto su lección objetiva de belleza a la generalidad desconcertada. Algunas de sus obras, al ser representadas han dejado suponer la existencia de una clave; y tales o cuales personajes se han creído reconocer en tales o cuales tipos de la Corte. Como ello no es un misterio para nadie, diré que en El marido de la Téllez, por ejemplo, el público quiso descubrir la vida interior y artística de cierta eminente actriz casada con un grande de España y actor muy notable; y en La comida de las fieras, entre otras figuras se destacó la de una centroamericana, millonaria, casada con un noble sin fortuna y hoy marquesa por obra de Cánovas del Castillo. Benavente niega que haya tomado sus tipos del natural; pero el parecido es tan perfecto que toda protesta se deshace en una sonrisa. La comida de las fieras fué basada, seguramente, en el caso penoso de la venta en subasta de las riquezas seculares que contenía la Casa de los Osunas. Los personajes son de una humanidad palpitante; y he de citar estas frases de Hipólito, al finalizar la comedia: «Porque en lucha he vivido siempre; porque viví desde muy joven en otras tierras donde la lucha es ruda y franca. ¿Por qué vinimos a Europa? En América el hombre significa algo; es una fuerza, una garantía... se lucha, sí, pero con primitiva fiereza, cae uno y puede volver a levantarse; pero en esta sociedad vieja, la posición es todo y el hombre nada... vencido una vez, es inútil volver a luchar. Aquí la riqueza es un fin, no un medio para realizar grandes empresas. La riqueza es el ocio; allí es la actividad. Por eso allí el dinero da triunfos y aquí desastres... Pueblos de historia, de tradición; tierras viejas, donde sólo cabe, como en las ciudades sepultadas de la antigüedad, la excavación, no las plantaciones de nueva vegetación y savia vigorosa».

En Figulinas y Cartas de mujeres no puede dejarse de entrever la influencia de ciertos franceses: un poco aquí Gyp, otro poco allí Lavedan y Prevost; la parisina aplicada al alto mundo madrileño que Benavente ha bien estudiado. Benavente es caballero de fortuna, y mientras leo un sutil arranque suyo en Vida literaria y se ensaya en la Comedia un arreglo suyo del Twelfth night, tropiezo con lo siguiente en la cuarta plana de un diario:

«Se venden los pastos de rastrojera y barbechera, del término de Jetafe, divididos en lotes o cuarteles, cuya venta tendrá lugar en pública subasta, ante la Comisión del gremio de labradores, en la Casa Consistorial, donde está de manifiesto el pliego de condiciones, el día 19 del actual, a las diez de su mañana.—Jetafe 9 de marzo de 1899.—Por la Comisión, Jacinto Benavente

De mí diré que con toda voluntad juntaría a mis sueños de arte una estancia entre las montañas de González, junto a las riberas del Paraná de Obligado, o en la Australia Argentina de Payró. Día llegará en que la literatura tenga por precisa compañera la tranquilidad del espíritu en la lucha por la vida y el trabajo industrial o rural como contrapeso al ya terrible surmenage. Los ingleses y los norteamericanos han comenzado a aleccionarnos, y un gentleman-farmer artista no es un ave rara. Dejo como última nota el Teatro fantástico de Benavente, una joya de libro que revela fuerza de ese talento en que tan solamente se ha reconocido la gracia. Fuerza por cierto; la fuerza del acero del florete, del resorte; finura sólida de ágata, superficie de diamante. Es un pequeño «teatro en libertad», pero lejos de lo telescópico de lo Hugo y de lo suntuoso que conocéis de Castro. Son delicadas y espirituales fabulaciones unidas por un hilo de seda en que encontráis a veces, sin mengua en la comparación, como la filigrana mental del diálogo shakespeareano, del Shakespeare del Sueño de una noche de verano o de La tempestad. El alma perspicaz y cristalinamente femenina del poeta crea deliciosas fiestas galantes, perfumadas escenas, figurillas de abanico y tabaquera que en un ambiente Watteau salen de las pinturas y sirven de receptáculo a complicaciones psicológicas y problemas de la vida.

