Las últimas revistas, puramente tales, en forma de cuadernos, tipo Revue des Deux Mondes, que lucharon con todo heroísmo, fueron la Revista de España, fundada por don José Luis Albareda, y la Revista Contemporánea. La de Albareda contaba con colaboradores de primera línea, con las autoridades de la época, como don Manuel de la Revilla y don Juan Valera en lo referente a la crítica; pero poco a poco fué perdiendo su interés, disminuyó la colaboración, y el público, que no necesita mucho para proteger su pereza cerebral, abandonó las suscripciones. La Revista Contemporánea fué creada por don José del Perojo. Era una publicación más científica y filosófica que de literatura y arte. Al lado de importantes trabajos españoles, se insertaban traducciones de autores en boga. Allí se publicó la primera novela rusa que haya aparecido en España, una de las mejores de Turgenev: Humo. También la Revista Contemporánea fué paso a paso enflaqueciendo, por falta del apoyo público. Dirigióla por algún tiempo don José de Cárdenas. Es seguro que el motivo del decaimiento estribó en lo que por lo general causa la muerte de las revistas. Los que las dirigen, por pobres tacaños, quieren henchir el cuaderno con trabajos que no les cuestan dinero, y recurren a la falange de los grafómanos que hacen fluir gratis los productos de sus inagotables sacos; reunen suscriptores entre sus amigos y conocidos, que por fin se cansan de la continua bazofia, y rompen, a veces con la amistad, el recibo de la suscripción. Nada más grotesco que el director de una publicación que cuenta para ella «con sus amigos». La Revista Contemporánea está dirigida hoy por don Rafael Álvarez Sereix, y está bastante mejor que en tiempo de Cárdenas; pero según tengo entendido, se produce también por colaboración espontánea, sin redactores ni colaboradores fijos, interesados en su mantenimiento y progreso.
La Revista Hispanoamericana se fundó con muy buenos propósitos, pagaba con esplendidez los trabajos; pero no supo el director conducirla, faltó buena administración en el sentido de la propaganda; no encontró eco, por lo tanto, y murió no sin costarle a su editor varios miles de duros. La Revista Mensual tuvo corta vida y estaba hecha à l'instar de la Revue générale de Bruselas. El Ateneo, con excelentes elementos, se fundó para publicar las conferencias, discursos, etc., dados en el Ateneo de Madrid. No interesó, a pesar de su material de importancia. La América, de Eduardo Asquerino, con colaboración americana, en un inaudito cafarnaum, pletórica, concluyó igualmente. La España Moderna comenzó con bríos y colaboración española escogidísima. Luego se aumentó con la Revista Internacional que dió a conocer a muchos autores extranjeros; pero la Revista Internacional concluyó muy pronto, y la España Moderna, como lo he manifestado ya, con una suscripción relativamente escasa, se sigue publicando gracias al loable desinterés de su director y dueño don José Lázaro. La Revista crítica de Historia y Literatura españolas, portuguesas e hispanoamericanas, tuvo un brillante aparecimiento, con colaboración de primer orden, nacional y extranjera, en que resaltaban especialistas tan eminentes como Menéndez y Pelayo y Farinelli. Esta revista continúa, dirigida por don Rafael Altamira; pero paréceme que lleva una vida lánguida y que no aparece con la regularidad que sería de desear.
Ha habido algunas revistas interesantes, de ramos especiales, y entre las de derecho y administración se distinguió una publicada por don Emilio Reus, la Revista de Legislación y Jurisprudencia. Todas las corporaciones científicas, de ingenieros, arquitectos, militares, etcétera, publican órganos especiales que, por lo general, dan pobre idea de la cultura del elemento oficial. Casi siempre, no se encuentran sino indigentes reflejos del saber fundamental de otras naciones. Exclusivamente de arte, ya sea a la manera de la Gazette des Beaux Arts, o a la manera del Studio, o sus similares alemanes, no existe ninguna.
