LIBREROS Y EDITORES
14 de julio.
Hasta hace poco tiempo—y aun hoy mismo, en la mayor parte de las repúblicas, hacia el Norte—el sueño rosado de un escritor hispanoamericano era tener un editor en España. Por esos países los Gobiernos suelen costear las ediciones de los poetas y escritores, con la condición de que los agraciados les sean gratos en política. No hay otro recurso de hacerse leer como no surja un inesperado Mecenas. En Buenos Aires poco tiene que ver el Gobierno con las musas, y los editores, ya sabemos que, en realidad, no existen... He querido explorar ese punto en España, y en verdad os digo que he salido del antro vestido de desilusión. Editores y libreros desconsuelan.
Un hombre de letras que quiera vivir aquí de su trabajo, querrá lo imposible. La revista apenas alienta, el libro escasamente se sostiene; todo producto mental está en krach continuo. Lo único que produce dinero es el teatro, cierto teatro. El que logra hacer una Verbena de la paloma, o una Gran Vía, y puede continuar en sucesivos partos de ese género, ya tiene la gruesa renta asegurada. El señor Jackson Veyán, a quien achacan mediocridad literaria e incurable ripiorrea, puede reirse de sus enemigos al embolsar sus miles de duros anualmente. Los editores de teatro, o más bien, los que compran la propiedad de las obras teatrales, tienen mejor fama que los de libros. Son más abiertos, más generosos, y hasta autores principiantes hallan en ellos su providencia.
En esta nuestra curiosa madre patria, en épocas pasadas, y aun en la actualidad, los centros intelectuales de la Península fueron y son las farmacias y las librerías. Decíame un amigo madrileño: «En las farmacias hácense más versos que ungüentos, y en las librerías se derrochan más palabras que pesetas». En la Corte, como en provincias, las librerías son punto de reunión donde acude un número dado de clientes y aficionados, a conversar, a hojear las nuevas publicaciones y a perder el tiempo. En Madrid todavía existe lo que se podría llamar tertulia de librería, aunque no como en tiempos pasados. En casa de Fe, al caer la tarde, podéis encontrar a Manuel del Palacio, a Núñez de Arce, con su inseparable amigo Vicente Colorado, al señor Estelrich, italianista de nota, a otras figuras, grandes, medianas y chicas del pensamiento español. En casa de Murillo no dejaréis de ver cotidianamente las barbas rojas del académico Mariano Catalina. Hace bastantes años era Durán quien reunía en su establecimiento famosos contertulios. Era este Durán hombre de cultura y metido en letras; bibliógrafo de mérito, muchos varones ilustres salieron de su casa muy satisfechos después de una consulta. Conocía todos los libros, todas las ediciones, todas las noticias. Era una especie de Bibliophile Jacob de Madrid, buen parlante y provechoso amigo intelectual. Hoy no existe un solo librero como aquél; y la erudición la suplen los que hay con el aguzado instinto de un comercio genuinamente israelita. Paul Groussac, en sus viajes por el continente americano, hallaba a cada paso comprobada la superioridad de nuestras incipientes librerías bonaerenses, en comparación con las del resto de la América española. Pues bien, las librerías de Madrid son de una indigencia tal, sobre todo en lo referente al movimiento extranjero, que a este respecto Fe, que es el principal, o Murillo, o cualquier otro, están bajo el más modesto de nuestros libreros. En Madrid no existe ninguna casa comparable a las de Peuser o Jacobsen, o Lajouane. París está a un paso y me ha sucedido leer en La Nación el juicio de un libro francés antes de que ese libro hubiese llegado a Madrid. El que no encarga especialmente sus libros a Francia, Inglaterra, etc., no puede estar al tanto de la vida mental europea. Es un mirlo blanco un libro portugués. De libros americanos, no hablemos. La casa de Fe es estrechísima, y Fe no se atreve a mudar de local, quizá poseído del temor de que otra más elegante y espaciosa no se advirtiese tan concurrida. Además de dos pequeños mostradores en que se exponen obras castellanas, uno que otro libro de América, a la izquierda, libros extranjeros, a la derecha, hay, junto al escritorio del jefe de la casa—, rincón estrechísimo—una mesita en que se presentan las últimas novedades españolas. A esa mesita se acercan y tocan los asiduos del establecimiento; unos cortan las páginas y leen las obras de corta extensión, de pie; concluyen, y dejan el ejemplar. En toda España hay poca afición a comprar libros; quizá sea por esto que las librerías son de una pobreza desoladora. Hay que dar vuelta al problema de Fígaro: «¿No se lee porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?» decía él. Digamos: «¿No se compran libros porque no se saben vender, o no se saben vender porque no se compran?» Lo cierto es que los libros se venden poco y mal, y, como en Buenos Aires, los culpables son los libreros. Todo comerciante hace lo posible por despachar su mercancía, y procura colocar y recomendar; el librero limita su negocio a dar lo que le piden y no hace ofertas ni recomendaciones. Desde algún tiempo a esta parte se han establecido las ventas a plazos, pero eso es para facilitar la adquisición de las grandes publicaciones ilustradas. El anuncio sólo se emplea en casos muy especiales, y los catálogos que publican algunos libreros no tienen resonancia ninguna.
