Bueno es aquí, en su labor diaria, nota extemporánea, y tan parisiense que hay quienes le denuncien de afectación. Pero no es poco servicio intelectual el servir a un pueblo ese plato escogido, todos los días, esa ala de faisán, después de la sopa de política española y antes del asado político también. Bueno, como Lorena, da un eco que aquí, aunque tiene semejantes en la Prensa, permanece en su individualidad. No seré yo quien oculte su ligereza de juicio habitual, su insinceridad quizás, también habitual; ¡pero es tan bello el gesto!

Ricardo Fuente es el director de El País. Quizá envíe a La Nación una información interesantísima sobre este diario de oposición, que ha tenido sobre sí la atención de Madrid y de España, y que, periódico que ha respondido al eco popular, ha sido quizás el que ha tenido mayor número de intelectuales en su redacción. En París, un Intransigeant se explica: en Buenos Aires, el antiguo Nacional, también; en Madrid, El País de hoy es un caso de extremada curiosidad. Los redactores, desde hace mucho tiempo—el diario es republicano absoluto—van a la cárcel periódicamente. Allí se dice la verdad a son de truenos de tambores y trompetas. La censura ha tenido en esa hoja la mejor lonja en que cortar, y las estereotipias, a las cuatro de la mañana, han sido en tiempo de la guerra brutalmente descuartizadas.

El capítulo de la censura, publicado cuando ésta se ha levantado, ha sido de sensación. Un detalle curioso es, que mi artículo «El triunfo de Calibán», publicado en Buenos Aires, fué mutilado en El País y dado intacto en La Época... En ese diario, El País, han escrito Dicenta, Maeztu, etc., y Romero Robledo puso allí su gran sombra... Ricardo Fuente es el director. Cuando uno piensa en ese abominable Villemesant que nos pinta Daudet o que nos acaba de retocar Claretie; cuando recuerdo a ciertos directores europeos y americanos, en quienes el elegante shylokismo se junta a un irrespeto voluntario de todo lo intelectual, pienso en este buen Fuente, que como el pobre parisiense Fernand Xau, sabe juntar—en su tan limitada esfera—la autoridad al tino y la comprensión a la afabilidad. Ser director de un diario ¡qué difícil tarea! Son como las perlas rosadas y negras aquellos a quienes se puede aplicar la frase inglesa: That is a man. Ser un director querido de sus redactores es de lo más difícil del mundo, así se llame uno Magnard o Valdeiglesias, Bennet o Láinez. Fuente lo es. Pero es que él propio es un trabajador de la Prensa que ha subido con mérito a ese puesto; y quizá, y sin quizá, tanta bondad personal hace daño a su posición. Porque no ha de ser quien dirige una tan complicada máquina un compañero de sus redactores en toda la extensión de la palabra, sino en lo que ella tiene de aprecio necesario y benevolencia justa; y ¡ay de aquel director que no se calce sus botas imperiales, y no ponga a su gallo, empezando en casa, a cantar claro y bien, como ese Arthur Meyer del Gaulois, tan combatido sin embargo! Fuente es el tipo ideal del director para sus redactores; pero su gallo no se ha alzado hasta ahora...

Se alza, personal y simpático, en el articulista, en el literato, de quien dice Joaquín Dicenta: «El camino literario de Fuente se halla trazado con líneas vigorosas. Puede seguirle sin retroceder y sin temblar. No hay cuidado de que le tiren al suelo de un empujón; tiene los músculos muy duros». En el volumen De un periodista—del cual en Buenos Aires se ha reproducido bastante—, hay la manifestación de la contextura de un artista; la fuga contenida de un amante del estilo que atan las usanzas de la limitación del diario; las explosiones ideales o sentimentales sujetas por la línea señalada, o la hora de la Prensa, la preferencia al telegrama, la tiranía de la información. ¿Qué periodista no sabe de esto? Y así nos habla de Augusto de Armas, nos pinta rápidas acuarelas húmedas del más rico sentimiento, o apuntes de una fiereza de lápiz cuyo blanco y negro nos seduce por su juego de luz y de sombra.


LA «ESPAÑA NEGRA»

18 de marzo.