Hasta hoy ha habido que vencer toda suerte de obstáculos y aquel admirable Cánovas no ha sido la menor fuerza para encaminar hacia el porvenir deseado al hijo de su hechura. Hay que recordar cómo ha sido la vida de este pequeño rey, puede decirse desde el vientre materno. El matrimonio de su padre con la austriaca—de nacionalidad fatalmente desgraciada, tanto en España como en Francia—después de la pasajera luna de miel con Doña María de las Mercedes, que dura el espacio de una aurora, en el Aranjuez tan líricamente florecido en los versos de Don Carlos; los años de un matrimonio no del todo amoroso y semiturbado por ésta y aquella expansión de Don Alfonso XII, cuyo excelente humor estaba casi siempre sobre la razón de Estado; la muerte, el agostamiento de la existencia de aquella majestad demasiado apasionada de Anacreonte; el embarazo de Doña María Cristina, previsto por el ojo perspicaz del gran ministro conservador; el parto, casi a las miradas de los políticos recelosos; el advenimiento del rey nuevo que aseguraba en el Trono la continuación de la dinastía. Se creyó que Alfonso XIII no alcanzaría a llegar a la edad de coronarse, ya fuera por causa de su organismo maleado en su origen, ya porque un inesperado movimiento pudiera impedir el logro de los deseos de sus partidarios; pero de ambas cosas se triunfó, de las amenazas de la enfermedad y de las amenazas de la política. No creáis exageraciones como las del yanqui Bonsal, que juzgaba no hace mucho tiempo, con la imaginación recalentada por la guerra, que «la posición del rey es patética, personal y políticamente considerada; que las revelaciones que para otros sólo llegan con la edad, él ha tenido que sufrirlas en su niñez; que él sabe que nacer rey no da más garantías de felicidad que el nacer campesino; que sabe ya con sobra de razones, que no hay en la Península persona alguna en cuya lealtad y devoción pueda confiar, a excepción de su madre, desamparada mujer y reina impopular en tierra extraña»; y que «los muchachos americanos se afligirían si pensaran en este pequeñuelo nacido para la púrpura y vestido de ceremonia desde la cuna, que no tiene compañeros de infancia para sus juegos, porque nadie es igual al rey». Esto es no darse cuenta exacta de lo que aquí pasa en ese mundo no tan velado a los ojos de los simples mortales, y juzgar a estas horas con criterio pesimista a través de las historias de Saint-Simon o de las memorias de madame Aulnoy. Por momentos terribles ha pasado España en que el Trono hubiera podido ser cercado de tormentas, y la regente y sus hijos habrían tenido que ir a aumentar la lista de los reyes de Daudet; pero prevaleció el concepto de la Patria en los partidos contrarios y ni carlistas ni republicanos intentaron seriamente nada. Desde las soñaciones que hacen evocar la frente de Don Carlos ceñida por la corona hasta los deseos un tanto románticos de una regencia en que la infanta Isabel la Chata estaría a la cabeza, no son sino perfumes de vino español, aroma de claveles que perturba uno que otro cerebro. Por hoy Don Alfonso, según lo que se alcanza a divisar, puede esperar tranquilo la hora de su reinado. Lo que no han podido los errores e ineptitudes de Gobiernos absurdos o culpables, no lo realizará el hombre del palacio de Loredano, ni menos los divididos partidarios de la república. Por ahora Don Alfonso XIII no se calienta el cerebro con tantas historias y filosofías, y prefiere su esgrima y su jaquita. Hace muy bien. Tiempo tendrá mañana de saber de monólogos huguescos y de sentir lo que pesa ese instrumento tan extraño en este fin de siglo, llamado cetro. Su mismo nombre le exige mucho. En el desfile de la Historia irá a ocupar su puesto. Me lo imagino delante de sus antepasados homónimos, como en una escena semejante a la de los retratos en Hernani. Es el comparecimiento de los Alfonsos: el I, férrea flor de Covadonga, todavía con la pura savia goda, fuerte como un roble de sus bosques, lancero formidable de Cristo, terror de la morería, y en el corazón primitivo, un diamante de nobleza; el II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales, hombre de lecturas y de meditaciones, Alfonso el Casto; el III, el Magno, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud, terror del mogrevita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más tarde el césar Carlos V, buscaría en un monasterio la tranquilidad