AL REDEDOR DEL TEATRO
4 de julio de 1899.
Áspero empieza el verano en Madrid. Desde que los calores se inician, el desbande a la villégiature comienza. Se abren los nocturnos refugios, entre ellos el Buen Retiro, con su teatro y sus conciertos en los jardines; se instalan las horchaterías con sus incomparables aguas dulces que entusiasmaron a Gautier, servidas por frescas y sabrosas muchachas, la mayor parte denunciadoras de su gracia levantina; los sombreros de paja hacen su entrada y uno que otro panamá de «repatriado» da su blanca nota tropical. ¿A dónde ir después de comer? Se ha inaugurado en el Madrid Moderno, allá lejos, un teatrito al aire libre, en el Parque de Rusia. En compañía de un autor dramático, buen observador y excelente copain, allá me voy, animado por las estrellas que pican de oro el fino azul de la noche. Al pasar por el Prado, me siento detener por un grupo de niños que, a la claridad del cielo, asidos de las manos, cantan acompasadamente. ¿Qué cantan? Son unas de esas antiguas canciones que han venido de siglo en siglo y de labio en labio, repetidas en las rondas infantiles, al crepúsculo de las tardes de mayo y en las abrasantes noches de estío. Apuro la oreja, y me llega:
Un pajarito va, carabí,
Cantando el pío, pío, carabí,