Este modernista es castizo en su escribir y es lo castizo en su discurso como la antigüedad en el mérito de ciertas joyas o encajes, en puños de Velázquez o preseas de Pantoja. Y al conocerle, en el café Lion d'Or, que es su café preferido, he visto en su figura la de un hidalgo perteneciente a esa familia de retratos del Greco, nobles decadentes, caballeros que pudieran ser monjes, tan fáciles para abades consagrados a Dios como para hacer pacto con el diablo. En las pálidas ceras de los rostros se transparentan las tristezas y locuras del siglo. Así Jacinto Benavente. En toda esta débâcle con que el décimonoveno siglo se despide de España, su cabeza, en un marco invisible, sonríe. Es aquel que sonríe. Mefistofélico, filósofo, filoso, se defiende en su aislamiento como un arma; y así converse o escriba, tiene siempre a su lado, buen príncipe, un bufón y un puñal. Tiene lo que vale para todo hombre más que un reino: la independencia. Con esto se es el dueño de la verdad y el patrón de la mentira. Su cultura cosmopolita, su cerebración extraña en lo nacional, es curiosa en la tierra de la tradición indominable; pero no sorprende a quien puede advertir cómo este suelo de prodigiosa vida guarda, para primaveras futuras, las semillas de un Raimundo Lulio. Ahora trabaja Benavente por realizar en Madrid la labor de Antoine en París o la que defiende George Moore en Londres: la fundación de un teatro libre. Dudo mucho del éxito, aunque él me halagaría habiéndoseme hecho la honra de encargarme una pieza para ese teatro. Pero el público madrileño, Madrid, cuenta con muy reducido número de gentes que miren el arte como un fin, o que comprendan la obra artística fuera de las usuales convenciones. Cuando no existe ni el libro de arte, el teatro de arte es un sueño, o un probable fracaso. No hay una élite. No se puede contar ni con el elemento elegantemente carneril de los snobs que ha creado Gómez Carrillo con sus graciosas y sinuosas ocurrencias. Conque, ¿para quiénes el teatro?

Junto a Benavente me presentan a Antonio Palomero, o sea Gil Parrado. Este pseudónimo, nombre de un gracioso tipo clásico, no está mal en quien, con sales autóctonas nos revela un Raul Ponchón madrileño, un rimador seguro, un cancionero bravísimo, en cuanto puede permitirlo el género político: Aristófanes en couplets o yambos con castañuelas. El libro de flechas de humor maligno y risueño que forman los «Versos políticos» de Palomero, Gacetas rimadas, tiene un prólogo, en verso, de Luis Taboada. Creo que fué Gutiérrez Nájera quien escribió un día que en medio de la noche del arte español contemporáneo, Luis Taboada era tal vez el único «artista». Era una broma del «duque Job» mejicano, excusable por su falta de conocimiento del grupo español, digamos así, secreto, que hace una vida ciertamente intelectual.

Y además, en su tiempo—hace de esto ocho o diez años—las cosas andaban de Barrantes a Valbuena. Pues Gil Parrado no pudo tener mejor protagonista que el desopilante Homero fragmentario de la vida cursi de Madrid, puesto que él quiso ser el Píndaro de las cursilerías épicas de la política. Conociendo la labor y la propaganda estética de quien escribe estas líneas, ellas no pueden sino ser vistas como la mayor prueba de sinceridad. Mas Palomero no es solamente Gil Parrado. Además de los alfileres de su conversación, de las más interesantes que un extranjero hombre de letras puede encontrar en la Corte, su crítica teatral se estima justamente, y en el cuento y el artículo de periódico, sobresale y comunica la intensidad de su vibración, el contagio de su energía indiscutible. Mariano de Cávia dice de él hablando de sus Trabajos forzados, que es «un literato culto, agudo y sincero»; gratifícale además con «popular y brillante». Cávia sabe lo que se dice, él, maestro de única escritura en su país que ha logrado unir, en la faena asperísima del periodismo, la flexible gracia autóctona a las elegancias extranjeras. ¡Quevedo en el bulevar, Dios mío! Y cuando Cávia alaba a Palomero es justo, y yo que conozco la transparencia de este talento, me complazco en deciros que aquí, entre lo poco bueno y nuevo, esto es de lo que en la piedra de toque deja una suave y firme estela de oro fino.

Así Manuel Bueno, el redactor que en El Globo escribe todos los días esa paginita que lleva la firma de Lorena, con el título general de «Volanderas». Verdes Montenegro ha hecho para el libro primigenio de Bueno un prólogo de sustancia y espíritu al propio tiempo que de justicia y cariño. De Verdes Montenegro os hablaré en otra ocasión más detenidamente. De su ahijado literario os diré que ha recibido en su alma mucho sol de nuestra pampa y a su oído ha cantado la onda caprichosa de nuestro gran río. Es un vasco. Vasco, así como ese especialísimo y robusto Grandmontagne, que ha injertado una rama de ombú en el árbol sagrado de Guernica, para que más tarde nazcan—¡Dios lo quiera, y ya se ven los brotes!—flores de un perfume singular, rosas fraternales del color del tiempo, iluminadas de porvenir, en tierra de Mitre y Sarmiento, en la capital del continente latino, al amparo del satisfecho sol. El joven Bueno anduvo por Buenos Aires, padeció tormento de inmigración y penurias de mozo de intelecto que va a hacer fortuna por el Azul y Bahía Blanca... Y vuelto a su tierra, no es de los que vienen con arranques despechados de fracasadas bohemias, de existencias adoloridas de nuestra necesaria ley de trabajo, de ese Buenos Aires cuya fuente social es para los labios del mundo, y que en el progreso corresponde, con su pirámide de mayo, índice indicador, a los obeliscos de París y Nueva York.