Tanto quiso Pacheco a don Diego, que le dió su hija por mujer. «Después de cinco años de educación y enseñanza, le casé con mi hija, movido de su virtud, limpieza y buenos portes, y de las esperanzas de su natural y grande ingenio». «Y porque es mayor la honra de maestro que la de suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quería atribuir esta gloria quitándome la corona de mis postreros años». Página misteriosa es la de los amores de Velázquez. Quizá su matrimonio fué hechura exclusiva de su maestro, sin que la pasión tuviera la menor parte. Influído por Tristán y por lo tanto por el Greco, afianzóse el artista en su vigor de colorido, al brillo de la gloriosa luz veneciana. Es en 1622. Velázquez va a visitar El Escorial, y para ello parte para la Corte con buenas recomendaciones y con el encargo de hacer el retrato de Góngora. Con buen viento llega, y le reciben sus paisanos los andaluces, entre los cuales estaba la alta influencia del conde-duque de Olivares. De allí a poco, hace el retrato del rey. En este orden siguen los años que duró la vida del pintor, con gran copia de documentos, con cartas curiosas; con papeles en los cuales se ve que no era muy envidiable el puesto de Velázquez en Palacio, a pesar de todo lo que entonces era considerado como una honra. Al artista se le concedió la comida palaciega en esta forma: «Diego Velázquez, mi pintor de Cámara, he hecho merced de que se le dé por la despensa de mi casa una ración cada día en especie como la que tienen los barberos de mi cámara, en consideración de que se le debe hasta hoy de las obras de su oficio que ha hecho para mi servicio; y de todas las que adelante mandare que haga, haréis que se note así en los libros de la casa. (Hay una rúbrica del rey). En Madrid, a 18 de septiembre de 1628.—Al conde los Arcos, en Bureo».

Como ésa hay otras tantas llamativas notas en el grueso volumen del señor Villaamil; y en cuanto a la parte de la obra artística, análisis de los cuadros, legitimidad de algunos dudosos, y otros puntos de esta especie, dicho libro es de aquellos que no deben faltar en la biblioteca de un Museo, o de un artista estudioso; y es una lástima que no se ponga a la venta, por las razones que dejo expuestas anteriormente.

Quise hablar con sir Edward J. Poynter pero no me fué posible encontrarle. En cambio, puedo transmitir mis impresiones de una entrevista con Jean Paul Laurens y Carolus Durán. Son dos tipos completamente opuestos. Laurens es el hombre de labor, el artista austero y consagrado a su ideal de una manera tiránica. Durán es el elegante pintor de los salones, el retratista de las princesas de la aristocracia y de las princesas plutocráticas de los Estados Unidos... No hay que negar su habilidad suma, sus dotes de ejecución, su colorido, su dibujo, las condiciones todas que le han llevado a la presidencia de la Sociedad de Artistas Franceses, y a la fama universal y a la fortuna. Han pasado escuelas modernísimas y tentativas varias delante de su inconmovible invariabilidad. Carolus Durán ha sonreído de todo, y, comprendiendo su tiempo, sigue la corriente.

Su cabeza es la hermosísima cabeza de un Lohengrin adonjuanado; el cuerpo, elegante, a pesar de la imposición del vientre en lucha con la gimnasia y con la esgrima. La melena y la soberbia barba, nevadas de días y noches de buena vida; el ojo perspicaz y voluptuoso, como la boca; el gesto principesco. Carolus Durán, munido de su indispensable y parisiensísima pose, es un hombre encantador. Me habló de Velázquez, de la pintura española, todo esto en español, pues lo habla correctamente, aunque de cuando en cuando le falta el vocablo. Le hablé de Buenos Aires. «Buenos Aires...» Conoce poco. Lo que él conoce es Nueva York. ¡Ya lo creo!... No obstante, sabía que en Buenos Aires está la «Diana» de Falguière y que la ciudad tiene cerca de un millón de habitantes. Nuestros ricos sudamericanos, decididamente, debían acordarse algo más de que es preciso tener un retrato de Carolus Durán.

