»Si es lícito a un católico verdadero prestar juramento a la vigente Constitución española, publicada en 30 de junio de 1876 y con qué salvedades.

»Si es lícito y conveniente trabajar en las elecciones como elector y como elegible, con el fin de defender el catolicismo; y en todo caso, si es enteramente libre opinar en pro o en contra de esta conveniencia.

»Si el sufragio universal considerado, no como fuente de la soberanía del Derecho o del Poder, sino únicamente como forma de elección, es incompatible con el catolicismo y está condenado por la proposición 60 del Sillabus.

»Si puede un verdadero católico servirse de la Prensa periódica para propagar y defender la doctrina de Jesucristo y los derechos de la Santa Iglesia Romana; si puede también concurrir a los Ateneos, Academias y demás Centros donde impera el racionalismo y el liberalismo, para combatir estas absurdas teorías, oponiendo a ellas las conclusiones católicas. Si esto es conveniente y si es enteramente libre opinar en pro o en contra de su oportunidad.

»Si la llamada libertad de la Prensa, entendida, no como un derecho individual, sino como una concesión temporal del poder supremo, y, por lo tanto, revocable, y aun así limitada por las leyes que castigan las transgresiones de la doctrina católica y del orden político y social constituyen un principio católico-liberal; y si la previa censura forma parte integrante del uso de esta libertad para que sea compatible con el catolicismo.

»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por liberalismo; si es lo mismo que sistema parlamentario y constitucional...

»Si los católicos, al defender el catolicismo y los derechos de la Santa Iglesia Romana, deben ajustar sus acciones a la legalidad establecida en los diferentes países, utilizando los medios que ella les proporcione, o si es más conveniente que contentándose con la obediencia pasiva a los Poderes constituídos, se separen de aquélla y unidos trabajen para conseguir sus fines. Cuál es, en resumen, la conducta que deben seguir en las actuales circunstancias, y si es completamente libre opinar y obrar en uno u otro sentido.—Ángel García Goñi.—Madrid, abril 14 de 1877.»

Es este un trabajo de casuística política española, que os abre un mirador hacia el panorama moral de la Nación. La Iglesia, unida al Estado cada día más, a pesar de las expropiaciones territoriales, de las reacciones progresistas y de los trabajos del radicalismo. «La libertad y la individualidad—dice Georges Lainé—son sentimientos accidentales que España ha siempre desconocido. La antigüedad y el Oriente no han imaginado otra forma de gobierno que el despotismo fanático y sospechoso, de tiranos, que se inmiscuyen en la intimidad de las conciencias. España no ha podido desprenderse de esa concepción, ni bajo el régimen del librepensador Carlos III, ni bajo la del intolerante Felipe II; el libre pensamiento castellano no fué entonces sino una variedad nueva de la intolerancia y del despotismo; si hubiese osado suprimir la religión del Estado, hubiera sido para reemplazarla por una filosofía del Estado; pero bruscamente, sin preparación, el siglo XIX rompió ese molde social».

Mal podría yo, católico, atacar lo que venero; mas no puedo desconocer que el catolicismo español de hoy dista en su pequeñez largamente aun del terrible y dominante catolicismo de los autos de fe. Esa corrompida dominación religiosa de Filipinas ha sido, como bien lo conoce ya el mundo, la causa principal de la pérdida cuya fatalidad no hubo un juicio certero que la presintiese. Habiendo perdido su poderío antiguo, la clerecía no tomó siquiera el rumbo que podría levantarla a su justo puesto en España católica, en donde, ya que no como cuerpo, particularmente se protegiesen las artes y las ciencias. No es un sueño de poeta el pensar como el escritor que antes he citado, en el papel reservado a la Iglesia en lo porvenir, con tal de que la barca simbólica fuese con buen timonel: la Iglesia, dice, es una admirable institución, porque reposa sobre el amor y es el eterno asilo de todos los Franciscos de Asís, de todas las santas Teresas, de todos los Vicentes de Paúl del futuro. Todos los que aman, todos aquellos para quienes el amor es el único fin de la existencia, se lanzarán un día hacia la Iglesia, sea que—por privilegio de Dios—entren directamente, sea que, paganos, les haya sido preciso, de desilusión en desilusión, seguir el camino indicado por Platón: del amor de los bellos cuerpos ascender al amor de las ideas, de la Venus terrestre a la Venus celeste.