Las revistas independientes, producidas por el movimiento moderno, por las últimas ideas de arte y filosofía, y de las que no hay país civilizado que no cuente hoy con una, o con varias, tuvo aquí su iniciación con Germinal, de filiación socialista, apoyada por lo mejor del pensamiento joven. Murió de extremada vitalidad quizás... Demás decir que en Cataluña, sí, hay revistas plausibles, que, más o menos, dan muestra de la fuerza regional, como L'Avenç, Catalunya, Revista Literaria y La Renaixensa. Vida Nueva, con formato de diario, es una especie de revista semanal, y es de lo mejor que se publica en Madrid. Revistas puramente intelectuales e independientes, al modo de Mercure de France, Revue Blanche o La Vogue, de París, del Yelow Book; o el Savoy, de Londres, la Rasegna, de Milán, Chap Book o Bibelot, de los Estados Unidos, Revista Moderna, de México, o Mercurio de América y El Sol, de Buenos Aires, no hay más que una, a la manera de La Vogue o de la antigua Revue Indépendante, de París, la Revista Nueva. Es ciertamente extraño que, existiendo un grupo de escritores y artistas que sienten y conocen, así sea incipiente y escasamente el arte moderno, no hayan tenido un órgano propio. Creo que la causa de esto se basa en el carácter de la juventud literaria, en lo general poco amiga del estudio y sin entusiasmo. La Revista Nueva se propone reunir todos esos elementos dispersos, y desde luego cuenta con varias firmas de las más cotizables en literatura castellana actual. Ha tenido la dirección el buen talento de no hacerla sectaria ni aislada en un credo o bajo un solo criterio. Pueden caber en ella y caben los versos de los que intentan una renovación en la poesía castellana y los versos demasiado sólidos del vigoroso pensador señor Unamuno; los sutiles bordados psicológicos de Benavente y las paradojas estallantes de Maeztu; los castizos chispazos de Cávia y las prosas macizas de Unamuno, que valen más que sus versos, aunque él no lo crea. Además, la Revista Nueva está en relación con Europa y América, y su colaboración aumenta cada día. Quiera Dios que no vaya, también, una buena mañana, a amanecer atacada de la enfermedad mortal de las revistas.
Las ilustraciones no son pocas en España, y entre ellas van a la cabeza la antigua Ilustración Española y Americana, fundada por don Abelardo de Carlos, y la Ilustración Artística, de Barcelona. La Ilustración Española y Americana está asentada sobre inconmovibles bases, entre las primeras del mundo. Sus redactores son de por vida, como el invariable Fernández Bremón, o el que fué don Peregrín García Cadena. Su forma, sus grabados, la colocan en el grupo de L'Illustration, de París, Illustrated London News, Graphic y sus semejantes de Berlín, Roma, Munich o Nueva York. Con los progresos del fotograbado, ha disminuído un tanto la aristocracia de sus viejos grabados en madera, que alternan hoy con el inevitable clisé de actualidad. Aunque su plana mayor se compone de escritores veteranos, tiene campo abierto para las manifestaciones del pensamiento nuevo, como se sepan guardar «las conveniencias», pues hay que recordar que si La Ilustración Española y Americana es popularísima, no deja por eso de ser el periódico preferido de las clases altas, y eso tanto en España como en la América española.
La Ilustración Artística, de Barcelona, viene en seguida, y se distingue por su preferencia de los asuntos artísticos, fiel a su nombre. Uno de sus colaboradores fijos es doña Emilia Pardo-Bazán.
Los Estados Unidos han enseñado al mundo la manera como se hace un magazin conforme con el paso violento del finisecular progreso. Los adelantos de la fotografía y el ansia de información que ha estimulado la Prensa diaria, han hecho precisos esos curiosos cuadernos que periódicamente ponen a los ojos del público junto al texto que les instruye, la visión de lo sucedido. El Blanco y Negro va aquí a la cabeza; luego vienen la Revista Moderna, El Nuevo Mundo y algunas otras como el Álbum de Madrid, que publica retratos de escritores y artistas, artículos literarios y poesías. El Blanco y Negro es muy parecido a nuestro Buenos Aires o a Caras y Caretas, con la insignificante diferencia de que posee un palacio precioso, tira muchos miles de ejemplares y da una envidiable renta a su propietario el señor Luca de Tena. En Barcelona hay varias revistas como Barcelona Cómica más o menos literarias y artísticas; y La Saeta, periódico picante por sus fotograbados, por lo común desnudos, poses de malla o camisa, género Caramán Chimay y aun más pimentados.
