Ay, ay,

Y el niño de oro.

La música tiene el perfume de un vino viejo y sano. Su sencillez y su gracia vieillotte hablan de otros tiempos, y el espíritu observador y meditativo coge al paso en esa flor armoniosa una gota de poesía. Pasa una manuela, es decir, una victoria, y en ella nos encaminamos al Parque de Rusia. Dejando atrás la Puerta de Alcalá, después de recorrer muchas calles llenas de polvo, llegamos. Un gran jardín, con laguneta, columpios, glorietas y kioscos rústicos, mal cuidado y mal presentado. Un restaurant y un teatro. Cuando se alzó el telón habría unas ochenta personas en todo el recinto, y ellas no se aumentaron mucho hasta el momento de partir. El espectáculo... El Casino de la Boca, a la par, es suntuoso, el Cosmopolita de la calle Veinticinco de Mayo, cualquiera de nuestros café-concert de segundo orden es una Alhambra londinense o un Jardín de París, en comparación con estas abominables iniciaciones en el finisecular divertimiento. En el extinto Variétés, a fuerza de pesetas, se logró presentar algo escasamente semejante a nuestro teatrito de la calle Maipú; había siquiera dos o tres números que pudiesen despertar el gusto por el exótico espectáculo. Henry Lyonnet, en su libro sobre el teatro en España, observa lo poco preparado que está el terreno para la importación parisiense; pero es el caso que a estas horas, en la calle de Alcalá hay dos teatritos en que alternan tarde y noche cantaoras y bailaoras flamencas con divettes traídas de Barcelona, de Marsella, o de París, y en uno de ellos he visto a una famosa pensionista de Nollet, la Nella Martini, cantando siempre sus desairados y pornográficos couplets de la Pulga.

En el Parque de Rusia se dió principio a la función con una cuadrilla de osados vejestorios, una parodia del Moulin Rouge. Las bailarinas, seguramente improvisadas para el caso, aun cuando pretendían encender a la escasa concurrencia, resultaban de un efecto moralizador indiscutible: ¡ni que hubiesen sido del Ejército de Salvación! Luego salió a decir su canción en argot una flaca veterana, retirada seguramente del oficio, a quien nadie entendió una sola palabra; y otra le siguió, grivoise, igualmente detestable. Si no aparece en seguida Pilar Monterde, una española de cuerpo encantador, que baila las danzas nacionales con mucha gracia aunque un poco para París, la parte primera del espectáculo hubiera petrificado de fastidio a la asistencia. La segunda la desempeñó un discípulo de Frégoli, llamado Minuto—italiano, de Rosario de Santa Fe, ¡qué pensáis!—y la gente le aplaudió largamente, y con mucha justicia. Entre él y la Monterde se salvaron la noche. Ahora, a la ciudad. Y he ahí que no se encuentra a la salida ni coche ni tranvía. Los que salen primero logran atrapar uno que otro, y los demás... a seguir el camino por las calles empolvadas, con calor y fatiga. No me quejo sino vagamente, del percance, con mi amigo el autor; pero aprovecho la caminata para hablar sobre teatro. María Guerrero debe de estar a la sazón, al partir de Buenos Aires, con rumbo a su buena villa de Madrid; Antonio Vico, en sus postreros años de arte, va a América a hacer lo que debió hace mucho tiempo, corriendo el riesgo de una desilusión.

Durante el invierno funcionan regularmente en Madrid dos compañías dramáticas, la del Español, dirigida por la Guerrero y su marido, y la de la Comedia, cuyo director fué por más de veinte años Emilio Mario y ahora es Emilio Thuillier. Mario es otra venerable ruina. Los bizarros papeles de antaño, los «galanes» muy a la francesa, que tanto brillaron, han quedado en la memoria de los que presenciaron sus pasados triunfos; hoy Mario hace maravillosamente el característico, y creo no pretenderá emular los esfuerzos fatigados de Vico. En la primavera también suele trabajar la compañía de la Tubau—otra abuela—y en otros teatros aparecen y desaparecen como por obra de encantamiento, varias compañías que no hallan donde plantar sus escuetas raíces. Entretanto que el apodado «género chico» prolonga en los teatros de la Zarzuela y Apolo indefinidamente sus temporadas, el «género grande» limita las suyas al invierno y desaparece de la Corte con la llegada de las primeras rosas. La compañía del teatro Lara, que no pertenece al género chico ni al grande, cultiva la declamación sin música, en obritas de uno o dos actos (algunas representa de tres), pero no estrena ninguna, limitándose en días de gala, beneficios o noches excepcionales, a reprises de las piezas ya juzgadas y aplaudidas por el público y que juzga pertinentes; su temporada se mantiene durante toda la primavera.

En invierno recorren los escenarios de provincia algunas compañías, encabezadas por Vico, Miguel Cepillo, Sánchez de León, Luisa Calderón, Julia Cirera, Antonio Perrín, García Ortega, dando a conocer aquellas piezas que Madrid ha aprobado; pues la centralización en este caso es absoluta, no teniendo cabida en la Corte la única excepción, el teatro regional catalán. Cuando las compañías del Español, la Comedia y La Princesa terminan su labor de Madrid, pasan a provincias y recorren los teatros de Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Bilbao, Valencia, y otros más de menor calidad. Varias de las compañías dramáticas de provincia, en verano descansan. Ya por Pascua, suele venir a la Corte alguna compañía extranjera que da sus representaciones en la Comedia, en el Moderno, o en la Princesa. Generalmente las compañías son italianas, aunque Sarah Bernhardt me parece ha estado unas dos veces y se anuncia la llegada de Réjane, en una tournée por Europa.