Hubo un tiempo—y ya va lejos—en que las librerías de lance—libros usados y antiguos—tenían mucho movimiento e importancia y publicaban periódicamente catálogos numerosos. De aquellas librerías apenas queda rastro; unas han desaparecido, y otras redujeron su negocio hasta un simple «cambalache» de bouquiniste. Rico sigue publicando catálogos, y un joven de muchos alientos, Vindel, tiene un negocio de esta clase, de bastante importancia. Vindel es hoy algo como lo que fué Durán, guardada la diferencia de educación, clase y tiempo. Este joven sabe mucho de libros viejos y hace su comercio de «novedades» en frecuente relación con los anticuarios de París y Londres; publica libros raros y curiosos, como los Bibliófilos Sevillanos, y en su oficio es una especialidad. Me han contado la historia de Vindel: interesante y extraña novela, que él debía hacer escribir e imprimir a un ejemplar único. Sería el más raro de sus libros. Los jóvenes le han conocido en el Rastro de Madrid, con la cuerda al hombro, haciendo recados y comprando y vendiendo pobres mercancías. Nadie se explica cuándo, cómo ni dónde aprendió lo que sabe. Su fortuna se la debe a la buena suerte. Le cayó una lotería de quince mil duros, y así comenzó a realizar compras importantes. Ha ido a París y a Londres, en ocasiones en que se han anunciado ventas de libros y subastas de bibliotecas particulares y se ha dado vida de gran señor. Vindel se mueve en su negocio como si operase en un gran país; tiene sus desencantos y sus apuros, pero es obstinado y fuerte. Y es el que más entiende su oficio, el que tiene más elementos bibliográficos y el más abierto.
De los libreros de actualidades, el que más negocio hace es Fernando Fe; a su casa acude en busca de libros la mayoría de las gentes que los compran, y es acaso el que más comercio tiene con las provincias. Las librerías de José Ruiz—Guttemberg—, San Martín, Manuel Hernández y algunas otras, son, en mayor o menor escala, establecimientos análogos al de Fe. Victoriano Suárez se dedica principalmente a los libros de texto y envíos a América. Hay librerías que tienen especialmente obras profesionales, unas de medicina, otras de jurisprudencia, como la de Leopoldo Martínez, otras como la de Hernando, de primera enseñanza y otros libros de propaganda católica. No sé que haya en la actualidad ninguna librería protestante o que lleve francamente el nombre de tal. Trabaja mucho en España la Sociedad Bíblica, pero no consigue que se lean mucho sus volúmenes y folletos. Aquí cualquiera se permite ser un mal católico, pero pocos renuncian a llamarse católicos. Se precisa la independencia y el buen humor de José Zahonero para llegar a ser obispo protestante.
He hablado de los libreros antes que de los editores; con tener aquéllos tan poca importancia, éstos la tienen menos. Debo advertir que me refiero solamente a los editores de obras literarias; los de obras científicas no abundan, y por lo que noto, se limitan a la explotación de la enseñanza. Un Alcán, ni para muestra.