«Se ha dicho y repetido por todas partes que el gusto por las corridas de toros se iba perdiendo en España, y que la civilización las haría pronto desaparecer; si la civilización hace eso, tanto peor para ella, pues una corrida de toros es uno de los más bellos espectáculos que el hombre puede imaginar». ¿Quién ha escrito eso? El gran Theo, el magnífico Gautier, que vino «tras los montes» a ver las fiestas del sol y de la sangre; Barrès, después, hallaría la sangre, la voluptuosidad y la muerte. Es explicable la impresión que en el hombre que «sabía ver» harían las crueles pompas circenses. No es posible negar que el espectáculo es suntuoso; que tanto color, oros y púrpuras, bajo los oros y púrpuras del cielo, es de un singular atractivo, y que del vasto circo en que operan esos juglares de la muerte, resplandecientes de sedas y metales, se desprenden un aliento romano y una gracia bizantina. Artísticamente, pues, los que habéis leído descripciones de una corrida o habéis presenciado ésta, no podéis negar que se trata de algo cuya belleza se impone. La congregación de un pueblo solar a esas celebraciones en que se halaga su instinto y su visión, se justifica, y de ahí el endiosamiento del torero.
Nodier raconte qu'en Espagne... Fácil es imaginarse el entusiasmo de Gautier por esta España que aparecía en el período romántico como una península de cuento; la España de los châteaux, la España de Hernani y otra España más fantástica si gustáis, y la cual, aun cuando no existiese, era preciso inventar. Esa venía en la fantasía de Gautier, y los toros vistos por él correspondieron a la mágica inventiva. En la calle de Alcalá le arrastró, le envolvió el torbellino pintoresco; los calesines, las mulas adornadas, los bizarros jinetes, las tintas violentas calentadas de sol de la tarde, los característicos tipos nacionales. El arte le ase a cada momento y si un tronco de mulas le trae a la memoria un cuadro de Van der Meulen, un episodio torero le recordará más tarde un grabado de Goya. Aquí encuentra la famosa manola, que ha de hacerle escribir una no menos famosa canción cuyos ¡alza! ¡hola! se repetirán en lo porvenir a la luz de los café-concerts. El detalle le atrae; documenta y hace sonreir la sinceridad con que corrige a sus compatriotas buscadores de «color local»: se debe decir torero, no toreador; se debe decir espada, no matador. Ya enmendará luego la plana a Delavigne diciéndole que la espada del Cid se llama tizona y no tizonade, para resultar con que hay una estocada en la corrida que se llama a vuela pies. ¡Oh! el español de los franceses daría asunto para curiosas citas, desde Rabelais hasta Maurice Barrès, pasando por Víctor Hugo y Verlaine. Los toros atrajeron la atención del poeta de los Esmaltes y Camafeos. Cuando iba a sentarse en su sitio, en la plaza, «experimenté—dice—un deslumbramiento vertiginoso. Torrentes de luz inundaban el circo, pues el sol es una araña superior que tiene la ventaja de no regar aceite, y el gas mismo no lo vencerá largo tiempo. Un inmenso rumor flotaba como una bruma de ruido sobre la arena. Del lado del sol palpitaban y centelleaban miles de abanicos y sombrillas». «Os aseguro que es ya un admirable espectáculo, doce mil espectadores en un teatro tan vasto cuyo plafón sólo Dios puede pintar con el azul espléndido que extrae de la urna de la eternidad». Después serán las peripecias de los juegos, la magnificencia de los trajes y capas; los mismos sangrientos incidentes, caballos desventrados, toros heridos, y el público tempestuoso, un público de excepción cuyo igual no sería posible encontrar sino retrocediendo a los circos de Roma; todo con sol y música y clamor de clarines y banderillas de fuego. Él hace su resumen: «La corrida había sido buena: ocho toros, catorce caballos muertos, un chulo herido ligeramente; no podía desearse nada mejor». Que por razones de imaginación y sensibilidad artística hombres como Gautier se contagien del gusto por los toros que hay en España, pase; pero es el caso que ese contagio invade a los extranjeros de todo cariz intelectual, y no es raro ver en el tendido a un rubio commis-voyageur dando muestras flagrantes del más desbordado contentamiento.
Lo que es en España será imposible que llegue un tiempo en que se desarraigue del pueblo esta violenta afición. Antes y después de Jovellanos ha habido protestantes de la lidia que han roto sus mejores flechas contra el bronce secular de la más inconmovible de las costumbres. En las provincias pasa lo propio que en la capital. Sevilla parece que regase sus matas de claveles con la sangre de esas feroces soavetaurilias; allí las fiestas de toros son inseparables del fuego solar, de las mujeres cálidamente amorosas, de la manzanilla, de la alegría furiosa de la tierra; la corrida es una voluptuosidad más, y la opinión de Bloy sobre la parte sensual del espectáculo encontraría su mejor pilar en el goce verdaderamente sádico de ciertas mujeres que presencian la sangrienta función. La Sevilla de las estocadas de Mañara, de la molicie morisca, de las hembras por que se desleía Gutierre de Cetina, de las sangres de Zurbarán, de las carnes femeninas de Murillo, de las gitanillas, de los bandidos generosos, tiene que ser la Sevilla del clásico toreo. Bajo Fernando III ya los mozos de la nobleza tenían su plaza especial para el ejercicio del sport preferido. Partos reales o la toma de Zamora, se celebraban con toros. El cardenal arzobispo don Rodrigo de Castro prohibió durante un jubileo las corridas. La ciudad luchó con su ilustrísima y venció apoyada por Felipe II. La corrida se da, y en ella
Veinte lacayos robustos
con ellos delante salen:
morado y verde el vestido
espadas doradas traen,
de ser don Nuño y Medina
dan muestra y claras señales,
que aunque vienen embozados