Acaba de publicar don Juan Valera una novela nueva, Morsamor. Hace ya días que el libro ha aparecido, y la crítica «oficial»[2] no ha dicho una sola palabra, si se exceptúa el saludo de Cávia al aristocrático y veterano autor de Pepita Jiménez. Don Juan Valera se encuentra, a pesar de su ceguera y de los ataques del tiempo, en una ancianidad que se puede llamar florida.
Hablando de un argentino, en cuyos largos años ha nevado ya mucho, pero que se conserva maravillosamente, decía José Martí: «Es un lirio de vejez». El aspecto de don Juan Valera dice la salud y la paz mental. Hace algunos meses presidió, con sus ojos sin luz, una sesión pública de la Real Academia; Menéndez Pelayo le leía el discurso, y parecía que, con suave sonrisa y leves movimientos de cabeza, Valera se aprobase a sí mismo, al correr los períodos cristianamente fluviales de su prosa académica. Tiene muy feliz memoria, y su conversación es de aquellas que encantan. Sus sábados han sido famosos entre las gentes de letras. La muerte ha raleado algo el grupo de sus contertulios. En siete años, encuentro de menos al duque de Almenara, a don Miguel de los Santos Álvarez, a varios más que tuve la honra de conocer en la casa de la Cuesta de Santo Domingo.
El joven don Luis, hijo de don Juan, se ha casado con una hija del duque de Rivas, nieta del autor del Don Álvaro y de los Romances, la cual solía asistir a las reuniones literarias de los Sábados. La casa de Valera es la de un hidalgo noble de estirpe y de pensamiento. Que los bríos del escritor se sostienen, lo dicen la constancia en la labor y el mantenimiento de la bella virtud del entusiasmo. El nombre de Valera es conocido en toda Europa; se le ha traducido mucho. Antes que las heroínas de las novelas de Armando Palacio Valdés fuesen luciendo su garbo español por el extranjero, ya la «señorita» Pepita Jiménez «andaba en lenguas» por el mundo. Tiene conquistadas el ilustre maestro generales simpatías y el respeto de todos. Si algo ha podido hacerle daño, ha sido su extremada benevolencia en ciertos casos, aunque se defiende casi siempre con una delicada ironía. Ha hecho mucho por hacer conocer aquí las letras americanas. Sus célebres Cartas son de ello buena prueba.
A pesar del cansancio natural que produce este estilo común a todos los escritores peninsulares—hoy en vías de adquirir, por los nuevos, flexibilidad y variedad—, la prosa de Valera se lee con el agrado que se deriva de su inconfundible distinción. Su lengua trasparente deja ver a cada paso la arena de oro del castizo fondo, y en su manera, de una elegancia arcaica, de una gracia antigua, se observa siempre el gesto ducal, el aire nobiliario. Como Buffón, él también posee sus manchettes, con la diferencia de que no se las tiene que poner para escribir, porque no se las ha quitado nunca. Se le ha observado su apego por asuntos de cierto picor erótico; y ha habido quienes se hayan escandalizado de sus llamadas libertades. En realidad no es el hecho para tanto.
No son las suyas sino figuras de pecado que pueden circular sin temor entre el concurso de las «honestas damas» de nuestro tiempo, de las cuales habría él sido, si le hubiese venido en deseo, el incomparable cronista, el Brantome enguantado de piel de Suecia. Buena cantidad de pimienta y demás aromas y picantes especias hay en el tesoro clásico de novelas ejemplares y picarescas, para que no puedan aparecer hoy, mostrando sus naturales gracias, mujeres españolas de cepa autóctona y de indiscutibles atractivos, como Pepita Jiménez, Juanita la Larga, Rafaela la Generosa. Don Juan es autor de formas y de fórmulas.
No varían mucho de las de fray Luis de Granada. Esto es una curiosidad y hasta cierto punto un mérito. Se cree aquí que los americanos estamos imbuídos exclusivamente en la literatura francesa, sin saber que nos hacen su visita provechosa todas las literaturas extranjeras. Se entiende que hablo de Buenos Aires. Sin salir de nuestro periodismo—guardando las distancias—no se sospecha que hay un Ebelot, francés, un Ceppi, italiano, y en sus puestos consiguientes, un Loweinstain, inglés, un Clímaco Dos Reis, portugués, que escriben castellano en nuestros periódicos sin que se les note el acento.
Y, consagrando el purismo, se habla con respecto al castellano de América y en especial del de la República Argentina, con espanto castizo, con horror académico, para venirnos, por opinión de su más conspicuo crítico, con que don Juan Valera, a quien estimamos y admiramos en su legítimo valer, es superior en algún punto a Flaubert o a Anatole France.
Esto no es una excepción. Ya os he dicho que un espíritu tan informado y sutil como doña Emilia Pardo-Bazán no ha vacilado en hacer de Víctor Hugo un émulo de Campoamor. Por lo general, aquí se compara lo propio con lo extranjero, cuando no con aire de superioridad, con un convencido gesto de igualdad. No se dan cuenta de su estado actual.