En las iglesias se ostentan las pompas sagradas. Los caballeros de las diversas Ordenes asisten a las ceremonias. La indumentaria resucita por instantes épocas enterradas. Mas ayer se cumplió con una antigua usanza en la mansión real que, con toda verdad, más que ninguna otra manifestación, ha podido llevar los espíritus hacia atrás, en lo dilatado del tiempo. Me refiero al acto de lavar los pies a los pobres y reunirles a la mesa, la reina de España. Esta costumbre arranca de siglos; instituyóla Fernando III de Castilla en 1242.

Desde muy temprano el patio de palacio se fué llenando de gente. Visto desde lo alto era una aglomeración oleante de mantillas, sombreros de copa, oros y colores de uniformes. Suena un son de pífanos. Es el desfile pintoresco de las alabardas. Medio día. Compases de un himno por una banda de palacio, y la familia real se presenta en marcha hacia la capilla. Por un momento desaparece el rumor de la vida actual. Esa aparición nos hace pensar en un mundo distinto, en apariencias encantadoras que a las alturas de esta época ruda para la poesía de la existencia, tan solamente surgen a nuestra contemplación en el teatro o en el libro. He aquí que esta buena archiduquesa que sostiene hoy la diadema de Su Majestad Católica, brota de un cuadro, sale de una página de vieja historia, se desprende de un cuento; toda blanca, real, tristemente majestuosa, pues no alcanza a ocultar que su alma no es un lago tranquilo. De sus espaldas se extiende el gran manto; la larga cola pórtala un hidalgo, el mayordomo marqués de Villamayor. El continente impone, el gesto habla por la raza. Por corona lleva María Cristina una constelación de brillantes, y sutil como una onda de espuma, la mantilla blanca le cubre el casco de la cabellera. La princesita de Asturias, que ya viste de largo, va toda ella hecha una rosa, rociada de perlas. Hay en esa joven una distinción graciosa que seduce en medio de la corte, y que no advertís en los retratos expuestos en los escaparates de los fotógrafos y que dan la figura un tanto picante de una modistilla. La infanta Isabel—muy simpática para todos los madrileños, y absolutamente Borbón—va de un amarillo triunfante, y sobre la magnificencia de su manto heliotropo resplandecen las joyas. El altar arde en luces y oros. Los príncipes y los cortesanos parecen orar, con unción y fe. Calvas ebúrneas, barbas blancas sobre estrellas de oro y de piedras preciosas, galones y entorchados, se inclinan al movimiento de los oficios. Serenamente armoniosa, la música de la capilla despierta a Mozart. Como un incienso se esparce por los ámbitos, envuelve todos los espíritus, así entre tantos se erijan los incrédulos, la Primera Sinfonía.

En el Salón de las Columnas el gran crucifijo central está envuelto en un lienzo violeta, en el altar, que se destaca sobre un tapiz de asunto religioso. En las tribunas, con los ministros, entre el Cuerpo diplomático y los Grandes de España, están la infanta Isabel y la duquesa de Calabria y la princesa de Asturias.

En los lados del salón, sentados en bancos negros, hay doce mujeres pobres y trece hombres pobres. No sé que vaga luz brota de esas humildes almas en las miradas.

Suenan las dos palmadas de costumbre; es que se acerca la reina con su séquito. La reina viene a paso augusto, entre el obispo y el nuncio. Precédela un grupo de religiosos y cantores, y una cruz alta. Ante diem festum Paschæ... resuena la voz del subdiácono; la música, el canto vuela sobre el recinto. De pronto, María Cristina está ya ciñéndose una toalla, mientras las duquesas, llenas de diamantes, las condesas fastuosas, descalzan a los convidados miserables. La reina con una esponja y con la toalla enjuga los lamentables pies de esas gentes, que en un halo de inexplicable asombro deben sufrir extraña angustia. El representante del papa vierte el agua de un ánfora. Os aseguro que por todo pecho presente pasa una conmoción. Y en ese mismo instante, dos voces hablaban al oído del observador meditabundo. La una era la del demonio de la calle, el demonio de la murmuración que se cuela por los misterios de las casas y se propaga en la frase afilada por la inevitable malignidad humana. Esa voz hablaba a la oreja izquierda y decía: «Es hermoso, es de un simbolismo grandioso y conmovedor ese acto de humildad que recuerda a las Isabeles de Hungría, que nos aleja del ambiente contemporáneo asfixiante de egoísmo, quemante de odio y de mentira; pero... ¿y la miseria? ¿Y los innumerables mendigos que andan por la Corte y por toda España crujiendo de hambre? ¿Y los martirios de Montjuich? ¿Y el anarquismo, flor de los parias? ¿Y la prostitución infantil instalada a los ojos de la capital de S. M. Católica?» Y continuaba: «Por ahí se dice que la «austriaca» es avara; que manda arreglar el calzado y los vestidos usados de las infantitas; que hace pagar su «pupilaje» en palacio a la infanta Isabel; que su caridad no se demuestra espléndida en demasía; que en Londres está acaparando millones; que la duquesa de Cánovas, a quien ella antes llamara «la reina de la Guindalera», la gratifica justamente con el apodo de «la institutriz»...» Mas la voz que hablaba a la oreja derecha decía: «No, no hay que proclamar la injusticia o la mala visión como una ley de verdad. Esa noble señora está en una altura que hay que apreciar de lejos; y poco harán en su contra las murmuraciones áulicas, los despechos palaciegos. Su misión maternal es admirable, y las tempestades que han pasado por la corona de torres de la Patria la han visto siempre digna y ejemplar, sosteniendo la infancia endeble de su hijo, dolorida por las penas nacionales, triste en su viudez hasta hoy libre de calumnia. Ciertamente, no es una Isabel II, por ninguna clase de generosidad. No derrocha, pero sostiene asilos, da justas y silenciosas limosnas. Es una reina buena».

