En los buenos tiempos románticos florecieron en Madrid muy famosos editores como Roig y Mellado. No enriquecerían a los poetas llenos de apetito de entonces, pero por lo menos les quitaban el hambre. En medio siglo ha perdido Madrid mucho de su ambiente literario. Zorrilla, como poeta lírico, no sacaría hoy a su editor un puñado de onzas para sus caprichos, como el año 1840. Apenas un puñado de garbanzos, y gracias. Hay de aquellos tiempos volúmenes de poesías de autores desconocidos, hechos en casas editoriales que, por lo menos, pagaron la edición. Hoy quien no esté abonado por el nombre, no encontrará sino el desdén de no importa cuál editor. De entonces acá es cierto que se ha apagado el entusiasmo. Los periódicos publicaban folletines de versos que la gente leía sin duda; la novela estaba un tanto canija; pero, a pesar de su flacura y anemia, había editores para ella. Es verdad que la prensa ayudaba mucho a los libros; los periódicos, en general, cuidaban de su parte literaria, y aunque no hubiese grandes críticos, porque la crítica nunca tuvo en España muchos ni muy competentes devotos, teníanse en cuenta la bibliografía y se hablaba y se discutía alrededor de una obra nueva. Hoy la Prensa no se ocupa de un libro nuevo a conciencia. No hay críticos fijos en las redacciones. El libro se anuncia, a lo más en una gacetilla—la misma para todos los periódicos—que por lo general manda hecha el editor interesado; y los artículos firmados por nombres de autoridad obedecen a móviles amistosos o de camaradería, antes que a cualquier preocupación artística, o literaria. Hasta hace algún tiempo, el envío de dos ejemplares de un libro a una redacción hacía que se hablase de la obra con más o menos laconismo; hoy ni las obras de los más sonantes autores—Galdós, Pereda, Palacio Valdés, Pardo-Bazán, Valera, etc.—encuentran eco en la Prensa. Galdós, con empresa especial para sus libros y con el sentido comercial que le distingue, anuncia sus nuevos Episodios Nacionales en la cuarta plana de los diarios, junto al aviso en que el novelista santanderino Pereda recomienda su fábrica de jabón; Valera se da por satisfecho con las atenciones de su público y las traducciones que le hacen en el extranjero, y Palacio Valdés, que tiene un desdén profundo por la crítica de su país, ni siquiera envía sus libros a las redacciones, escribe para ser vertido al inglés y leído en Nueva York y en Londres.

Hasta los libreros y editores van dejando la costumbre de enviar los dos ejemplares de prensa, al ver la inutilidad del procedimiento.

Las ediciones de los románticos—algunas muy bien hechas y muy parecidas a las de los franceses—debieron ser numerosas. Demuestran más que el valor de los poetas, el entusiasmo del público. Desde Salas de Quiroga hasta Romero Larrañaga—ayer, hoy y mañana ilustres desconocidos—un ejército de cabelludos desbocados exuberó en prosas y versos que tuvieron la vida de una col. Sus ediciones—de las que se suelen encontrar ejemplares muy hermosos en los puestos de librería de viejo—no se cotizan, como en otros países, por motivos esencialmente tipográficos y de curiosidad literaria. La primera edición de los Romances del duque de Rivas no vale más que dos pesetas, y he visto vender en quince una primera edición de los trece primeros volúmenes de Poesías de Zorrilla. Del Trovador de García Gutiérrez y Los Amantes de Teruel de Hartzenbusch, si aparecen las ediciones primitivas, se confunden en los montones de comedias que se venden por lotes, con las más recientes, y se cotizan a veces a menor precio que las que acaban de aparecer, porque «son viejas». Las primeras obras de Campoamor corren igual suerte. En la época romántica se fundaron las «Galerías dramáticas», y creo que el editor Delgado fué el primero que intentó el negocio. Hasta entonces, y sobre todo en los siglos XVII y XVIII había habido impresores que coleccionaban preferentemente comedias y las imprimían a dos columnas. Aun aparecieron impresas así las de Moratín y las tragedias de Jovellanos y Quintana. Luego se adoptó para comedia el 16º; así aparecieron las primeras de Bretón de los Herreros, y al fin se agrandó la forma, estableciendo la primera galería el tamaño corriente y el formato que hoy se usa para las obras teatrales. Así como ahora lo que sobra en las galerías son títulos, al principio faltaban, y para presentar un catálogo copioso de obras nuevas y nombres nuevos, Delgado ofrecía buenas pesetas por todas las obras que le llevaban los principiantes. Imprimía los originales sin leerlos siquiera. Sólo así se concibe que hayan llegado a publicarse muchas obras entre las cuales me ha llamado la atención, y no por sus bellezas, una de Campoamor, que debió escribir el poeta cuando tenía quince años. Se vivía en aquel mundo literario en una inocencia arcádica. La Prensa aplaudía las fogosas redondillas y los ingenuos sonetos. El bisoño Orfeo, recién llegado de provincia, encontraba un colega cortesano que le presentase a un editor; las tentativas se estimulaban; de una tertulia salía con frecuencia un nombre nuevo: el público se dejaba seducir por aquellas fascinaciones. Un epigrama daba la vuelta a la ciudad, y una poesía solía conquistar la buena voluntad de un ministro. Renduel no existía, ni Lemerre tampoco; pero algo semejante animaba en España a los excelentes hijos de Apolo. Es de lamentar que un Valera no deje escrita la historia íntima de la literatura española de este siglo. Sería muy interesante ver cómo se producen y se agitan las corrientes por un momento dominadoras de todo y que desaparecen en este país nervioso, impresionable y de mil faces.

Don Wenceslao Ayguals de Izco quizá fué el primer editor literario de empresa. Don Wenceslao acometía la novela, se lanzaba por la poesía, autor fecundo y atrevido; dirigió un periódico, la Risa, en que escribieron todos los famosos de la época, y supo fundar un negocio de publicidad en grande escala; falsificó en castellano Los Misterios de París y el espíritu de Sué, con su Hija de un jornalero y su Marquesa de Bella Flor.

Gaspar y Roig y Ángel Fernández de los Ríos hicieron bibliotecas ilustradas del tamaño y forma de los magazines, y a ellos se debe en gran parte el sostenimiento de la cultura literaria, pues hicieron traducir y publicaron muchas obras francesas e inglesas con buenas ilustraciones intercaladas en el texto y a precios hasta entonces desusados. Asimismo alternaban con los extranjeros Espronceda y el duque de Rivas, Carolina Coronado y Fernández y González. En competencia con los cuadernos cultos de la Biblioteca Universal y de la Biblioteca Gaspar, aparecieron las entregas de novelas de un género especial. Era el desborde de la fantasía endiablada de Fernández y González, el torrente sentimental de Pérez Escrich, la honesta narración «a la papá» que humedeció los pañuelos de varias generaciones en España y América, y a cuyo recuerdo aun suspiran las porteras agradecidas. Ambos novelistas ganaban muchas onzas de oro y enriquecieron a sus editores. Pero la novela por entregas también pasó, al vuelo del tiempo, y el honrado Escrich murió en la pobreza después de cazar mucho y escribir otro tanto, pues su vida en la Corte se deslizó como canta una quintilla suya:

Escrich es un cazador

Que pasa días felices

Persiguiendo con ardor

En el campo a las perdices

Y en Madrid al editor.