No, no es éste el arte pictórico de la España de hoy. Con sus deficiencias y todo, el Museo de Arte Moderno puede considerarse como el Luxemburgo madrileño. Sé las quejas: que Raimundo Madrazo no tiene un solo cuadro en el Museo, ni Barbudo, ni Jiménez Aranda, y que lo que hay de Fortuny y de Domingo no es de lo mejor de estos artistas y que de Villegas no hay más que dos acuarelas; mientras que las medianías eminentes firman docenas de cuadros. Pero hay lo suficiente de Pradilla, de Casado, de Rosales, de Gisbert, de Moreno Carbonero, de Plasencia, de Muñoz Degrain, del admirable Haes, de Sorolla, para que el visitante se sienta bañado del maravilloso esplendor que brota de tanta riqueza solar, y reconozca que este don divino de la comprensión del día, fué dado a los pintores de España con singular generosidad. Casi no hay exposición europea en donde los medallados extranjeros no sean españoles. Los aficionados yanquis, las pinacotecas de Munich, de Londres, de Berlín, de Viena, adquieren a altos precios las pinturas españolas. Buena parte de los maestros emigran, abren sus estudios en centros donde cosechan más. Preguntaba yo a uno de los jurados de esta exposición, un colorista de gran mérito, Manuel Ruiz Guerrero, por qué no había concurrido a la fiesta de la cultura nacional con uno de esos cuadros suyos tan animados de cálidos tonos, tan prestigiosos, tan llenos de vida luminosa; y él, con aire de desencanto,—y con los baules listos para ir a dar un paseo por Buenos Aires—, me decía: «Y para qué?» À quoi bon? dicen los franceses. Y como Ruiz Guerrero, otros maestros, ante la indiferencia de sus compatriotas, buscan en extranjeros países lo que no hallan en la casa propia, o se retraen y dejan invadir las salas de las exposiciones por los kilómetros de tela que manchan las señoritas aficionadas y los facinerosos del caballete.
Después de recorrer estos salones, diríase que para los pintores españoles no existe el mundo interior. El mismo paisaje no es sino la reproducción inanimada de tierra, de árboles, de aguas, solitarios o con acompañamiento de figuras anecdóticas; sin que la secreta vida de la Naturaleza se presente una sola vez, y mucho menos el alma del artista, que contagiara con su íntima sensación al espectador atraído. «La realidad», se dice; y se nombra a Velázquez. Cierto, Velázquez pintaba la realidad; pero sus colores animaban no solamente rostros, sino caracteres; y con un bufón y un perro deja entrever todo un espectáculo histórico. Goya es realista; pero ese potente dominador de la luz y de la sombra ponía en sus creaciones, o en sus copias de lo natural, quíntuple cantidad de espíritu. Sus incursiones al bosque misterioso de las almas humanas le daban su singular dominio. Los escultores actuales son alabados por sus tangibles condiciones de realismo: «¡Cuánta anatomía saben!» Hacen huesos, nervios, gestos, contracciones que dejen campo a estudios de esqueleto o de musculatura; pero no hacen carne, no hacen vida, no hacen pensar, como las figuras de Trentacoste o Bistolfi, para no citar franceses, en la circulación de una sangre maravillosa bajo la epidermis de mármol o de bronce.
Entre lo expuesto hay regular cantidad de grandes machines, y en casi todas un lujo de tubos se desborda, una agrupación de todas las charangas de los ocres y de los rojos, un desborde de azules, el estrépito de las chirimías y gaitas de la paleta, con sacrificios de dibujo, incomprensión de valores y relaciones, y tristeza de composición. Mas aquí y allá, busca buscando, se encuentra lo de mérito, y algo diré de ello, en cuanto me ayuden mis notas asidas al paso en mis visitas.
Uno de los clous de la exposición es un cuadro de Raurich, que desde luego atrae por su originalidad y su vigor. Es un gran mazizo de tierra asoleada en primer término, una pequeña altura en cuya falda medran unos cuantos chaparros cuya sombra mancha de violeta oscura el terreno reseco. En el fondo se divisa un azulado monte; y a la derecha, en choque violento, con el amarilloso tono de la tierra, el mar al sol, de un azul ofensivo, se deja ver, espumante en las olas que llegan a la costa. La gran masa está plantada con hermosa osadía, y se calca en el cielo soberbiamente; los detalles se avaloran con el atrevimiento de la pincelada, que en veces diría espatulazo, toques espesos de un relieve insolente, pero Raurich, a quienes le censuren por esto puede decir lo que Rembrandt a los que notaban el espesor de su pincelada al marcar los puntos luminosos: «Yo soy pintor y no tintorero». Y agregaba, a los que hacían tales observaciones de cerca, a los que no sabían mirar, apreciar esos toques de lejos: «Un cuadro no se hace para ser olido; el olor del aceite es dañoso». Y encuentro esta tela admirable, y tan solamente observaría que el mar no tiene perspectiva y aparece como falto de nivel.