espiritual, fanático y solitario; el V, el de los buenos fueros, legislador y espíritu de consejo, también luchador feliz con los infieles y sostenedor de la fe; el VI, que aparece soberanamente,—a su lado la figura del Mío Cid—el rey de la conquista de Toledo, y que tuvo la previsión de ver hacia abajo y favorecer al pueblo con leyes bondadosas y fueros justos; el VII, Alfonso el Emperador; el VIII, que perpetuó el nombre suyo en las Navas de Tolosa; siendo después al propio tiempo que caballero de combate, amante de la sabiduría, el IX; el X, formidable figura, cerebro y brazo, el rey de las Partidas, alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya palabra aun hoy se escucha y se escuchará en los siglos, ya comience: Ficieron los omes... o inicie los balbuceos encantadores en sus toscas estrofas; el XI que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas vistas y uno de los más amantes de sus súbditos; todos esos pasarán por la mente de Don Alfonso XIII como las figuras extrañas y fantásticas de una linterna mágica, iluminadas por las palabras de los cronistas, realzadas por las explicaciones de sus preceptores; están demasiado alejados por las centurias, por bastas cordilleras de tiempo. Son los abuelos de los retablos y de las armaduras, los que duermen por siempre en los sarcófagos y cuyas vidas interesan como los cuentos. A quien verá muy de cerca, animado por la palabra maternal, por el inmediato eco de su vida, será a su padre. Será para él el rey modelo; y honrará la memoria del Pacificador. No dejarán de ir a llamar su atención los venticellos de la famosa juventud de Don Alfonso XII, el rey buen muchacho. Sobrarán cortesanos que le refieran las aventuras picantes de papá, las influencias conocidas de cierto sonoro duque cuyo título pecador no llegará con buen viento nunca a los oídos de la reina regente. Y ya vendrá entonces la hora de saber España cuál senda tomará su nuevo príncipe. Sea ella de felicidad. Y Dios ponga, en los años de las futuras luchas políticas y palaciegas, sobre el espíritu de Don Alfonso XIII, algo de la áurea miel que hacía grata su infancia, cuando todas sus ambiciones se reducían a salir a la calle «con capa», y llamaba a sus hermanitas, a la una Pitusa y a la otra Gorriona.
UNA EXPOSICIÓN
12 de mayo de 1899.
Se recorre todo el paseo de Recoletos; se deja atrás la columna de Cristóbal Colón, se llega hasta el monumento de Isabel la Católica, osadamente llamada por los burlones «la huída a Egipto»; sobre una eminencia del terreno se destaca el palacio de la Exposición, la cúpula gris en el azul fondo del cielo. Al palacio fué la reina a inaugurar la fiesta artística, y su vestido primaveral, tenue, pintado de flores delicadas, lucía como emergido de una luz de acuarela. Hubo pompa social y música e himno alusivo, mucho alto mundo y rica suma de belleza. El vernissage se había verificado hacía pocos días, y fué poco menos que un desastre. Cuatro gatos y los pintores. Se diría un vernissage en nuestro Salón del Ateneo. No podemos negar que somos de una misma familia. ¡Cuán lejos de la cita que se dan en París, en igual caso, la elegancia florecida de la estación, la moda inteligente, la distinción mundana! Estos señores duques y estos señores condes, si por acaso se hallan en la gran ciudad, no faltan al rendez-vous. Aquí, no. Entre una exposición y una corrida, la corrida. Los pintores no hallan qué hacer, y desde luego, con singulares casos en contrario, arte no hacen. Los ricos no protegen como antaño a los artistas; y el Gobierno hace poquísima cosa. ¡Y decir que lo único que les queda a los españoles es esta mina de luz, el decoro orgulloso de su pintura, la noble tradición de su escuela, su tesoro de color! A un paso está París. Se imitan los usos elegantes, las comedias, las novelas, hasta el café-concert, pero no las nobles costumbres que enaltecen y honran al talento y al arte. Escasos, muy escasos, son aquí los artistas que tengan de qué vivir; los ricos son señalados. Por lo tanto, la lucha por la peseta está ante todo. Es inútil pretender encontrar el enamorado de un ideal de belleza, el consagrado a su pasión intelectual. Se pinta como se escribe, como se esculpe, con la puntería puesta al cocido patrio, buscando la manera de réussir, de caer en gracia al público que paga. Se asombran de que en la actual exposición abunden los cuadros