Carolus Durán puso dentro del corpiño de la gitanilla un luis de oro.


LA CUESTIÓN DE LA REVISTA
LA CARICATURA

En España, como entre nosotros—¡es un triste consuelo!—, no se ha llegado todavía a resolver el problema de la revista. Es singular el caso que aquí, en donde se ha contado con elementos a propósito desde hace largo tiempo, acaezca a este respecto lo propio que en nuestros países de progreso reciente. España no cuenta en la actualidad con una sola revista que pueda ponerse en el grupo de los «grandes periódicos» del mundo; no existe lo que llamaremos la revista institución—Revue des Deux Mondes, Nuova Antologia, Blackwood's o North American Revue. La España Moderna, que podría ocupar el puesto principal, se sostiene gracias al cuidado y entusiasmo de su propietario el señor Lázaro. No faltan los escritores de revistas, y la prueba es que las revistas extranjeras tienen colaboradores españoles de primer orden—; he encontrado principalmente a Ramón y Cajal, el eminente sabio que acaba de partir a los Estados Unidos a dar conferencias, llamado por una de las mejores universidades; a Salillas, el antropólogo; y a un escritor cuyo nombre en Europa, en el mundo del estudio, es bien conocido: Rafael Altamira, profesor de la Universidad de Oviedo.

¿Cuál es la causa de que en España no prospere la revista? Primeramente, la general falta de cultura. En Inglaterra, o en Francia, no hay casa decente en donde no se encuentre una de esas publicaciones condensadoras del pensamiento nacional y reflectoras de las ideas universales. Para el parisiense de cierta posición, de atmósfera, llamémosla así, «senatorial», burgués de cualquier profesión elevada, propietario que se receta sus lecturas, o buen varón de la nobleza, la Revue des Deux Mondes es una costumbre, o una necesidad. No hablaré, además, de tales o cuales revistas pertenecientes a estas o aquellas agrupaciones, políticas o religiosas; son legión. Albareda, que realizó aquí los esfuerzos que en Buenos Aires los señores Quesada, tuvo que ver la lamentable desaparición de su obra, y, si no ha acontecido lo mismo al señor Lázaro, es porque lucha bravamente contra todo peligro. Las tentativas han sido muchas desde hace largos años, en este siglo, que entre tantas peregrinas cosas, es el siglo de la revista. El Teatro Crítico del padre Feijóo, puede muy bien considerarse en el siglo XVIII como una gran revista española, en cierto sentido; en la centuria actual la crítica de revista se cristaliza en Fígaro, aunque sean muy anteriores a los escritos de Larra algunas otras publicaciones que se asemejan al tipo de la revista. Si no tan antiguo como el francés, hubo en la corte española un viejo Mercurio. Asimismo, otras publicaciones periódicas y en forma de folleto que, a la manera del Teatro Crítico del padre Feijóo, eran redactadas por un solo escritor. Entre las muchas revistas o semirevistas de aquel tiempo, he de citar, aunque sin orden cronológico, además del Mercurio, El Censor, El Pensador matritense, El Correo de los Ciegos, El Pobrecito Hablador, de Larra, el Semanario Pintoresco, el Museo pintoresco, la Revista Española, la Revista Mensajero, El Laberinto, de Antonio Flores y Ferrer del Río, La lectura para todos, el Periódico para todos, El Museo Universal, La Ilustración de Madrid, la Revista Española de Ambos Mundos, la Revista Ibérica, la Revista Hispanoamericana, La Abeja, de Barcelona, La Revista de Ciencias, Literatura y Arte, de Sevilla, la Minerva, o el Revisor General, El Criticón, de Bartolomé Gallardo, la Crónica Científica y Literaria, el Almacén de Frutos literarios, la Miscelánea, las Cartas Españolas, la Lectura para todos, la Revista de Madrid y El Europeo de Aribau. Entre las que he citado, muchas han sido ilustraciones, magazines, del tipo de revista para familias, variadas e ilustradas a la manera del antiguo Magasin pittoresque, de París. Las hubo que tenían un carácter puramente literario y científico; algunas, como La Abeja, se limitaron a ofrecer traducciones de varios autores extranjeros, especialmente alemanes, y no pocas intentaron producir un movimiento intelectual elevando el nivel de cultura, sin conseguirlo por desgracia.