Como en Valencia durante muchos años la Biblioteca de Cabreziro hacía buena obra publicando libros de mérito, más tarde en Barcelona La Maravilla dió al público novelas e historia a precios reducidos, y alcanzó popularidad. Por allí salieron a mezclarse con el pueblo español Walter Scott y Dumas el viejo. No hay duda de que del año de 1840 al 1860 se publicaba y leía más en la Península que lo que ahora se publica y se lee. Los editores de Barcelona que hoy trabajan mucho, lo hacen de modo principal para la exportación y con escaso cuidado. En Madrid apenas hay editores literarios. Las bibliotecas económicas de vulgarización a dos reales aumentan y producen continuamente. La primera fué la de Pi, la Biblioteca Universal, hecha por el patrón de la francesa del mismo título, aunque a precio duplicado (la Bibliothèque Universelle sólo cuesta veinticinco céntimos); siguióla en Valencia la Biblioteca Selecta y en Barcelona la Biblioteca Diamante. Antonio Zozaya intentó cuerdamente su Biblioteca Filosófica—también a dos reales—y dió a conocer al gran público, cierto que como en un botiquín, a los filósofos antiguos y modernos, desde Aristóteles hasta Schopenhauer.

No dejaré de recordar el impulso que dió a las obras ilustradas, con sus libros bien presentados y económicos, el editor Cortezo, barcelonés, en su Biblioteca de Artes y Letras, con encuadernaciones a la inglesa, y sus buenos grabados; a tres pesetas volumen, dió mucho bueno. La Biblioteca franco-española y el Cosmo editorial inundaron el país de traducciones, por lo común mediocres y malas; una importó al divino Montepín, a la otra se le debe agradecer la presentación de Zola. Lázaro y Galdeano, director de la España Moderna, y de quien ya os he hablado, hombre de buen gusto y de fino tacto, ha invertido una fortuna en traducciones. Al comenzar en París la Collection Artistique Guillaume, Sanz de Jubera quiso aquí imitarla. Error. El fracaso vino luego. Editores de novela como Charpentier, o de poesía como Lemerre no hay en España ninguno. El editor Cortezo intentó fundar en Barcelona una biblioteca de novelas contemporáneas, pero tuvo que abandonar la empresa. El problema es sencillo. Los editores quieren firmas reputadas, nombres hechos, quieren la seguridad de la venta, la salida del producto. Los jóvenes, y entre ellos muchos que acudirían a formar esa biblioteca, no son recibidos, y, cuando publican uno que otro trabajo, lo hacen por cuenta propia. Ello no es nuevo. Pérez Galdós, Pardo-Bazán, Palacio Valdés, que antes de ser conocidos tuvieron que publicar ellos sus obras, se han acostumbrado a eso, y ahora, ya célebres, no se resignan a sufrir la tutela de Shylock de un editor. ¿Qué ventaja le reportaría al señor Pereda, por ejemplo, un editor que le diera de sus obras menos de lo que ahora le paga Suárez, que se las administra por un 35 por 100? Si cuando empezaban esos escritores hubiese habido un editor de comprensión y talento que les acogiese y ayudase, como Charpentier a Zola, a Daudet, a Goncourt, estarían todos unidos ahora a la sombra de un buen árbol editorial, que a su vez se habría nutrido de rica savia y sería amparo siempre de los nuevos. Aquí el editor no quiere hacer obras, sino ser contratista de obras hechas.

La guerra, el desastre, han traído ahora un movimiento que algo hace esperar para mañana, o para pasado mañana. No hay que olvidar que los ingleses llaman a esto the land of «mañana». Se ha producido algo más en estos tiempos que antes de la Débâcle, en novela, estudios sociales, crítica, anuarios, etc. Han aparecido nombres nuevos, y los mismos nombres viejos han aparecido como con un barniz nuevo. No hablo de la producción catalana, que cuenta con el libro de arte en fondo y forma; L'Avenç, por ejemplo, no tiene nada que envidiar a Empresas como el Mercure de France, o la de Deman, de Bruselas. Tal es la actual España editorial.

Allí entre nosotros solemos quejarnos. Yo ya no me quejo. Aguardemos nuestro otoño. ¡Oh! argentinos, creed y esperad en ese gran Buenos Aires.


NOVELAS Y NOVELISTAS

24 de julio.