No hace muchos días hice una corta visita a Aranjuez. Si Versalles recuerda a una coja encantadora en la historia, Aranjuez guarda aún el perfume de una tuerta hechicera: bien vale un viaje a ese bello buen retiro de los príncipes castellanos, el ir a rememorar a la princesa de Éboli. Entre los olorosos y evocadores boscajes resucitan las lejanas escenas, y hay en el ambiente de los jardines y alamedas como dormidos ecos galantes que no aguardan sino el enamorado o el poeta que sepa despertarlos. En el Palacio Real y la Casa de Labrador es un espíritu de tristeza el que impera, desde que penetráis en las suntuosas y solitarias mansiones. Al recorrer los innumerables habitáculos, adornados de siglos de oro, de plata, de mármol, de ónix, de ágata, de seda, de marfil, al respirar bajo esas techumbres que han cubierto tanta hora trágica, feliz o misteriosa, en la vida de muchos monarcas de España, sobrecoge el sombrío momento, la sala ha tiempo sin vida, la luna que retrató en su fondo las imágenes pasadas, la hora detenida en un reloj de Manuel de Rivas; el cojín en que se reclinó la cabeza de Felipe II, el fresco, el cuadro, el dije, o la estofa vieja con su atractivo peculiar y triste... Y el conserje que dice su aprendida relación, y se descubre ante un cuadro que representa una capilla de El Escorial en que se está diciendo la misa... Viene a la mente la España negra.
Acababa de leer ese libro reciente de Émile Verhaeren y Darío de Regoyos, La España negra; y la novela española de Barrès Un amateur d'âmes; y el volumen positivo sobre la evolución política y social de España, de Yves Guyot: en todos la observación, la sugestión, la imposición, de la nota oscura, que en este país contrasta con el lujo del sol, con la perpetua fiesta de la luz. Por singular efecto espectral, tanto color, tanto brillo polícromo, dan por suma en el giro de la rueda de la vida, lo negro.
Es la tierra de la alegría, de la más roja de las alegrías: los toros, las zambras, las mujeres sensuales, Don Juan, la voluptuosidad morisca; pero por lo propio es más aguda la crueldad, más desencadenada la lujuria, madre de la melancolía; y Torquemada vive, inmortal. Granada existe, abierta al sol, como el fruto de su nombre, perfumada, dulce, ácidamente grata; pero hay una Toledo, concreción de tiempo, inmóvil y seca como una piedra, y entre cuyos muros sería insólita y fuera de lugar una carcajada. Allí no caben, al calor que abrasa la aridez de Castilla, otros amores que los tristes o fatalmente trágicos, y Maurice Barrès, la pasión que hace amargamente florecer en recinto semejante, es la nefasta y ardorosamente paladeada de un incesto. Verhaeren anota sus impresiones dolorosas, copia, al agua fuerte, paisajes cálidos y calcinados, colecciona sus almas violentas y bárbaras como los productos de una flora tropical, excesiva y rara. Domina atávicamente su sangre belga la fiereza de la España que apretara a sus antepasados entre los hierros del duque de Alba; los espectáculos de la torería le dejan ver la cristalización sangrienta que yace bajo el subsuelo de esta raza, cuya energía natural se complica de la ruda necesidad de las torturas; y el concepto de la muerte y de la gracia, enlutados y caldeados por un catolicismo exacerbante, por una tradición feroz que ha podido encender las más horriblemente hermosas hogueras y aplicar los martirios más purpúreos y exquisitos. El arte revela ese fondo incomparable. La imaginaria religiosa hace de las naves de los templos, lúgubres morgues que me explico hayan conmovido a Verhaeren como a cualquier visitante de pensamiento que traiga sus pasos por estas iglesias sangrientas en que Ribera o Montañés, entre tantos, exponen al espanto humano sus lamentables Cristos.
Un español de gran talento me decía: «En cada uno de nosotros hay un alma de inquisidor». Cierto. Fijáos, y decid si José Nakens no se junta, paralelamente, en lo infinito—así las dos líneas matemáticas—con Tomás de Torquemada. Es la misma fe terrible, la intransigencia que llega hasta la ceguedad, la aplicación del potro, la certeza en la salvación por el sufrimiento, tan magníficamente iluminada en el drama de Hugo. Los conquistadores y los frailes en América no hicieron sino obrar instintivamente, con el impulso de la onda nativa; los indios despedazados por los perros, los engaños y las violencias, las muertes de Guatimozin y Atahualpa, la esclavitud, el quemadero y la obra de la espada y el arcabuz, eran lógicos, y tan solamente un corazón excepcional, un espíritu extranjero entre los suyos, como Las Casas, pudo asombrarse dolorosamente de esa manifestación de la España Negra. «Mi morena», dice Mariano de Cávia.
Las sombrías políticas de antaño se reproducen hoy, claro que sin la perdida magnificencia; pues de Polavieja a Antonio Pérez hay cien atlánticos de distancia y las ducales espuelas de don Fernando Álvarez de Toledo retrocederían sobre sus agudas estrellas ante las botas de don Valeriano Weyler... Pero aun la sombra de Roma cae sobre el palacio de Madrid; los confesores áulicos tienen su papel, las intrigas son las mismas con diferencia de personajes y de alturas mentales. ¡España va a cambiar!, se grita en el instante en que la injusta y fuerte obra del yanqui se consuma. Y lo que cambia es el Ministerio.
La verbosidad nacional se desborda por cien bocas y plumas de regeneradores improvisados. Es un sport nuevo. Y la zambra no se interrumpe. «España—dice un escritor de Francia—ha querido, sin duda, evocar esos grandes Estados del Oriente antiguo que se derrumbaban en la embriaguez pública». No, no ha querido evocar nada. Obra por sí misma: esa alegría es un producto autóctono, entre tanta tragedia; es el clavel: es la flor roja de la España Negra. Así, cuando de nuevo los conservadores han vuelto al Poder, se ha creído en el exterior que la reacción provocaría la revolución. ¡Las inquisitoriales historias de Montjuich están cercanas; los sucesores de la guerra han sido tan rudos en su lección y las agitaciones provinciales del regionalismo se han repetido tanto! Nada. Quietud. Estancamiento. Apenas ruido de regaderas alrededor del tronco fósil del carlismo. Tan sólo, en lo futuro del tiempo, el hervor del fermento social.
Se combate el vaticanismo; Castelar habló; otras cabezas surgieron protestantes, a la salida de Silvela. Y se pronuncia el nombre del padre Montaña; el inevitable confesor, cuyo hábito, en el curso de la Historia, está siempre tras el trono de S. M. Católica. Se dice que la religiosidad española no es sino formal; que el papa no es la potencia hacedora en la vida política y social, sino hasta muy limitado punto. He encontrado sirviendo de señal en un libro viejo, un documento curiosísimo, que os pondrá a la vista el sentir y pensar de muy buena parte del pueblo español. Es una serie de proposiciones que se enviarían en cierta época a las congregaciones de Roma, para ser resueltas. Fírmalas don Ángel García Goñi, a 14 de abril de 1877. Este caballero fué, según me informan, abogado distinguido del foro matritense, y muy mezclado en asuntos de política eclesiástica.
PROPOSICIONES QUE SE CONSULTAN CON LAS CONGREGACIONES DE ROMA