Y hela allí, en el salón de armas, sirviendo a los mismos pobres a la mesa. Le ayudan varios señores en su tarea. Esos garçons de semejante comedor se llaman el marqués de Ayerbe, el duque de Sotomayor, el duque de Granada de Ega, el conde de Revillagigedo, el marqués de Comillas, el conde de Atarés, el marqués de Santa Cristina, el marqués de Velados. Todos pudieran entrar en un parlamento huguesco; todos se cubren ante el rey, todos tienen a la cintura la llave de oro. Así las damas que descalzaron a los miserables eran una condesa de Sástago, una duquesa de Medina Sidonia, una marquesa de Molíns, una de Sanfelices. Desde lo alto, en el soberbio techo—Giaquinto pinxit—todo un revuelto Olimpo, de un paganismo rococo, se debatía, en vibrantes fugas de colores sobre las magnificencias católicas.

Esta ha sido para mí más que la procesión mediocre, o las celebraciones eclesiásticas en los templos, la verdadera nota principal de la semana santa en la corte española. Pues si hoy la reina, en el ceremonial del viernes santo en la capilla real, ha hecho cambiar por cintas blancas las cintas negras de los procesos, al indultar a los reos de muerte, después de besar el lignum crucis, ayer, ha estado, en un acto antiguo, más cerca de Jesucristo.

¿España es verdaderamente religiosa? Creo que, en el fondo, no. Cuenta Georges Lainé que preguntó a un sacerdote gaditano: «¿Hay una corriente de opinión republicana muy marcada en el bajo pueblo de Cádiz?» El sacerdote le contestó: «Todos los obreros de Cádiz son republicanos, anticatólicos, y, un gran número, anarquistas». Puede también asegurarse que la mayoría de los obreros de toda España es poco religiosa, influída por corrientes liberales primero y luego por la cuestión social. En Barcelona, principalmente, el viento nuevo ha desarraigado mucho árbol viejo. En Andalucía, en Castilla buena parte del clero ha contribuído, con su poco cuidado de los asuntos espirituales, a debilitar las creencias. El alto clero español cuenta con cabezas eminentes, con sabios y con varones virtuosos; pero en las regiones inferiores no es un mirlo blanco el sacerdote de sotana alegre, amigo de juergas, de guitarras y mostos. La navaja no es tampoco, en ciertos ejemplares, desconocida.—El sacerdote sanguinario y cruel no ha sido escaso en las guerras carlistas. En cuanto a moralidad, es éste el país en donde el «ama del cura» y las «sobrinas del cura» son tipos de comedia y cantar. Ello no quiere decir que, como en toda viña humana y en la del Señor, no haya casos de corrección y de virtud evangélicas. El cura de aldea de aquel honesto Pérez Escrich no abunda, pero se puede encontrar en la campaña española. La enseñanza religiosa en la España interior se queda en lo primitivo, en la plática pastoral que precede a la idolatría católica de figuras también primitivas; en las procesiones originalísimas.—En la España negra de Verhaeren y Regoyos podéis observar curiosos croquis. En San Juan de Tolosa, por ejemplo, en Guipúzcoa, donde existen esas esculturas bárbaras que hacen decir al escritor: «El rezar cara a cara con estos Nazarenos y Santos debe hacer reir o alucinar». En efecto, son figuras, bonshommes como labrados a hacha, con asimetrías deformes y aires de idiotismo o de malignidad; Cristos de rostros funestos, o como dibujados por James Ensor, Cristos que dan miedo, bajo sus cabelleras de difuntos, entre los nichos oscuros de los altares. La semana santa en Guipúzcoa; los pasos de Azpeitia con sus siniestras estatuas, son otra cosa que la semana santa de Sevilla, con sus esculturas artísticas, sus palios lujosos, sus pasos con imágenes de arte, sus vírgenes vestidas como emperatrices bizantinas: todo oro, terciopelo, hierro, y más oro; y las saetas, esos cantos que brotan en su aguda tristeza, quejidos del pueblo, dolorosas y sonoras alondras de una raza. O la semana santa de Toledo, entre la antigüedad gris y seca de esa petrificación de tiempo. En las fiestas de San Juan Degollado, en la isla de Gaztelugache, cerca del cabo Machichaco, puede verse aún la Edad Media, con la devoción idólatra y temerosa, los romeros y penitentes que suben una cuesta de rodillas, despedazándose sobre la piedra. Los niños van vestidos de negro y violeta. Y los disciplinantes de Rioja, en San Vicente de la Sonsierra: hombres que se destruyen las espaldas con azotes, a la vista del público, y luego, cuando el lomo está todo amoratado de golpes o hinchado de disciplinazos, se les raya con bolas de cera llenas de vidrios filosos. Regoyos nos cuenta de otros martirios, como el ir tocando una gran campana por las calles, o pasar con los pies descalzos sobre pedruscos y chinas. Allí la sangre humana se vierte en realidad cada jueves santo.

