País de Carlos V, de Felipe II, de Carlos II el Hechizado; país de la expulsión de los judíos y de los moros: su fe no llega muy a lo profundo. Creedme: la brava España llevó la cruz al mundo nuevo nuestro, a lejanas tierras, la impuso por la fuerza, de manera koránica; pórtala sobre el oro de la corona, sobre la cúpula del palacio real; pero España es como la espada: tiene la cruz unida a la filosa lámina de acero.
¡TOROS!
6 de abril de 1899.
Los durazneros alegres se animan de rosa; el Retiro está todo verde, y con la primavera llegaron los toros. Se han vuelto a ver en profusión los sombreros cordobeses, los pantalones ajustados en absurda ostentación calipigia, las faces glabras de las gentes de redondel y chuleo. El día de la inauguración de las corridas fué un gran día de fiesta. Pude saludar varias veces por la calle de Alcalá al espíritu de Gautier. Era el mismo ambiente de los tiempos de Juan Pastor y Antonio Rodríguez; las calesas estacionadas a lo largo de la vía, las mulas empomponadas, los carruajes que pasan llenos de aficionados y las mantillas que decoran tantas encantadoras cabezas. Parece que en el aire fuese la oleada de entusiasmo; todo el mundo no piensa sino en el próximo espectáculo, no se habla de otra cosa; las corbatas de colores detonan sobre las pecheras; las chaquetas parece que se multiplicasen, los cascabeles suenan al paso de los vehículos; en los carteles chillones se destaca la figura petulante del Guerra. ¡El Guerra!...
Su nombre es como un toque de clarín, o como una bandera. Su cabeza se eleva sobre las de Castelar, Núñez de Arce o Silvela; es hoy el que triunfa, el amo del fascinado pueblo. ¡El Guerra! Andalusamente, Salvador Rueda, no hallando otra cosa mejor que decirme de su torero, me clava: «¡Es Mallarmé!» Vamos, pues, a los toros.