La caricatura tiene por campo una o dos páginas de cada «almacén» o revista ilustrada. Casi siempre, la política y la actualidad es lo que forma el argumento. Pero no existe hoy un caricaturista como el famoso Ortego, por ejemplo. Como todo, la caricatura ha degenerado también. Ortego, me decía muy justamente el señor Ruiz Contreras, director de la Revista Nueva, ha sido el rey de la caricatura en España; ninguno de los otros puede compararse con él; él creó la semblanza de todos los políticos y monarcas, de todos los personajes de la revolución; él hizo a Montpensier imposible, con una caricatura. Si analizáramos la influencia que ha tenido Ortego en el porvenir de la Nación, nos horrorizaríamos. En este pueblo impresionable, una nota se agiganta y se hace un libro, un chisme se transforma en historia y una calumnia en débâcle inmensa. Más daño que todos sus enemigos le hicieron a Montpensier las caricaturas de Ortego, ¿fundadas en qué? Pues en que Montpensier tenía una huerta de naranjas. «El rey naranjero». Esto bastó para desacreditarle. Como bastó, para hundir a don Carlos, pintarle un día rodeado de bailarinas y sacripantas. Ortego, además de su intención profunda, tuvo una ventaja sobre todos, y es que dibujaba maravillosamente. Solía también encontrar en el personaje un rasgo fisonómico para su caricatura, y acertaba tanto en la elección, que no era posible ninguna variante. Su Narváez, su Prim, su Sagasta, su Isabel II, son inolvidables. Asimismo se dedicó mucho a la caricatura de costumbres, en la que hizo prodigios. En esto era un inmediato descendiente de Gavarni. El pueblo de Madrid, con sus toreros, con sus curas, con sus manolas, sus majos, sus cursis, sus hambrientos, sus oficinas, sus teatros y sus verbenas, aparece y resucita en los dibujos de Ortego, que son para el historiador un documento de grandísima importancia. Hace algunos años se reunieron los dibujos de Ortego en álbumes especiales, pero la publicación, con ser de tanto interés para todos, no se hizo popular. El público estaba distraído con otra cosa.
Luque, Padró, Perea y Alaminos han hecho casi solamente, la caricatura política. Menos hábiles en el dibujo, buscaban la intención en las ideas; sus caricaturas tienen más bilis que lápiz; demuestran sus odios políticos más que su arte. Iban sólo a hacer daño; más que revolucionarios de su tiempo, eran anarquistas. Destruían con el ridículo, aumentándolo, inventándolo a veces. Perea se dedicó luego a la especialidad de toros y sus dibujos de La Lidia han circulado por todo el mundo. Sojo ha sido también un político de lápiz; dibuja poco: todo el interés de su obra se basa en el pensamiento. Cilla y Mecachis explotan por algún tiempo la crítica de costumbres. Cilla inventa los personajes, mucho más que los toma de la realidad; ha creado varios tipos que repite constantemente. Así ha hecho Mars en París. Cilla es en el dibujo en España algo como López Silva en sus versos. Nada más alejado de la verdad, nada más falso que los chulos de López Silva, a quien llaman el heredero de don Ramón de la Cruz; y sin embargo, se ha convenido en que los chulos de López Silva son los verdaderos, y por tales se les mira y admira; y queriendo hablar en chulo, la gente joven habla en López Silva. Lo mismo sucede con los dibujos de Cilla. Nadie es exactamente como lo que Cilla dibuja, pero, a fuerza de verla, parece más real su mentira que la realidad. Más humano es Mecachis: y como más humano es también menos monótono; como observa y copia, varía más. Después de Ortego, Mecachis. Todos los demás, excelentes periodistas. Ángel Pons, que hoy está en México, empezó bien; pero también tiene más ideas que dibujo; tampoco es un observador. Y muy observador de la caricatura extranjera, como Rojas su discípulo. Puede decirse que casi todos los actuales dibujantes se proveen de inventiva y de rasgos felices en las revistas de otras naciones. Apeles Mestres y Pellicer saben dibujar y dibujan de firme. Mestres ha hecho caricaturas admirables en los periódicos satíricos catalanes. Es un moralista, como casi todos los verdaderos caricaturistas. Es de recordar una caricatura publicada en La Esquella, de Barcelona. Un coche fúnebre, con ocho caballos empenachados y otro con un jaco de mala muerte; y la leyenda: Com mes richs mes besties: Como más ricos, más animales. Pellicer conoce su arte y estudia las costumbres. Sus dibujos son documentos y sus ilustraciones de obras admirables estudios. Para las obras completas de Larra ha dibujado tipos como Fígaro pudo concebirlos; a Larra le ha hecho como era.
Ese retrato ha quedado definitivo para el futuro, con un valor de época, inimitable. Pellicer ha superado en esto al mismo Madrazo. Moya y Sileno, Rojas y Sancha trabajan profusamente y tienen bastante demanda; Sileno ilustra principalmente el Gedeón, y sobresale en la sátira política. Sancha se ha hecho un puesto especial, apoyado en el Fligene Blatter, y deformando, hace cosas que se imponen. Sus deformaciones recuerdan las imágenes de los espejos cóncavos y convexos; es un dibujo de abotagamientos o elefantiasis; monicacos macrocéfalos e hidrópicas marionetas. Marín estudia mucho, y apoyado en Forain, hace excursiones al bello país de Inglaterra. Es un erudito de lo moderno, un simpático artista, cuyo modelo principal debe de ser una elegantísima y singular mujer, apasionada de D'Annunzio y fascinada por París. Leal da Cámara, portugués, joven, de indiscutible talento, dibuja en Madrid, un tanto desganado, con el pensamiento puesto en Jossot, a quien conoce, y animado por el espíritu de Cruikshank, a quien seguramente ignora.