Pero junto a todas esas manifestaciones de religiosidad nefasta y milenaria encontraréis siempre la guitarra, el vino, la hembra. El torero tiene una imagen a la que reza antes de ir a la corrida, a la fiesta de la sangre. Los antiguos peregrinos que iban a Santiago de Compostela con el bordón y la calabaza eran excelentes pillos y bandoleros que hubo que perseguir. En ciertas procesiones andaluzas hay pleitos por si una santa virgen vale más que otra, y al elogiar a la propia imagen se injuria con epítetos de la hampa a la santa imagen contraria. Se forman partidos por este o aquel Cristo, por este o aquel santo milagroso. En Galicia pasa lo propio. Un escritor gallego me cuenta que un tío suyo muy devoto, después de sufrir un gran dolor moral, se encerró en su gabinete, y con una filosa faca se puso a dar de puñaladas a un Crucifijo familiar. No es raro que al ir a dejar a la iglesia en los pueblos, a una imagen, los conductores se detengan un rato en la taberna. En 1820 los madrileños saquearon el palacio de la Inquisición; degüello de frailes ha habido que quedará por siempre famoso. España es el país católico por excelencia; pero Rothschild ha sido el amo por intermedio del judío Bauer; y se ha transigido por razones muy humanas, con la fundación de templos protestantes.

El fanatismo español, según Buckle, se explicaría por las luchas con las invasiones arábigas; pero Ives Guyot hace notar, con justicia, que antes había habido los grandes choques con los visigodos arrianos. La conversión de Recaredo señala un buen punto de partida. De lo más remoto parte la veta religiosa, desde la venida de los primeros cristianos. No hay lugar importante de España que no guarde el recuerdo tradicional o histórico de un santo o de un apóstol cristiano. San Pablo desembarcó en las costas levantinas, y Tarragona pretende que fué el fundador de su iglesia. En Bética fué la conversión del prefecto Filoteo, del magnate Probo y su hija Xantipa. El mismo apóstol estuvo en Andalucía, en Écija y en otros puntos de la Península. Écija tuvo a San Rufo, obispo nombrado por San Pablo Narbonense; Santiago estuvo en Braga, en donde fué primer obispo. El viaje de la cabeza de Santiago, con los Siete Discípulos, en la parva navis, es una hermosa perla de tradición narrada en el latín del Cerratense. La cabeza de Santiago destruyó el último templo de Baco: Liverum novum: ¡pero ya quedaba el vino! San Pedro envió a otros discípulos. Geroncio quedó en Italia. Pamplona recuerda a Saturnino y Honesto; Marmolejo a Máximo; Guadix a Torcuato; Granada a San Cecilio; Ávila a San Segundo; Tarifa a San Esicio; Andújar a San Eufrasio; Cabra a San Texifonte; Almería a San Indalecio. Zaragoza pretende tener la primera iglesia fundada en España: allí triunfan los mártires y la Pilarica. Toledo tuvo a San Eugenio, en tiempo del papa Clemente. Gerona cuenta con San Narciso. Por todas partes retoña, si regáis un poco, la raíz cristiana, por tantos motivos; pero la savia pagana de la tierra no está destruída. La latina se explica. Se gusta en las procesiones de la pompa, de los oros lujosos, de la decoración de las imágenes, y con el pretexto de la devoción se da suelta a los nervios y a la sangre, floreciendo de rojo la España Negra. No se abandonan los asuntos de este mundo por los del otro; y la Inquisición misma, en sus orígenes, tuvo más causas políticas que religiosas. El quemadero después agregó ese halago terrible al divertimiento popular; auto de fe o corrida de toros viene a dar lo mismo. En ciertos templos andaluces el catolicismo deja ver a través de sus adornos y símbolos las líneas y arabescos moriscos: en las almas pasa algo semejante. Cierto es que Mahoma sonríe más que Jesucristo en los ojos sevillanos de bautizadas odaliscas.