Sorolla presenta una tela meritoria, Componiendo la vela, en la cual habría que señalar al par que las condiciones de color, que acreditan a este pintor, y su estudio del movimiento, la nimiedad en la rebusca de un efecto como el atigrado de luz y sombra que produce el sol al pasar entre las hojas. Por otra parte, sus figuras, muy bien hechas, tienen ojos que no miran, gestos que no dicen nada, es un mundo de verdad epidérmica, de realidad por encima. Esto mismo digo de los personajes de su escena de mar, El Almuerzo a bordo: en el ancho bote, bajo las velas, unos cuantos marineros toman su alimento en la fuente común. Maneja Sorolla con habilidad el claroscuro; los tipos están bien agrupados, la inevitable «realidad» está conseguida.
Moreno Carbonero ofrece una nueva escena del Quijote, la aventura con el vizcaíno. Cervantes ha tenido un sinnúmero de intérpretes, desde antiguos tiempos. Cuando en el castillo de Fontainebleau, Dubois pintaba las aventuras de Teágenes y Cariclea y Le Primatice interpretaba a Homero, en el de Cheverni Jean Mosnier se dedicaba a la historia de Astrea y a las aventuras del ingenioso Hidalgo manchego. Más tarde, Charles Coypel se apasiona por este mismo asunto, al cual Pater y Natoire se aplicarán también y consagrarán dibujos Tremolières y Boucher. Esto solamente en Francia. Otros artistas de Europa, especialmente los ingleses, se han complacido desde antaño en tales asuntos, hasta el fuerte y noble Frank Brangwyn con sus recientes ilustraciones del Quijote de Gubbin. Pocos, sin embargo, han logrado ser visitados por el verdadero espíritu de Cervantes. En España un maestro como Moreno Carbonero ha intentado la evocación, pero creo que sus propósitos de excesiva verdad le han alejado de la intención cervantesca. No hay que olvidar que Don Quijote es la caricatura del ideal; pero siempre en un ambiente de ideal. Desde luego, y con todo y haber dejado un dibujo verbal perfecto de su héroe Cervantes, no puede uno reconocer a Don Alonso Quijano el Bueno, al Caballero de la Triste Figura, en la mayor parte de las encarnaciones de los pintores y escultores. A propósito, hay en esta misma exposición una serie de ilustraciones de Jiménez Aranda, muy notables como dibujo, pero que no tienen nada de personajes cervantescos; esos Quijotes y esos Sanchos son un Juan y un Pedro de cualquier parte, vestidos para representar un papel. Moreno Carbonero me manifestaba una vez que para Sancho había encontrado un modelo en la campaña manchega. El de Don Quijote sería un precioso hallazgo. Pero luego habría que agregar al modelo el alma del andante caballero, animarle con una chispa que no se encuentra a voluntad cuando no es el genio el que impera.
La intelectualidad de Moreno Carbonero no es para discutirla; y en este cuadro impone su sabiduría de colorido, su impecabilidad de factura; pero Don Quijote tampoco es Don Quijote, aunque Sancho sea Sancho. Los otros personajes quedan tan alejados en su término, que casi no dicen nada, y el episodio pierde con esto su mayor interés. Cuando Pierre de Hondt alababa los Quijotes de Coypel no dejaba de hacer notar el valor del acompañamiento, de los personajes secundarios que siempre ayudan a la animación del suceso. No he de olvidar dejar anotado que la sensación de la árida Mancha está dada por el artista de modo magistral. Es éste el terreno reseco que recorrieron Rocinante y el rucio con sus dos inmortales jinetes. La conciencia de la indumentaria y la resurrección de la época son completas; pero repito mi pensar: tanta realidad hace daño a la idealidad del tipo, a lo, por decir así, grotesco angélico que hay en el héroe que Cervantes creara con tanto amor y amargura.
Salus infirmorum de Menéndez Pidal sale de la pura realidad, para ofrecernos una dulce impresión de fe, una escena de suave religiosidad. Un pobre padre lleva ante el altar de la Virgen un niño enfermo. A su lado ora la madre enlutada. El sacerdote, de sobrepelliz y estola, acompañado del pequeño monago reza también por el enfermito. Esto es verdad, es realidad, pero hay asimismo una entrevisión de más allá, sopla un aire suave de misterio, y se siente que esas almas humildes recibirán su bien de Dios. ¡Cuán otra La Herencia del Héroe del Sr. Suárez Inclán, de un sentimentalismo ocasional, de forzada factura; escena de comedia para la Tubau, dolor sin verdad! Verdad e intención, sí, se advierten en la tela de Santamaría, El Precio de una madre: la familia rica que va a llevarse a la joven nodriza, de la campaña a la ciudad; y el marido que se queda con el chico propio y la primera paga no muy satisfecho, mientras su mujer, buena moza de ricas ubres rurales, se le va con el muchacho ajeno. Este cuadro y un alto relieve de Mateo Inurria, La Mina de carbón, son de las muy raras notas que hagan pensar en un arte socialista en la exposición presente.