tristes, enfermedades, hambres, harapos, mendigos. Los pintores de antaño, aun pintores de príncipes, señalan ya la marcada afición por los lisiados, zarrapastrosos, piojosos, feos pobres; únase a esto el modelo constante, el hormigueo de limosneros que anda por las calles, el tipo del eterno cesante siempre en ayunas, que aparece en el teatro, en la caricatura y en los corrillos de vagos de la Puerta del Sol, y el resultado son estas exhibiciones de miseria, esta representación de escenas de la vida baja y famélica. Fuera de contadas telas de este Salón, en que profesores favorecidos instalan el estiramiento y el énfasis del retrato nobiliario, el aire y el uniforme de algunos excelentísimos señores, el interior elegante, lo que abunda es la anécdota de la existencia penosa de la gente inferior, el hogar apurado de la clase media, o la chulapería andante, o el medio obrero. Los pintores, aquí, en su mayor parte, como los escritores, no pueden emprender sin error asuntos de la vida aristocrática, porque no la frecuentan; y los ricos, los nobles, no querrán adornar sus palacios con cuadros sin nobleza ni distinción; repetirán siempre el ôtez-moi ces magots! del rey francés. El gusto de la generalidad, por otra parte, no se demuestra, y un escritor nacional llega a afirmar que este público es «el más indocto en Europa en materia de Bellas Artes», no sin falta de fundamento.
Difícil sería contemplar algo del espíritu de España a través de las obras de este certamen. ¿En dónde está la España católica? Tal o cual rincón de iglesia, una que otra imagen de encargo, manera jesuíta; el único que evoca el espíritu de los antiguos místicos es Rusiñol, con uno de sus cuadros. ¿Y la España patriótica? En Grecia, después de los triunfos, surgen aladas o ápteras de la piedra, las maravillosas victorias, y tras el desastre se alza la Nike funeraria, que simboliza el sentimiento popular. De igual manera se fundía el bronce romano. Tras las guerras de Flandes se desborda la alegría en las telas risueñas de los geniales pintores de kermeses; y cuando acaba de pasar la débâcle francesa, los cuadros se encienden en odio al prusiano: se reconstruyen escenas heroicas, se rememoran actos sublimes, se pinta el sueño de la victoria, o el soldado que quema «el último cartucho». Entre todos los cuadros de esta exposición, fuera de una escena de hospital militar y ciertas sentimentales consecuencias de la campaña no parece que se supiese la historia reciente de la humillación y del descuartizamiento de la Patria. Esto tiene más clara explicación. La guerra fué obra del Gobierno. El pueblo no quería la guerra, pues no consideraba las colonias sino como tierras de engorde para los protegidos del presupuesto. La pérdida de ellas no tuvo honda repercusión en el sentimiento nacional. Y en el campo, en el pueblo, entre las familias de labradores y obreros, aun podía considerarse tal pérdida como una dicha: ¡así se acabarían las quintas para Cuba, así se suprimiría el tributo de carne peninsular que había que pagar forzosamente al vómito negro! El cuadro de historia casi no está representado; el retrato no abunda; en cambio, el paisaje y la marina se multiplican por todos lados. No es esto malo, pues se advierte que al ir hacia la naturaleza, hacia la luz, se mantiene la tradición. En conjunto, la exposición es mala. El viajero que al llegar a Madrid y sin haber visitado el Museo de Arte Moderno, quisiese darse cuenta de la pintura española contemporánea por lo que ahora se exhibe, saldría con una triste idea de la actual España artística. Recorríamos, con Carlos Zuberbühler, las salas llenas de cuadros, y no podíamos dejar de notar cómo en la más que modesta tentativa del Salón de Buenos Aires no se admitirían los estupendos asesinatos de dibujo, las obscenidades de color, los ostentosos mamarrachos que aquí un Jurado complaciente deja pasar y aun coloca en la cimaise. La cantidad es larga, lo poco de buena calidad se pierde entre el profuso amontonamiento de lo mediocre y de lo pésimo. Las firmas principales no han concurrido todas, y las que han venido al concurso lo han hecho con producciones ya expuestas y juzgadas, o con medianos esfuerzos. De seguro la razón de la esquivez está en el 1900 de París. Después de todo, quizá tengan razón; porque el estímulo de la tierra propia, como veis, es nulo; y el halago de París, atrayente, mágica flor de gloria segura.