Jean Paul Laurens parece al pronto un hombre seco y hasta adusto. Y debe tener muy temerosa idea de los periodistas, pues antes de serle presentado por Ruiz Guerrero, apenas me contestaba una que otra palabra. Luego—fué en el Círculo de Bellas Artes—, se abrió, en la más grata franqueza, sonriendo amablemente su dura cabeza de apóstol. Me habló también del arte español y de Velázquez, y me hizo un curioso croquis verbal de su compañero y amigo Carolus Durán, con quien había estado en oposición, «pero siempre en la nobleza y altitud del arte». «Buenos Aires. Sí. ¿Conoce usted a Sívori? He ahí uno que tiene algo dentro de la cabeza. Pero, pauvre garçon! ¿qué hace por allá? Là-bas es imposible todavía hacer arte. ¿Es usted amigo suyo? Dígale que no haga pintura para cocineras. Hay que hacer arte por dentro, para uno mismo, en la independencia del provecho y de la moda. En América no se entiende de ese modo, ¿no es así? Mucho industrialismo artístico; y así se pierden los talentos y las disposiciones que da la Naturaleza. Dígale usted a Sívori que dice su maestro Laurens que haga arte por dentro, y que no se cuide de cuadros para la cocina».

Traduzco al pie de la letra, hasta donde puede permitirlo el vuelo de la conversación.

Volví a verle.

El Círculo de Bellas Artes dió una fiesta íntima, por decir así, a los artistas extranjeros.

Almorzamos bajo un toldo, al amor de altos árboles, en el jardín del Círculo, casi desecho hacía pocos días por el más formidable de los pedriscos de que hay memoria en Madrid. Los vinos españoles animaron la fiesta, y se comió al aire libre, al son de una orquesta de guitarras. Jean Paul Laurens sonreía en su gravedad bajo sus espejuelos; Carolus Durán llevaba el compás de los tangos y de las seguidillas y sevillanas. Cuando el poeta Manuel del Palacio ofreció la fiesta, ya se oía por allí el ruido de las castañuelas de las bailaoras. Habló Durán, en español; brindó Laurens, que estrechó la mano al joven Marinas, el de la estatua. «¡Yo me complazco en descubrirle!» dijo. En un instante, tras el champaña, ya estaba la tarima puesta para la pareja del baile. Eran dos muchachas; la vestida de hombre, con el ceñido incitante calipigio, morena; la otra blanca, con admirables ojos y cabellos obscuros. Bailaron, pero antes de que comenzasen ellas al grito de las guitarras, Carolus Durán se puso a esbozar unas sevillanas, con levantamiento de pierna y meneo de caderas que no había más que pedir. Primero todos nos quedamos abasurdidos, como diría Roberto Payró; pero después, no pudimos menos de decir: ¡ole! Jean Paul Laurens sonreía. Sir Poynter no estaba en la fiesta. Si llega a estar, nadie le quita de sus británicos labios un irremediable shocking!

Bailó, pues, la pareja de danzantes de oficio; mas había una nota de color que ya había llamado la atención de los extranjeros: una familia de gitanos. El viejo, bien preparado, con disfraz de guardarropía, modelo de Doré, para no dejar perder la influencia del «color local», obstentaba desde el calañés hasta la faja imposible y la chaquetilla fabulosa, y el bastón de enorme contera. La vieja gitana, de ojos de cuencas negras; y las gitanillas, tan cervantinas como antaño, una de doce, una de quince, otra de veinte años. Cuando la pareja de baile cesó, llegaron los gitanos. Bailaron todas las hembras, pero las dos menores se llevaron la palma. Sobre todo la más chica, que bailaba, según el decir de Carolus Durán, «como una princesita rusa». Bailaba en efecto maravillosamente. Era el son uno de esos fandangos en que se va deslizando el cuerpo con garbo natural y fiereza de ademán que nada igualan, en una sucesión de cortos saltos y repique de pies, en tanto que la cara dice por la luz de los ojos salvajes, mil cosas extrañas, y las manos hacen misteriosas señas, como de amenaza, como de conjuro, como de llamamiento, como en una labor aérea y mágica. Todo en un torbellino de sensualidad cálida y vibrante que contagia y entusiasma, hasta concluir en un punto final que deja al cuerpo en posición estatuaria y fija, mientras las cuerdas cortan su último clamor en un espasmo violento. Después fué otra danza en que la zingarita triunfó de nuevo. Ágil, viva, una paloma que fuera una ardilla, moviendo busto y caderas, entornando los párpados no sin dejar pasar la salvaje luz negra de sus ojos en que brillaba una primitiva chispa atávica, se dejaba mecer y sacudir por el ritmo de la música, y dibujaba, esculpía en el aire armonioso un poema ardiente y cantaridado al par que traía a la imaginación un reino de pasada y luminosa poesía. Entonces se daba uno cuenta del valor de sus trajes abigarrados, sus rojos, sus ocres, sus garfios de cabello por las sienes, sus caras de bronce, sus pupilas de negros brillantes. Sonreían como si embrujasen; sus dedos sonaban como castañuelas.