Novelli ha conquistado desde hace tiempo a los madrileños, y últimamente la Mariani, desde luego superior a todas estas actrices, con excepción de la Guerrero, ha sido excelentemente acogida. El género chico, en verano como en invierno, continúa con varios teatros abiertos, ofreciendo estrenos todos los días, y sosteniendo las obras de sus favoritos hasta quinientas noches. Es la chulapería triunfante, el dúo del mantón y el pantalón obsceno, el barrio bajo que se impone, con defensores que cuando alguien protesta de tanta vulgar exploración, sacan a cuento a Goya y al bastante asendereado don Ramón de la Cruz. Este, como sabéis, se llama hoy López Silva.

No obstante, en estos últimos años ha habido loables tentativas de renovar el ambiente teatral, de sacar la atención del mundo de las chulapas y de los chulos. Se ha traducido algo moderno. Se ha hecho algo de Ibsen, El Enemigo del Pueblo; de Sudermann, Magda; de Lavedan, El Príncipe d´Aureac, con el título de El Gran Mundo, entre las conocidas obras de Dumas, Sardou, Pailleron; y han osado en una plausible campaña, los autores de algunos trabajos originales, Guimerá con su María Rosa, Dicenta con su Juan José, Benavente con Gente conocida, Ruiz Contreras con El Pedestal. La Dolores de Codina y Juan José, con fuerza y bríos hoy no usados aquí; María Rosa iniciando una tentativa de teatro socialista, con el mismo Juan José, Gente conocida trayendo las escenas libremente extraídas, sinceras, de la vida, con un análisis hondo, e ironía que parece a flor de piel, pero que penetra, señalan un buen trecho conquistado para un arte escénico futuro. Murió Feliú y Codina, que había pretendido la realización de un teatro regional, de todas las regiones españolas, una especie de geografía escénica de la Península. Así después de La Dolores, aragonesa, vino María del Carmen, murciana, y luego La Real Moza, andaluza. Feliú era un firme trabajador, de gran talento, y un delicioso músico del verso, de este verso español sonoro y sin matices. Joaquín Dicenta, que acertó tan bravamente con Juan José, no avanzó con El Señor feudal, y, desanimado, o mejor, poseído ya del deseo de la fija ganancia, se fué hacia la zarzuela. Así escribió en unión de su amigo Paso el libreto de Curro Vargas, extraído de una novela de Pedro Antonio de Alarcón. Guimerá persistió, con su tesón catalán. Consiguió en Tierra baja dos actos notabilísimos—el tercero desmerece tanto que puede suprimirse—. De todos modos, esa obra, en Madrid, como en París, como en Buenos Aires, ha revelado un gran manejador de ideas y un potente poeta. El Padre Juanico buscó el éxito a la manera de Feliú y Codina. Parecería que hubiese acaparado la herencia del autor de La Dolores; pero Guimerá es una fuerza, y después de tantear sus conveniencias, ha de volver sin vacilar a su rumbo verdadero: el drama socialista, el drama actual e intenso, del hombre y de la tierra. Difícil es el público para resistir ciertos intentos. Un Curel o un Mirbeau no tendrían, por lo pronto, oyentes; la autoridad tendería su mano al instante. De Los Tejedores de Hauptmann se arregló El Pan del Pobre con cien atenuaciones. Praga y Rovetta, al ser servidos, van ya aguados.

Benavente, después de Gente conocida, ofreció con copa de excelente vino español preparado a la francesa: El Marido de la Téllez. Luego dió La Farándula, una equivocación... de los cómicos, que no la comprendieron, y la hicieron de una manera dolorosa; después alcanza su más resonante victoria con La Comida de las Fieras. Es difícil que, en lo sucesivo, sobrepase las exquisiteces de intención, la variedad escénica, el equilibrio, la gracia, el vuelo psicológico, la ironía trascendental y el interés de su última obra. Y aquí empieza el desencanto, porque, si el público se deja conducir y agradece el regalo de la forma nueva, el actor, hasta viéndola muy aplaudida, se resiste a aceptarla. Ello no es raro. En todas partes, todo cabot, grande o chico, y son pocos los casos de excepción, es impenetrable a la concepción artística y yerra, por lo común, al estimar la opinión del público. Un sir Irving, es caso raro. Si no hubiera habido un Antoine y un Hugue Poe en París, aun andarían de teatro en teatro, durmiendo en las gavetas directoriales, verdaderas obras maestras, y sería desconocido más de un triunfador de hoy. Aquí, mucho costó a Benavente conseguir que su Gente conocida fuese representada con esmero. Habíanla dejado para último día de temporada, convencidos los cómicos de que la obra no pasaría del segundo acto. Por fortuna, semejante atentado no llegó a cristalizarse en crimen, y Gente conocida, al quedarse en cartera, fué al año siguiente el mayor succès de la temporada. No bastó tal enseñanza para reducir a la gente de bastidores, y al ensayar La Comida de las Fieras, hacíanlo llenos de desconfianza, sin comprender una sola línea de lo que tenían entre manos, aunque, según parece, poniendo una regular suma de buena voluntad.