Y en España, en donde el catolicismo forma parte, o está unido tan íntimamente al alma general, a tal extremo que España ha de ser siempre católica o no será; quizá en el tiempo venidero, en el resurgimiento que ha de cumplirse, reverdezca el árbol nuevo, ya que no con las pompas escarlatas de la hoguera y del auto de fe, en la luz de la vida nueva, en la gloria de la intelectualidad, libre de las manchas grises, de las taras vergonzosas que ahora contribuyen al descrédito de la alta doctrina; la «locura de la cruz» no es la insensatez de la cruz.

¡Oh sí! el Máximos de Ibsen podría venir, más no sería sino el mismo soberano Jesucristo, un emperador galileo cuyo fin sería siempre la paz y el triunfo de la verdadera vida. El Anticristo nació en este siglo en Alemania; conquistó muchas almas; se apasionó primero por el Graal santo y renegó luego de su mayor sacerdote; creó el tipo de soberbia humana, o superhumana, aplastando la caridad de Jesús; predicó el odio al doctor de la Dulzura; desató o quiso desatar los instintos, los sexos y las voluntades; consiguió un ejército de inteligencias, y se cumplió por él más de una profecía. Pero el Anticristo alemán está en el manicomio, y el Galileo ha vencido otra vez.

[1] Lo subrayado está en el manuscrito.


SEMANA SANTA

31 de marzo.

Sevilla rebosa de forasteros; Toledo lo propio; a Murcia van los trenes llenos de viajantes. No faltan en las estaciones los indispensables ingleses provistos de sus minúsculas «detective». Es en las provincias en donde la santa semana atrae a los turistas. Madrid es religiosamente incoloro, y lo que hace notar que se pasa por estos días de fiestas cristianas, es que desde ayer, por decreto del alcalde—un descendiente del ilustre Jacques de Liniers—, no circulan durante el día vehículos por la capital. Las campanas no suenan, reemplazadas litúrgicamente por las matracas, y jueves y viernes estas mujeres amorosas en la devoción, recorren las calles cubiertas con sus famosas mantillas. En medio de la multitud, algo he advertido de una vaga y dolorosa tristeza. Se escucha que viene a lo lejos una suave música llena de melancolía; despacio, despacio. Luego se va acercando y se oye una canción, seis voces, dos femeninas, dos de hombre, dos infantiles. El coro pasa, se diría que se desliza ante vuestros ojos y a vuestros oídos. Son ciegos que van cantando canciones, pidiendo limosna. Se acompañan con violines, guitarras y bandolinas. Con sus ojos sin día miran hacia el cielo, en busca de lo que preguntaba Baudelaire. Lo que cantan es uno de esos motivos brotados del corazón popular, que dicen, en su corta y sencilla notación, cosas que nos pasan sobre el alma como misteriosas brisas que hemos sentido no sabemos en qué momento de una vida anterior. Se diría que esos ciegos han aprendido su música en monasterios, pues traen sus voces algo como piadosa resonancia claustral. La concurrencia que va al paseo no para mientes. Por los balcones asoman unas cuantas caras curiosas. De lo más alto de una casa, de una pobre buhardilla, cae para los ciegos una moneda de cobre.