LA FIESTA DE VELÁZQUEZ

15 de junio de 1899.

Floja, muy flojamente se han celebrado las fiestas del «pintor de los reyes y rey de los pintores». Cuando el centenario de Calderón, hubo inusitadas pompas y agitaciones académicas que hicieron murmurar a Verlaine en un soneto. Es verdad que la España de entonces no estaba en la situación actual; pero, con todo, a España no le ha faltado nunca ganas y dinero para divertirse; y don Diego de Silva Velázquez bien valía una verbena. Por Rembrandt acaba de hacer relucir todas sus alegrías Holanda, presididas las fiestas por la «naranjita» real à croquer, Guillermina. Aquí el Gobierno ha hecho poca cosa, y el entusiasmo de los artistas no ha podido suplir todo. Inauguración de la Sala Velázquez en el Museo del Prado; recepción en Palacio, inauguración de la estatua obra de Marinas; y se acabó. Tiempo hubo de sobra para realizar algo digno de la ilustre memoria, y con un poco de buena voluntad se hubiese rendido el tributo justo a quien con Cervantes lleva el nombre de España a lo más alto de la gloria universal. Inglaterra envió a sir Edward J. Poynter, Francia a Carolus Durán y a Jean Paul Laurens—todos caballeros cubiertos delante de Velázquez—. Todos tres, el día en que se descubrió la estatua, saludaron al maestro antiguo y al arte que une los espíritus de todos los climas y razas en la misma luz y adoración imperiosa. En la Sala de Velázquez se ha reunido todo lo suyo existente en el Museo; y al cuadro de «Las Meninas», se le ha colocado de manera que triplica la ilusión.

¡Famoso empeño, descubrir a estas horas al gran pintor! No es mi intención haceros un largo capítulo en que no hallaríais nada nuevo; antes bien y a mucho andar, algún extracto de lo que con mayor prolijidad y competencia podéis aprovechar en Justi o en Stirling, en Madrazo o en Lefort, en Curtis o en Michel o en la reciente obra monumental que ha dado al público Beruete con prólogo de Bonnat. Pero mi buena suerte ha hecho llegar a mis manos un libro casi desconocido, que se ha puesto a la venta, a pesar de estar impreso desde 1885; me refiero a los Anales de la vida y obras de Diego de Silva Velázquez, escrito con ayuda de nuevos documentos por G. Cruzada Villaamil. Madrid, librería de Miguel Guijarro. Y de este libro, sí, os diré algo, aprovechando la ocasión. El año de 1869, el autor, por cargo oficial que a la sazón desempeñaba, tuvo oportunidad de registrar el archivo del Palacio Real de Madrid, y entre papeles e inventarios del tiempo de Felipe IV y su hijo, encontró gran número de documentos de alto interés, referentes a Velázquez. No dejó de observar que otra mano había andado por ahí antes que la suya, la cual mano extrajo buena cantidad de papeles valiosísimos. En posesión de esos documentos, y los que luego consiguió en Simancas y en el archivo histórico nacional, nutrido de buena, aunque escasa bibliografía velazquina, y armado de su experiencia de crítico de arte, el señor Cruzada Villaamil dió comienzo y fin a su obra, que dedicó al rey Don Alfonso XII, por haber este monarca apoyado su empresa. Muertos ya Don Alfonso y el autor, se dió fin a la impresión del libro, y, creo que por causas de testamentaría, u otro motivo judicial, es el caso que los pliegos, todavía sin encuadernar, yacen en su depósito. De esos pliegos sueltos es el ejemplar que está en mi poder, el cual debo a la amabilidad de un distinguido caballero de la Corte.

En estos Anales se nos presenta a Velázquez en su vida y en sus obras, sencilla y claramente, al paso de los días. Es un arsenal precioso para el Taine o el Ruskin de más tarde. El señor Cruzada Villaamil escribía sin dificultad y sin estilo, o más bien, su prosa es de esa prosa académica que por tan largo tiempo ha subsistido entre estos escritores, a largas circunvoluciones de períodos, cansadora, monótona, pesada. Pero la carta, la anécdota, el documento, interesan y atraen. Comienza la obra con una exposición del estado de la pintura en el reinado de los Felipe II y III, y resaltan las figuras del «divino» Morales, el mudo Navarrete, Sánchez Coello el portugués, Carvajal Barroso y Pantoja, mientras en Italia se alza la soberana persona del viejo Ticiano, quien no dejó de ser aprovechado por el Segundo Felipe y pintó para el Escorial «El Martirio de San Lorenzo» y la «Santa Cena». Felipe III no impulsa tanto el arte, aunque artistas italianos que residían en España prosiguiesen en su labor continua. Este período tiene, no obstante, de notable la llegada de Rubens, enviado por el duque de Mantua a Valladolid. Curiosa es la nomenclatura de los regalos que traía el flamenco: «para Su Majestad una hermosa carroza tallada—que el señor Villaamil cree sea la que hoy se conoce en las reales caballerizas como el coche de doña Juana la loca,—con sus caballos; doce arcabuces, de ellos seis de ballena y seis rayados; y un vaso de cristal de roca lleno de perfumes. Para la condesa de Lemus, una cruz y dos candelabros de cristal de roca. Para el secretario Pedro Franqueza, dos vasos de cristal de roca y un juego entero de colgaduras de damasco con frontales de tisú de oro. Veinticuatro retratos de emperatrices para don Rodrigo Calderón, y para el duque de Lerma un vaso de plata de grandes dimensiones, con colores, dos vasos de oro y gran número de pinturas, que consistían en copias, mandadas sacar en Roma al pintor Pedro Facchetti, de los cuadros más preciados de aquel tiempo». La opinión que Rubens tuviera de los pintores españoles en tal momento es digna de notarse. Él escribía al secretario del duque de Mantua, Iberti, que el duque de Lerma «quiere que en un momento pintemos muchos cuadros, con ayuda de pintores españoles. Secundaré sus deseos, pero no los apruebo, considerando el poco tiempo de que podemos disponer, unido a la miserable insuficiencia y negligencia de estos pintores, y de su manera—a la que Dios me libre de parecerme en nada—absolutamente distinta de la mía». Y en otra parte: «El duque de Lerma no es del todo ignorante de las cosas buenas; por cuya razón se deleita en la costumbre que tiene de ver todos los días cuadros admirables en Palacio y en El Escorial, ya de Ticiano, ya de Rafael, ya de otros. Estoy sorprendido de la calidad y de la cantidad de estos cuadros, pero modernos no hay ninguno que valga». Rubens partió, y acaeció el incendio de El Pardo, en donde se perdieron tesoros pictóricos. Así el reino de Felipe III concluye para la vida artística.

Felipe IV fué el rey artista: escritor, pintor, actor, algo tenía entre las paredes del cerebro de lo que hoy anima las aficiones y bizarría de Guillermo de Alemania. Los pintores, tanto como los poetas, fueron protegidos, y entre todos, el fuerte Velázquez no cesa en su labor. Los retratos se multiplican, y son sus modelos desde las princesas hasta los bufones y los perros. No dejó la malquerencia de visarle, la envidia de morderle. El monarca, no obstante, le sostuvo en su favor. Lo cual regocijaba al buen Francisco Pacheco que viera los comienzos de su amado don Diego, allá en su obrador de Sevilla. Es de interés la descripción de la casa de Pacheco en donde se reunían escritores, poetas, artistas de toda especie, a charlar y discurrir; no faltó a tales reuniones cierto manco que creara cierta novela inmortal.