Mas, pasado el triunfo, ¿suponéis que se dieron por vencidos y convencidos? Según ellos, la comedia fué aplaudida, no por lo que tiene de arte moderno, sino por lo que tiene de salsa «cómica»; no por lo exacto de la delicada pintura social, ni por el procedimiento, sino por lo que sazona el chiste, por lo que hay para sus paladares únicamente saboreable. No es esto de causar extrañeza si se tiene en cuenta que La Dolores, obra puramente nacional, popular, clara, sin medias tintas, del tipo más corriente en la escena española, pasó por todos los teatros madrileños sin ser recibida en ninguno, dándose el caso duro de que su autor, para no resignarse a la condena y dando en esto señal de buen tino, fuese a estrenarla en Barcelona, donde se dió treinta y tantas veces. A fin de temporada, Mario se resolvió a estrenarla en Madrid, y María Guerrero se negó a hacerse cargo del papel que más tarde había de ser uno de los más brillantes de su repertorio, y causa de mucha gloria y provecho. Es conocido el pleito que sostuvo el autor con la actriz por esa negativa. El camino que ofrecieron a Guimerá los teatros de la Corte no fué tampoco exento de tropiezos. Enrique Gaspar, conocido autor cómico, tradujo, para que Calvo lo estrenara en Barcelona, Mar y Cielo. Guimerá era visto como un «genio regional», pero no podía penetrar las murallas chinas de Madrid. Por fin, Ricardo Calvo se decidió a poner en escena en el Español Mar y Cielo, versión de Gaspar, y el éxito ruidoso hizo que después apareciese una María Rosa, echegarayizada por don José. No es, pues, Echegaray, como lo ha asegurado la señora Pardo-Bazán en su conferencia de París, quien presentó a Guimerá en Madrid, sino el cónsul autor don Enrique Gaspar.
Galdós, con toda y su colosal réclame de novelista, no inspiró tampoco mucha confianza. Su Realidad no encontró simpatías en la Princesa, donde reinan la Tubau y su marido Ceferino Palencia. Fué recibida la pieza en la Comedia, por obra de la cortesía que siempre tuvo Mario con los grandes, y que hay que agradecerle. Y Realidad venció. Nadie podía esperar que aquella dolorosa y extraña fantasía pudiese tener un buen resultado en las tablas. Y lo tuvo. El drama de Galdós debió haber convencido a los practicones que, si eso no era romper moldes, como se dice, era cortar ligaduras y trabas. No sucedió así. Aun se anuncian los éxitos de dramas cosidos a los viejos cánones, a ridículas usanzas persistentes. Después de Realidad obtuvo gloria legítima Galdós llevando a la escena La Loca de la casa y La de San Quintín, y si en sus obras posteriores no ha sido tan afortunado, no hay que echar la culpa al público, sino a la precipitación industrial que se ha impuesto en su labor el dichoso escritor de los Episodios Nacionales. Los Condenados, Voluntad y La Fiera hasta cierto punto superan a sus obras anteriores, pero hay en su construcción y arquitectura descuidos que las perjudican. Esta sí que fué y será siempre una condición de la obra escénica. En la novela puede impunemente ir lastreando el riblo un capítulo pesado, con tal que lo demás, alado y vigoroso, o sutil y aéreo, mantenga en su vuelo al espíritu. Mas en la pieza teatral no puede aflojarse ni decaer una sola escena, porque la atención a la inmediata marca el descenso.
No es suficiente que se afiance una justa intención y que la idea total y básica se asiente con solidez; hay que sostener la intensidad; la obra del teatro tiene muy señalada extensión, cuenta con una cantidad determinada de tiempo, y por lo tanto, se ha de ser sintético, no cabe analizar.
Ya hecho autor, Dicenta encontró resistencia para su Juan José. He visto el original de la obra y leído en el reparto el nombre de «María» tachado, y, en su lugar puesto: «señorita Martínez». Lo cual quiere decir que la primera actriz, que en esta ocasión era la señora Tubau, no quiso encargarse del papel. Tampoco lo tuvo en la obra Emilio Mario, y Juan José, desechado por el primer actor y la primera actriz, hizo con actores jóvenes una carrera triunfal, excepcional, pocas veces vista.
Ahora se preparan las formaciones para el próximo octubre. ¿Vendrá María Guerrero a su Español? Le será muy difícil encontrar otro Cyrano de Bergerac. Como ya apenas cuenta con Echegaray, cuyos repetidos fracasos prueban, no su falta de talento sino su falta de tino en no retirarse a tiempo, para hacer buena compañía a Guimerá necesita del elemento nuevo. Dos jóvenes tiene ya en casa: López Ballesteros, y Ansorena. No es bastante. La troupe que se empieza a formar para la Comedia consta de muchos nombres, pero de pocos elementos para obras de cierto fuste. Lara seguirá como siempre. En general, los autores encontrarán las mismas dificultades y sus trabajos los mismos jueces de criterio imposible. No habiendo comités de lectura, como en todo teatro culto de la tierra, no buscando los señores actores obras sino papeles, y sin una crítica ilustrada que sirva de guía, todo el teatro en España está sometido a la voluntad o al capricho de los actores dirigentes. En Madrid hay que encomendarse, para lo alto, a María Guerrero y a Emilio Thuillier.
La Real Academia Española, que no hace sino el Diccionario, pudo en este caso hacer algo. Dispone de premios de alguna importancia—de 5.000 y 2.500 pesetas—legados por buenos señores, amantes del teatro, para que se concediesen, periódicamente, a la mejor obra dramática. Pudo perfectamente la Real Academia admitir obras no representadas; aun fué objeto de discusión si debía hacerlo así, y, por mi parte, creo que debía hacerlo de esa manera; pero para mayor comodidad y menor compromiso y far niente, resolvió limitarse a «las que mayor éxito logren», con lo cual sometió de modo implícito su fallo al fallo previo de los directores de empresa. La Academia da, pues, las pesetas a quienes amparan María Guerrero y Emilio Thuillier. En esta situación se encuentra el teatro en el momento en que escribo, y así se abrirá la temporada de 1900. Muerto Feliú y Codina, Echegaray gastado, Galdós desanimado, Guimerá buscando el éxito productivo, Benavente piensa en una obra ligera, puramente cómica destinada a una actriz como la Pino, buena y azucaradita solamente para esas fiestas; Dicenta va a Andalucía a escribir libretos de zarzuelas grandes; Sellés—de la Real Academia Española—, se prepara a seguir la misma labor; Leopoldo Cano, sin producir nada desde hace tiempo; Gaspar de cónsul, Blasco de socialista cristiano, y la crítica ilustrada, con perdón del señor Canals y del crítico de La Ilustración, sin nacer aún. Los jóvenes encuentran mejor traducir, y se pertrechan. Y así están las máscaras del teatro que fué en un tiempo el primero del mundo.
—¿Si tomáramos un vaso de horchata? digo a mi amigo el autor.