No se dan cuenta de que quitando a Cajal y a algunos dos o tres más en ciencias, y a Castelar en su rareza oratoria, no les conoce el mundo más que por sus toreros y sus bailaoras. Pongo naturalmente a un lado a los pintores. Y esto no es sino lo que oigo decir y reconocer por hombres de pensamiento imparcial y sin preocupaciones, que desean para su hermoso país una renovación, un cambio, una vuelta a la pasada grandeza. Decía, pues, que uno de los incondicionales méritos del eminente Valera estriba en su anticuada gracia estilística, en su impecabilidad clásica, en ese purismo que hoy combaten humanistas como Unamuno. Ciertamente, leído a pocos, saboreado a sorbos, ese estilo agrada, pero después de varias páginas, el cansancio es seguro. Esto llega hasta lo insoportable en el santanderino Pereda, el hombre del «sabor de la tierruca» que para decir los restos de la comida dice «los relieves del yantar». Le censura a Valera cierta crítica quisquillosa, su tendencia a la rica mina amatoria, su hasta cierto punto complacencia erótica. El amor le subyuga, es claro, como a todo artista. Las gafas del censor en este caso deberían hacer leer bajo el simulacro del Dios los conocidos versos del señor de Voltaire:

Qui que tu sois, voici ton maître;

Il l'est, le fut, ou le doit être.

Valera se deleita, es verdad, en asuntos de esta clase, pero lo hace con tanta discreción y, sobre todo, con tanto talento, que sus historias desnudas o semiveladas se escuchan como la relación perfumada y sugestiva brotada del anecdotario de un abate galante. Más atrevida es doña Emilia Pardo-Bazán, y sus novelas adquieren en sus pasajes escabrosos doble sabor por venir de fuente femenina.

Doña Emilia, mujer de vasta cultura, muy conocedora de literaturas extranjeras y escritora fecunda, es también bastante famosa fuera de España. Naturalista, desde los buenos tiempos del naturalismo, ha permanecido en su terreno realizando el curioso maridaje de un catolicismo ferviente y una briosa libertad mental. Ha escrito la novela gallega y la novela de la corte, ambas con el conocimiento directo del asunto a que su vida de alta dama de Madrid y terrateniente de La Coruña le ha ofrecido campo. Sus últimas novelas han tenido menos resonancia que las primeras, sin motivo especial, pues sus cualidades de vigor y brillantez son las mismas. Cuenta con gran habilidad, y es uno de los primeros cuentistas españoles actuales.

Armando Palacio Valdés puede asegurarse que escribe para el extranjero, para ser traducido. Su clientela está en Londres, en Nueva York, en Boston, no en Madrid. Se me asegura que cuando publica un libro no manda ejemplares a la Prensa madrileña, sino con raras excepciones. No se señala ciertamente por calidades de estilo, y se conoce que no tiene grandes preocupaciones de arte; pero narra con verdad y color y sobre todo es un gran técnico, un constructor de primer orden. Por otra parte, el autor de El Origen del Pensamiento no está por descubrir como un fuerte talento, como una de las más hermosas figuras de la España intelectual.

El famoso don Benito Pérez Galdós ha vuelto a cavar en la antigua mina de Episodios Nacionales; convertido en el Charpentier de sí mismo, se ha industrializado y fabrica de un modo prodigioso. Casi no hay mes sin episodio, y el público observa que la ley de antaño era otra. A pura novela se ha construído un elegante hotel en Santander y es hombre de fortuna.

Era tiempo de dedicarse a la labor para sí mismo, como me decía Jean Paul Laurens de la pintura, a la obra de arte y de idea en que el alma ponga toda su esencia, en la libertad del soñado y perseguido ideal.

Don José María de Pereda, propietario de una fábrica de jabón, descansa en sus conquistas. Regionalista rabioso, su mundo se concentra en el Sardinero o en Polanco; su estética huele a viejo, su cuello se mantiene apretado en la anticuada almidonada golilla. Es un espíritu fósil, pero poco simpático a quien no tenga por ideal lo rancio y lo limitado. Hay que leer esa Sotileza que han traducido al francés, hay que leerla en el idioma extranjero para ver lo que queda en el esqueleto, despojada de sus afectaciones de dicción: un colosal y revuelto inventario.